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COLUMNISTAS / maullidos
sábado 6 enero, 2018

Sus majestades

He olvidado el objeto de mi búsqueda, pero fui a internet tras un dato que me parecía importantísimo.

por Angélica Gorodischer

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

He olvidado el objeto de mi búsqueda, pero fui a internet tras un dato que me parecía importantísimo. Y terminé fascinada ante las noticias, quizás no importantísimas ni mucho menos, acerca de las costumbres de la tribu de los noséqué en, por supuesto, el corazón de Africa, en donde los varones son los que se adornan con flores y las mujeres en cambio no se adornan pero se hacen (eso creen ellas) desear, luciendo diversos animales  en el escote, los hombros, las muñecas, no sé muy bien, en donde caben esas cosas que no son cosas, estamos de acuerdo, sino que son seres. Dígame la verdad: ¿usted saldría a la calle llevando a su gato Simeón (precioso nombre de gato) enroscado alrededor de su cuello? Le pongo a los gatos como ejemplo porque a mí me encantan los gatos, y ése es un gusto que no despierta demasiado entusiasmo en quienes me rodean. Sé que los gatos tienen mala fama y sé que ciertas almas prejuiciosas sostienen que son traicioneros. ¡Vaya! Traicioneros no. Aristócratas en todo caso, eso sí. A mí, a casi todos los que aman a  los gatos, los perros me resultan simpáticos pero un poco cargosos. A menos, claro, que estén muy pero muy bien educados. En cambio los gatos, desde allá arriba de sus pergaminos de nobleza, la miran a una, la estudian, desde los más finos hasta los de albañal se lo piensan un rato (que rima con gato) y recién entonces deciden. Y cuando deciden, si usted no los ha apurado o no se les ha impuesto desde el trono de los seres superiores, ah, cuando se deciden, qué placer. Despacio, sin apuro, muéstreles la mano, deje que la huelan (si se les da la gana) y lentamente llévela hasta la nuca del pequeño ser peludo y misterioso y allí rasque suavemente mientras murmura pavadas, de ésas que también se les murmura a los bebés. Los bebés sonríen. Los gatos también, pero sus sonrisas son tan discretas que sólo quienes los conocemos bien nos damos cuenta. Es cierto: no a todo el mundo le gustan los gatos. Lo cual significa que en general no estamos bien enterados de lo que pasa entre los seres peludos dulces sabios de cuatro patas y ojos sapientes. Sí, ya sé, hay gatos peligrosos, pero lo son porque han sido maltratados o simplemente abandonados. Los gatos, todos, los del hogar y los de la calle, si no han sido maltratados, establecen con nosotros espléndidas relaciones. Son discretos, buena gente, cuidadosos, nada bochincheros (a menos que anden por los techos buscando pareja y eso está muy bien) y una excelente compañía, silenciosa pero amable. A su manera. Tal vez no sea fácil  adaptarse a esa manera tan diferente de la nuestra. Hay que hacer un esfuerzo, en general pequeño y a veces ciclópeo, pero un esfuerzo. Póngase en su lugar. No. No maúlle ni aúlle: piénsese al calor de la noche mirando la Luna y diciéndose: “En este momento me hace falta una compañera, suave, cantarina, ojos sabios, mirando conmigo hacia el misterioso universo”. Hágame caso, querida señora, deje de lado los prejuicios y consígase un gatito. Si es finoli, muy bien; si es de albañal, no se preocupe: todos, pero todos, son de estirpe real.


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