martes 24 de mayo de 2022
COLUMNISTAS PREGUNTAS
13-05-2022 23:55

Tu vida y tu elemento

13-05-2022 23:55

Me pregunto si ganará o no ganará adeptos la propuesta del ideal de docente tarado que de un tiempo a esta parte se viene impulsando. Por extraño que parezca, es eso lo que en realidad se propone: se propone un docente negado, uno que no piense nada o que no diga lo que piensa (que sea tarado o que finja serlo: daría lo mismo), uno que no tenga ideas propias o que, si las tiene, acceda a disimularlas y a presentarse como con la mente en blanco. Las alarmas ante los “adoctrinamientos” hoy pululan aquí y allá, se encienden frente a todo aquel que tome posición con alguna firmeza (se prefiere según parece al desvaído, al tenue, al inconsistente; o al cínico al que todo le resbala y no asume postura alguna), así como se recela de todo aquel que sostiene determinadas ideas por creerlas convenientes o mejores (se le imputa “superioridad moral”; se pretende a cambio, no entiendo cómo, que las ideas se deslicen sin tenerlas por preferibles, esto es, sin que importen ni aporten nada, sin ponerlas a discutir con otras con afán de prevalecimiento).

Las prevenciones contra el “adoctrinamiento” en las aulas suponen por otra parte que los tarados son los alumnos, feroz subestimación por la cual se les asigna un carácter eminentemente pasivo, se los ve como receptores inertes de un saber que se les transmitiría de manera unidireccional y que ellos alojarían en una concavidad vacía (la de sus cabezas) sin resistencias ni aportes propios. Sin esa clase de recepción, una que fuera pasmosamente inactiva, ningún “adoctrinamiento” funcionaría como tal. Incluso en el reclamo usual de que el docente, en vez de “adoctrinar” a sus estudiantes, les insufle un “pensamiento crítico” habita en verdad ese prejuicio, ese implícito desprecio, porque se da por hecho que los estudiantes carecen de pensamiento crítico y entonces debe serles suministrado (una variante de lo que Jacques Rancière discutió en El maestro ignorante).

El proceso de enseñanza y aprendizaje se desarrolla en interacción; no es que haya horizontalidad, pero tampoco la verticalidad de una transmisión en un solo sentido. Sin la participación activa de los estudiantes no se enseña demasiado bien (de ahí el esfuerzo que hubo que hacer, bajo las restricciones de la pandemia, dando clases sincrónicas por computadora, a distancia, sin presencias). No se enseña ni se aprende traspasando un saber cerrado de un lado del aula hacia el otro; lo que los estudiantes dicen, lo que preguntan, lo que cuestionan, lo que agregan, lo que no entienden, lo que consultan, incluso su silencio cuando se trata de una escucha activa, participan de esa transmisión, la aceitan y la hacen posible, la enriquecen y la habilitan. El docente que impusiera autoritariamente sus ideas y exigiera que los estudiantes la reproduzcan con total docilidad, más allá de adoctrinar o no adoctrinar, lo que creo es que enseñaría muy mal, sería un fiasco como docente. Puede que los estudiantes se dispongan a repetir eso que se espera que repitan, pero lo harían eventualmente por amedrentamiento si es que no, tanto mejor, por una especulación de pura astucia: para aprobar y sacarse el asunto de encima. En cualquier caso, no habría adoctrinamiento alguno ahí, no habría incorporación de ideas. Tampoco habría, mucho me temo, un aprendizaje medianamente logrado.

Incluso esa clase de saberes que no son en sentido estricto opinables (por ejemplo, la regla de tres simple, las reglas de separación silábica, el año en que se verificó la batalla de Maipú, la capital de tal o cual país remoto, la tabla periódica de elementos) no se elaboran ni se asimilan como parte de un aprendizaje cabal si el estudiante no participa activamente de eso que está ocurriendo y si el docente no concibe de esa misma manera la escena que transcurre en un aula. Me pregunto qué idea de la enseñanza tienen quienes creen que en un aula se adoctrina. Y me pregunto qué idea tienen quienes creen que la manera de impedirlo consiste en suprimir las tomas de posición, eliminar la proposición rotunda de ideas, apuntar la educación hacia un horizonte vacuo de neutralidad idiotizada.