domingo 04 de diciembre de 2022
COLUMNISTAS nuevo antisemitismo

Un antiguo veneno

El mes pasado, en respuesta a la guerra en Gaza entre Israel y Hamas, el pianista Daniel Barenboim pidió a los intelectuales de todo el mundo que firmaran una declaración proponiendo una iniciativa nueva para resolver el conflicto.

14-03-2009 07:21

El mes pasado, en respuesta a la guerra en Gaza entre Israel y Hamas, el pianista Daniel Barenboim pidió a los intelectuales de todo el mundo que firmaran una declaración proponiendo una iniciativa nueva para resolver el conflicto. A primera vista el intento es casi descaradamente obvio: el objetivo básico es aportar todos los medios posibles para presionar en favor de una mediación vigorosa. Lo que es significativo, sin embargo, es que un gran artista israelí sea responsable por tal iniciativa.

Es una señal de que las mentes más lúcidas y los pensadores más profundos de Israel están pidiendo a la gente que dejen de preguntarse cuál bando está en lo correcto y cuál bando está equivocado, y que en lugar de eso trabajen para lograr la coexistencia de ambos pueblos. Si es así, uno podría entender las protestas políticas contra el gobierno israelí, de no ser por el hecho de que tales manifestaciones generalmente están teñidas de antisemitismo.

He visto artículos que mencionan –como si fuera la cosa más obvia en el mundo– “manifestaciones antisemitas en Amsterdam” y cosas similares. Preguntémonos si definiríamos una manifestación contra la

administración de Merkel en Alemania como antiaria, o una manifestación contra Berlusconi en Italia como antilatina.

El antisemitismo podría ser definido como una de las muchas formas de fanatismo que han envenenado

nuestro mundo a lo largo de siglos. Si mucha gente cree en la existencia de un diablo que hace planes para llevarnos a la condenación eterna, ¿por qué no iba a creer en una conspiración judía para dominar al mundo?

El antisemitismo, como todas las actitudes irracionales e impulsadas por una fe ciega, está lleno de contradicciones; sus adherentes no se dan cuenta de ellas, pero las repiten sin sentirse apenados por ello.

En las obras clásicas del antisemitismo del siglo XIX, por ejemplo, se recurría a dos lugares comunes según lo exigía la ocasión. Uno era que los judíos, quienes vivían en lugares atestados y oscuros, eran más susceptibles que los cristianos a las infecciones y enfermedades (y, en consecuencia, eran más peligrosos). Por razones misteriosas, el segundo lugar común era que los judíos eran más resistentes a las plagas y otras epidemias, además de ser sensuales y aterradoramente fecundos, y por tanto eran invasores amenazadores del mundo cristiano. Otro lugar común era ampliamente empleado tanto por la izquierda como por la derecha, y como un ejemplo cito un clásico del antisemitismo socialista (Alphonse Toussenel, Les Juifs, Rois de l’Epoque, 1847) y un clásico del Antisemitismo Católico Legitimista (Henri Gougenot des Mousseaux, Le Juif, le Judaisme et le Judaisation des Peoples Chretiens, 1869). Ambos libros aseguran que los judíos no practicaban la agricultura y por tanto estaban alejados de la vida productiva de los países en los que residían. Estaban completamente dedicados a las finanzas, y eso quiere decir a la posesión de oro. Dado lo cual, siendo nómadas por naturaleza e impulsados por sus esperanzas mesiánicas, podrían fácilmente abandonar los estados que los habían acogido y llevarse todas sus riquezas con ellos. Otras obras antisemitas de ese período, incluyendo el notorio Protocolos de los Sabios de Sion, acusaban a los judíos de tratar de apoderarse de las propiedades con tierras con el fin de tomar posesión de los campos. Como hemos dicho, el antisemitismo está lleno de contradicciones.

La meta principal de los antisemitas es la destrucción del Estado de Israel. En resumen, al antisemita no le agrada si un judío vive por cierto tiempo en un país que no sea Israel. Si, no obstante, un judío opta por vivir en Israel, tampoco le agrada. Soy perfectamente consciente, por supuesto, de la objeción de que el lugar que ahora es Israel fue en un tiempo territorio palestino. Dicho esto, no fue conquistado mediante violencia en gran escala y la matanza de los nativos, como en América, sino en el curso de migraciones lentas y asentamientos que inicialmente no encontraron oposición.

Mientras algunos se sienten irritados cuando aquellos que critican las políticas israelíes son acusados de antisemitismo, quienes traducen instantáneamente cualquier crítica de las políticas israelíes en términos antisemitas me dejan con un sentimiento aún mayor de inquietud.


*Copyriht 2009, Umberto Eco / L’Espresso.
Distribuido por The New York Times Syndicate.

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