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Siesta

Ya habíamos atravesado el jardín y saltado limpiamente el tejido que separa el terreno de la Abuela de los baldíos circundantes. Habíamos rodeado el antiguo cementerio.

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Siesta. | marta toledo

Correr en cueros, con las nalgas apretadas en la bombacha ipomea color chicle, descalza, el pelo largo, enredado, en la punta de un mechón, a punto de soltarse, la hebillita metálica, brillante como una mojarrita recién pescada. Correr con los antebrazos pegados a las costillas y las manos haciendo puñitos. Correr a todo lo que da. Contener la respiración para no sentir el aguijón de las rosetas clavándose en las plantas de los pies. Correr con las plantas de los pies llenas de rosetas como los clavos de las zapatillas de los corredores profesionales. Correr y mirar por sobre el hombro para ver si mi primo viene atrás, si no lo ha cazado la Solapa o el largo brazo de la Abuela comisaria, atrapa-niños prófugos de la siesta. Viene, sí. Sigue en carrera el Andrés. Viene como un bólido, casi me pisa los talones. Viene rapidísimo, dispuesto a partirme al medio si no me corro, a sacarme de la pista con maniobras sucias de ser necesario, arrepentido de haberme dado esa pequeña ventaja que ahora podría costarle el podio. 

Ya habíamos atravesado el jardín y saltado limpiamente el tejido que separa el terreno de la Abuela de los baldíos circundantes. Habíamos rodeado el antiguo cementerio, no por miedo a los viejos espectros si no a su geografía peligrosa: a las fosas vacías, disimuladas bajo el manto de campanillas azules donde más de un incauto había caído como en una trampa; a los restos de cruces de hierro y escombros de ángeles que la lluvia y el viento sacaban de tanto en tanto a la superficie. Correr a campo traviesa. Saltar las cunetas secas de ese verano crocante. Pasar volando sobre las bostas frescas de las vacas. Pasar con cuidado de no patear las bostas secas porque debajo viven los alacranes negros que no son venenosos, pero duele si te pican. Correr sin freno sorteando los obstáculos. Los pulmones abiertos, tiernos como un ramillete de brócoli. Las aletas de la nariz temblando, entrando y sacando el aire caliente de enero. Las pestañas bajas como antiparras parando a los bichitos. La cabeza metida entre los hombros y para adelante, bien aerodinámicos. La casa de la Abuela quedó atrás. Adelante, cada vez más cerca, el tunal, macizo y alto como un árbol, marcando la llegada. Poco antes de llegar, el Andrés pasa a mi lado como una saeta, velocísimo. Si yo no estuviese en esta carrera, levantaría los brazos para alentarlo. ¡Vamos Andrés, el niño más rápido del pueblo! ¡Vamos Andresito viejo y peludo! ¡Vamos gurisito que usted puede! 

Así como vivamos a los caballos del tío Pacho los domingos que vamos al hipódromo. Cuando por fin llego, él está a la sombra de las tunas, dando saltitos, con los brazos arriba, haciendo olas a sí mismo. El calzón empapado de sudor adherido a su pequeña hombría de niño campeón. Me hace burla. Mantequita: ni con ventaja me podés ganar. Mantequita. Meona. Calenchu. Lo dejo que se burle y que celebre. Si me quedase aliento lo acompañaría en el bailecito que hace.  Una vez más nos escapamos de la cárcel de la siesta. Nos queda una buena hora por delante para hartarnos con las frutas coloradas, jugosas de las tunas. Hacer planes. Le voy a decir que me gustaría un par de patines. Me va a contar otra vez de la bicicleta verde que vio en la vidriera de Scarazzini, con cintitas en el manubrio y un ojo de gato así de grande y así de rojo.

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