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COLUMNISTAS / CUARENTENA
domingo 28 junio, 2020

Terminable e interminable

Los cien días dejaron huellas: los líderes dan la cara, pero con el agobio del desgaste antes que con el aura del carisma.

Blade runners. Foto: Pablo Temes

El crescendo de tensión provocado por la pandemia está llegando a su punto crítico. Convergen allí elementos contradictorios: la necesidad de detener los contagios a través de un confinamiento más riguroso, los estragos para la economía provocados por la detención del aparato productivo, el cansancio y el hastío de la población que lleva cien días de cuarentena, cumplidos con mayor o menor rigor, en ciudades sin comercios ni diversiones. Los sondeos de opinión no alcanzan a reflejar la saturación y el hartazgo, que sí trasmiten las conversaciones y los reclamos, más o menos altisonantes, de la gente.

La protesta en torno al Obelisco con motivo del proyecto de expropiación de Vicentín fue sintomático: antes que reclamar por los derechos de la empresa santafesina los manifestantes exigían que los dejaran trabajar. Pequeños comerciantes desesperados se mezclaban con ciudadanos afligidos por el avance del Estado, unos para que abrieran sus locales, los otros para que no clausuraran la república.

El trasfondo de la situación es un extraordinario desconcierto. Hay que repetirlo: el coronavirus constituye un acontecimiento mundial sin precedentes. Arrasa con los puntos de referencia anteriores, impide establecer hipótesis y escenarios sobre lo que ocurrirá. La enfermedad mostró desde el principio una capacidad extraordinaria de contagio y su irrupción ocasionó los más siniestros pronósticos de prestigiosas entidades académicas internacionales: morirían millones de personas si no se tomaban inmediatamente rigurosas precauciones.

Excepto los extraviados, la mayoría de los gobernantes del mundo acataron la apremiante recomendación atemorizados por perder el resto de legitimidad que aún conservan. Y de un momento para el otro el mundo se detuvo, componiendo una escena inimaginable apenas días antes: miles de millones de personas recluidas en sus casas, la actividad económica reducida a mínimos, las fronteras cerradas, el consumo suspendido, las escuelas desiertas.

Aun con su contundencia e impulsividad, la primera etapa logró un significativo consenso. En torno a la expresión “aplanar la curva” se ordenaron las conductas privadas y públicas. Los gobiernos reforzaron la infraestructura sanitaria, la población asustada acató a sus dirigentes y los distinguió con su apoyo. Hasta allí todo bien, pero las decisiones entrañaban una contradicción cuya resolución era casi imposible: encerrar salvaba vidas, detener la producción causaba estragos insostenibles.

El antagonismo entre salud y economía mostró de entrada la naturaleza del problema, hasta que esos términos se convirtieron en rótulos de posiciones políticas. Unos sostuvieron que la pretensión de los gobiernos de prolongar el confinamiento en nombre de la salud constituye una muestra de despotismo inaceptable. Otros replicaron que salva vidas y eso lo justifica. De allí, a discutir sobre democracia y dictadura hubo solo un paso. Así, la política y la ciencia, el oportunismo y el rigor, el autoritarismo y la pluralidad se enfrentaron como los dioses de la modernidad de los que Max Weber abjuraba.

Fernández,Larreta y Kicillof tienen ante sí un dilema: la cuarentena debe terminar, pero no puede terminar

Pero faltaba un episodio. Después de haber constatado una disminución de los contagios, el hemisferio norte abandonó el confinamiento, espoleado por el desastre económico y la demanda social. Las multitudes salieron de sus hogares a celebrar la libertad y el verano, sin mayores precauciones. Los gobiernos abrieron la válvula pero ahora se enfrentan con un temor desesperante: los rebrotes. Si el microorganismo regresara habrá que volver atrás, una tarea casi imposible con la gente en la calle clamando por trabajo y libertad.

En Estados Unidos y en Brasil el conflicto se desarrolla con particular dramatismo y desorden: la peste retrocede en algunas áreas y avanza en otras; los gobernadores están divididos, bajo la presión de sus lunáticos presidentes, aunque prevalece la intención de dejar atrás las restricciones, desechando el riesgo de saturar el sistema sanitario.

La principal potencia del mundo mostró su decadencia con motivo de la enfermedad: disenso político, falta de liderazgo, represión policial, desigualdad económica, desprecio por los expertos, segregación racial, fueron las noticias destacadas. El resto de Occidente, como aquellos personajes de Pirandello, sigue en busca de un autor. Trump avergüenza a propios y ajenos.

Desde el principio, el Gobierno y sus asesores científicos miraron al exterior para tomar decisiones. España e Italia fueron las sociedades testigo; sus médicos eligiendo a quién salvar y a quién dejar morir marcaron el pulso de lo que había que hacer aquí para eludir la tragedia. Lo cierto es que la Argentina tuvo uno de los mejores desempeños frente a la pandemia, lo que se constata en las estadísticas y fue reconocido a nivel internacional.

Aunque no alcanza, porque existe desorganización mundial y la constelación de factores internos resulta abrumadora: el frío, la precariedad sanitaria, el aumento incesante de muertes y contagios, la desigualdad, el enfrentamiento político, las trampas de la Vicepresidenta, un escenario económico desolador, el sufrimiento social.

No obstante, el Presidente y los gobernadores de la ciudad y la provincia mantienen el consenso y piden un esfuerzo agónico a la población. Su férreo compromiso acota la división entre los argentinos. Pero los cien días dejaron huellas: dan la cara con el agobio del desgaste, antes que con el aura del carisma. Tienen ante sí un dilema de muy compleja solución: la cuarentena debe terminar, la cuarentena no puede terminar.

El que se refirió a lo que debía concluir en algún momento, aunque no de cualquier manera, fue Sigmund Freud, en un texto titulado “Análisis terminable e interminable”. Su conclusión es que la responsabilidad de cerrar el tratamiento recae en el analista, que debe poseer equilibrio, amor a la verdad, ubicación y la capacidad de convertirse a veces en modelo y otras en maestro de su paciente.

Tal vez demasiadas cualidades para un ser humano. Por eso, el descubridor del inconsciente fue realista y prudente: concluyó que el psicoanálisis es una tarea “imposible”, junto con otras dos, educar y gobernar. Acaso la plaga haya llevado al límite de sus posibilidades a los gobernantes del mundo, abriendo una etapa donde podrán concluir las cuarentenas, pero parece que nunca concluirá la incertidumbre.


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