sábado 08 de mayo de 2021
COLUMNISTAS OPINION
05-02-2021 22:36

Sputnik V: ¿qué es evidencia?

05-02-2021 22:36

Los dos reportajes que acompañan esta edición en papel, y que se podrán ver por NET el lunes y martes próximos, exponen cómo la polarización es una enfermedad más dañina para la salud y costosa para la economía que la pandemia del coronavirus. Fueron hechos el mismo día, un día antes de que la revista The Lancet publicara su informe sobre la fase tres de la vacuna Sputnik V, y por eso tiene doble valor. Este lunes 1º de febrero a las 14, entrevisté a Eduardo López, quien conduce el posgrado de Infectología Pediátrica, de la Universidad de Buenos Aires, e integra el Comité de Expertos que asesora al Poder Ejecutivo; y a las 16.30, a Florencia Luna, ex presidenta de la Asociación Mundial de Bioética y ex directora de los Centros Colaborativos de la Organización Mundial de la Salud y de la Organización Panamericana de Salud. 

Las vacunas asiáticas fueron estigmatizadas por no ser occidentales, un prejuicio que podría ser válido en el siglo XX

En ambos casos exploré el mismo tema: la confianza o desconfianza a las vacunas según el régimen político imperante del país que las produce y la calidad de los argumentos en que se sostienen las críticas. Era obvio que tanto la vacuna rusa en la Argentina como la vacuna china en Brasil eran blanco de desconfianzas que no medían con la misma vara las vacunas occidentales, algunas de las cuales tampoco habían publicado en The Lancet su fase tres.

Ese martes escribí la columna “Grita, grita que algo quedará” (http://bit.ly/CarrioBolsonaro), criticando la desinformación sobre las vacunas tanto de Carrió en la Argentina como de Bolsonaro en Brasil, junto al link de Unicef que combate esas formas de fake news: https://vaccinemisinformation.guide/.

Pero si bien es claramente percibible la intención política de la voracidad oral de Carrió y Bolsonaro, para que sus palabras resulten verosímiles a una parte significativa de la sociedad y ocupen en los medios de comunicación espacios importantes, precisan apoyarse en prejuicios culturales. Que resulte una evidencia concluyente la publicación de una revista médica como The Lancet, la más importante del mundo junto con The New England Journal of Medicine, y no así el dictamen de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica de Argentina, Anmat, guarda relación con la desproporcionada confianza en el plan acordado en 2018 con el Fondo Monetario Internacional. Una visión ingenua y desactualizada del mundo, provinciana, porque cree que el mundo civilizado acaba en Occidente y hay “un solo camino”.

Edmund Husserl trató la noción de evidencia: “Es la plena concordancia entre lo mentado y lo dado” y “la verificación actual de la identificación adecuada”. Él distinguía entre dos formas de evidencia, la asertórica (inadecuada) y la apodíctica (adecuada), pero independientemente de sus diferencias, términos como concordancia o adecuación no implican verdad indiscutible, sino cumplimiento con la percepción o vivencia fenomenológica. Husserl se refería a “los grandes problemas de la evidencia” sosteniendo que cada objeto tiene su propia forma de ser dado, o sea, de evidencia.

En esta situación política de la Argentina, The Lancet es una fuente inobjetable en gran medida porque la objeción a la vacuna rusa era su falta de publicación en alguna de las dos grandes revistas médicas occidentales. Husserl escribió: “Entiéndase por evidencia lo que se quiera, no se puede prescindir en ella de la relación con la conciencia cognoscente” del que la cree válida.

Es conocido el caso cuando en 2004 The Lancet tuvo que retractarse de haber publicado erradamente en 1998 un estudio sobre el vínculo entre la vacuna del sarampión, paperas y rubéola con el trastorno del espectro autista, después de que seis editores y su editor jefe negaran durante ocho años su error. Un ejemplo más cercano fue en junio de 2020, cuando tres de los cuatro autores del informe sobre la hidroxicloroquina en The Lancet también se retractaron.

No se puede dudar de la seriedad de The Lancet: el reconocimiento de sus errores y su larga trayectoria de aciertos desde que fue fundada en 1823 son las mejores credenciales. De lo que debemos dudar es de nuestra forma de dudar no pocas veces equivocada porque construimos evidencia en función de nuestros prejuicios, intereses, deseos, ideología, como también valores y sentimientos. La evidencia se potencia al ser tomada por los medios, quienes por su naturaleza producen su propia imagen de autoridad. La producción comunicacional y la construcción de la legitimación no pueden separarse. La comunicación es una máquina autovalidante y autoformadora, es decir: sistémica. 

Tomar conciencia de que no pocas veces lo que asumimos como verdadero es producto tanto de convenciones como de la naturaleza política de las propias interpretaciones nos tiene que hacer poner a prueba ese “conjunto compartido de supuestos” al que adherimos.

Lo verdadero es aquello “que es resultado de vidas compartidas en el seno de un grupo”. Parte de lo “verdadero” es resultado de una tradición de valores locales. Cuando le pregunté a Eduardo López si Pfizer buscaba la aprobación de su vacuna por el ente regulador de Rusia respondió que no. Eso no nos genera la misma desconfianza como sí que Sputnik V no haya pretendido rápidamente la validación de la Food and Drug Administration de Estados Unidos. Todos, para no quedar aislados, homogeneizamos nuestras creencias a las validadas por el entorno en que desarrollamos nuestras vidas. Y los medios, como cartógrafos de la sociedad de masas, fallamos en nuestra tarea de ser manufacturas del diálogo.

La antropofágica grieta que se devora lucidez y esclaviza intelectualmente a gente inteligente sumó a las vacunas del covid

Escribió Foucault que “cada sociedad tiene su régimen de verdad”, “los tipos de discurso que ella acoge y hace funcionar como verdaderos y los mecanismos e instancias que permiten distinguir los enunciados verdaderos o falsos y la manera de sancionar unos y otros”. Cada cultura piensa desde su historicidad, exotizar las vacunas no occidentales pudo ser “adecuado” –usando términos de Husserl– en el siglo XX pero inadecuado en el XXI.