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COLUMNISTAS / Justificaciones
sábado 4 enero, 2020

Solidaridad, un proyecto inconcluso

por Daniel Link

sábado 4 enero, 2020

No participo de las redes, ese laberinto de iniquidades, pero sus ecos amortiguados me llegan cada tanto a través de los comentarios de mi marido.

Así me entero, desde la playa brasileña donde elegimos despedir la segunda década del tercer milenio, de que muchos de nuestros amigos, volcados nuevamente al oficialismo, consideran solidario veranear en Argentina, no cruzar la frontera, ahogarse de viento en los mares de las pampas.

Como no he podido comprobar el rigor argumentativo del que esa conclusión se derivaría, me limito a subrayar su carácter falaz porque el impuesto PAIS, para cumplir con eficacia con su noble propósito, presupone el gasto o el ahorro en dólares, en este caso: veranear fuera de Argentina.

Confieso que el asunto me tiene un poco confundido porque la mayoría de mis viajes suelen ser laborales, salvo estas escapadas de fin de año, cuyo mayor mérito es librarme de la tarea de drogar a los perros para que no enloquezcan por la pirotecnia y de la planificación de una diversión forzada que, por lo general, me produce más malhumor que otra cosa.

Los pasajes los habíamos comprado con millas mucho antes de las elecciones. Habíamos pagado el alquiler del auto en ese mismo momento y solo nos quedaba liquidar la reserva del departamento que nos había gustado, cosa que pudimos hacer antes de la entrada en vigor de la ley solidaria.

Como no me siento culpable de poder desarrollar una magra capacidad de ahorro y mi esposo tiene la suerte de vender su talento allende las fronteras, decidimos viajar con dólares contantes y sonantes para evitar todo gasto imponible a través de la tarjeta de crédito.

Claro que no contaba con la astucia de las locadoras de automóviles que, una vez frente al mostrador, nos amenazaron con mil percances posibles para obligarnos a contratar seguros exorbitantes, sobre todo después de agregarle el 30%. Como fuere, pensamos en todes quienes se beneficiarían de nuestra responsabilidad civil. Como habíamos alquilado un pisito en una locación remota, el auto se nos hacía imprescindible para ir a la casa de cambio a comprar moneda local.

El año viejo ya casi desaparecía como una bola de fuego que se traga el horizonte y habíamos establecido una rutina de almuerzos frugales y cenas baratas, pagadas en riguroso efectivo, sobre todo porque el marzo nuevo nos encontraría con el añadido entuerto de la jubilación desindexada de mi madre.

En algún momento pensé qué raro podía sonar que nuestros viajecitos de morondanga desequilibraran las cuentas del Estado, pero como ese pensamiento me llevaba a la convicción tenebrosa de que Argentina no tiene solución o a la presunción cabalística de la dolarización, preferí abstenerme de ahondar en el asunto, para comenzar la segunda década del tercer milenio con alguna esperanza.

Pienso, de todos modos, que el impuesto PAIS sabe más a revancha que a cualquier otra cosa porque los que más tienen no lo van a pagar (tienen cuentas en el exterior, tarjetas corporativas, agentes de bolsa) y es una manera de castigar a quienes votaron en contrario, ¡oh, Chetoslovaquia, desmembramiento del Imperio austrohúngaro, con su Sissi peronista!

Pero las deudas hay que pagarlas, no importa quién las haya contraído, y es verdad que no son los pobres, los pauperizados y desalfabetizados quienes están en mejores condiciones para hacer frente a ese desafío, y bien mirado, a ningún otro. Casi veinte años han pasado desde el comienzo del tercer milenio y no ha sido posible, con gobiernos de distinto signo, y con estrategias de cualquier estilo, disminuir las tasas de pobreza.

Yo no creo que sea nuestra culpa (me refiero a los profesores universitarios, a los escritores, a los fotógrafos y pequeños ahorristas), pero a lo mejor me equivoco.

En todo caso, espero que se comprenda que mi resistencia al 30% adicional por mis suscripciones a sitios bibliográficos que no están certificados como académicos porque contienen cualquier cosa no es por falta de solidaridad. Me pregunto, ahora, ¿cómo haré para justificar ese 30% en las rendiciones anuales de los subsidios para investigación que recibo?


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