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COLUMNISTAS / opinion
domingo 26 enero, 2020

Tapas y lecturas

por Damián Tabarovsky

Aunque parezca increíble, hubo una época en la que existían discos de rock, tapas de discos de rock, y hasta el propio rock existía todavía. ¿Cuándo terminó el rock? Quién sabe, quizás cuando alguien enchufó por primera vez una guitarra en un amplificador, luego solo tenemos constancia de una sucesiva decadencia. Pero de la época en la que había tapas (con mucho de pretensión se lo llamaba “arte de tapa”) recuerdo una que siempre me llamó la atención. Es un poco obvia –ni hace falta aclararlo–, pero informa de cierto estado de la cultura moderna. Es de un disco de Supertramp (por cierto, banda  insoportable) editado hacia fines de 1975. Es una imagen en blanco y negro, en la que se ve una serie de chimeneas de fábricas y centrales nucleares contaminando brutalmente el aire, más un conjunto de techos horribles y antes una especie de basural lleno de hollín y residuos varios. Y en esa elevación, en brillantes colores, hay un hombre con anteojos de sol bajo una sombrilla, en una reposera, con una gaseosa con limón, una radio FM, y un diario sobre una mesita blanca, en actitud de estar disfrutando plenamente. El disco se llama Crisis, ¿qué crisis?

Hay algo en esa imagen y en ese título que es poderosamente actual (¡El aspecto premonitorio del rock!). Pocas veces como en estos tiempos la palabra “crisis” ha aparecido tanto en el discurso de los medios, los políticos, los economistas, los creativos de publicidad, los presidentes de clubes de fútbol, los empresarios (industriales, agropecuarios o en sus diversas interrelaciones), los vendedores de arte, los editores y las voces autorizadas en general. El diccionario de la RAE, en su séptima y última acepción, define “crisis” como “situación dificultosa o complicada”. ¿Pero cómo se llegó a esa situación dificultosa en Argentina? Como resultado directo de un intento de cambiar la estructura social –hacia abajo– que viene llevándose a cabo desde 1976, con gran éxito electoral en los 90 y en 2015 (Fogwill: “En 1976 comenzó un proceso de reorganización nacional que aún no ha terminado”). No hay que descartar que vuelva a tener éxito electoral en 2023 o tal vez antes (si no, siempre pueden buscar una solución a la boliviana).

Pensaba en todo esto cuando recibí un mail de mi amigo K.A., en el que mencionaba a Lionel Trilling, que me obligó a cambiar de tema. Y me dieron ganas de releerlo, y no sé por qué también a M.H. Abrams, más allá de que no tienen demasiado en común. Trilling fue uno de los críticos literarios más interesantes de la Nueva York de los años 50, dueño de una erudición que le permitía saltar con soltura de Sherwood Anderson a Keats. M.H. Abrams, también norteamericano, contemporáneo de Trilling, fue menos erudito, más especializado (en la tradición romántica), igualmente notable. Fui hasta mi biblioteca –estaba tomando fresca en mi palangana en la puerta de casa– y tomé de Trilling La imaginación liberal (Sudamericana, 1956) e Imágenes del yo romántico (Sur, 1956), y de Abrams El espejo y la lámpara (Nova, 1962). Y me acordé de un editor que, hace unos años, intentó reeditar los libros de Trilling, pero el agente de negocios que lleva sus derechos –Wylie– le pidió varios miles de euros y no pudo hacerlo. Hace poco la editorial española Trespuntos publicó una antología de su obra, no la leí, pero seguramente debe ser excelente.


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