jueves 26 de mayo de 2022
COLUMNISTAS APUNTES EN VIAJE
02-04-2022 23:55

Volcanes

El lugar es alucinante: estanterías gigantes con santos, vírgenes, animales de pesebre, cristos, todos en fila, como productos en las góndolas de supermercado.

02-04-2022 23:55

Llegamos a Olot, en el interior de Girona, con lluvia y así seguirá los días siguientes. No lluvia lluvia, sino una garúa que va y viene, con distinta intensidad, el cielo siempre gris, bastante frío. Aunque empieza la primavera, el tiempo se parece más al comienzo del otoño. Solo las plantas, los árboles, tienen claro que es el momento de renacer: los brotes de ese verde brillante, recién nacido, contrastan con la luz color plomo que cae sobre todas las cosas.  

Es una zona de volcanes extinguidos, la última erupción ocurrió hace unos 13 mil años. Sin embargo, las huellas volcánicas son evidentes. Una mañana subimos hasta el volcán Montsacopa, que está cerca del centro de la ciudad. Es sábado y llovizna, hace frío. Somos muy pocos los que vamos ascendiendo, otros turistas como nosotros, algunos pocos más madrugadores están bajando mientras el resto subimos. La cuesta es empinada y larguísima y cada tanto nos detenemos a recuperar el aliento y a mirar allá abajo la ciudad, los techos de las casas cada vez más lejanos. La vegetación también es más tupida a medida que avanzamos: la de hojas perennes se mezcla con aquellos árboles o matas desnudas, que muestran un esqueleto con botones relucientes que en pocas semanas serán follaje. También se levanta un par de torres de defensa, construidas en el siglo XIX. Se puede subir por una escalera de caracol. Desde allí se ve toda la ciudad, el caserío construido en buena parte con greda sacada de las canteras de la ladera. Luego bajamos al cráter cubierto de pasto. Dos conejos silvestres pastan bajo la llovizna.  

Descendemos por el camino más corto y agreste. Estamos yendo a un sitio curioso: el museo de los santos. Al parecer, Olot fue el mayor productor de santos no solo de España sino de todo el mundo, con montones de talleres de lo que se llama imaginería religiosa. El edificio donde se encuentra el museo es también el primero de esos talleres. La factoría de santos iba viento en popa y era el motor de la economía de Olot hasta la década del 60, cuando la Iglesia restringió la cantidad de imágenes en las iglesias y la producción se derrumbó. Cerraron muchos talleres y los que quedaron incorporaron la fabricación de otras imágenes relacionadas con algunas festividades populares, como los cabezones.  

El lugar es alucinante: estanterías gigantes con santos, vírgenes, animales de pesebre, cristos, todos en fila, como productos en las góndolas de supermercado. Intimida un poco pasar por los pasillos estrechos, flanqueados de imágenes. Pero lo más extraño de todo es que cada santo, cada virgen, cada niño Dios, tienen unas bolsitas de red como las de las cebollas, con sus correspondientes manitos, coronitas, o alas si se trata de ángeles. Entonces son filas de cuerpos con muñones. Las extremedidas se colocan en el lugar de destino para evitar que el ajetreo del viaje las dañe.

La imagen que más me impresionó es la de Santa Águeda: una joven con sus dos pechos, cortados, en una bandeja. Nunca la había visto antes, después voy a la biblia de Wikipedia para saber su historia. En épocas de persecución a los cristianos, un porcónsul de Sicilia se enamora de Águeda, quien lo rechaza pues ya se había ofrecido a Cristo. Para vengarse, él la envía a un lupanar y como así y todo Águeda conserva su virginidad, la tortura, le corta los pechos y la arroja a las brasas. Un año más tarde el volcán Etna entra en erupción y los pobladores se encomiendan a Águeda, que logra detener la lava en las puertas de la ciudad y la salva.