viernes 21 de enero de 2022
COLUMNISTAS opinión
28-11-2021 02:29
28-11-2021 02:29

Un modo de estar en el mundo

Si el neoliberalismo es una forma de estar en el mundo, ¿por qué no habría de afectar a la literatura o a la cultura? ¿Por qué no habría de afectar a la propia escritura?

28-11-2021 02:29

Con un poco de retraso acabo de terminar de leer un libro que compré hace algunos años: Neoliberalism and Contemporany Literary Culture, compilado por Mitchum Huehls y Rachel Greenwald Smith (John Hopkins University Press, Baltimore, 2017). Hay algo en el concepto “neoliberalismo” que nunca me terminó de conformar pero, al mismo tiempo, termino usándolo a falta de algo mejor. Pero entendiendo al neoliberalismo no (solo) como un modelo económico, no (solo) como la etapa contemporánea del modo de producción capitalista, no (solo) como una episteme, no (solo) como el avance final sobre una serie de derechos fundados a partir de 1789, no (solo) como una estética social, no (solo) como la forma que adquiere el fascismo en nuestro tiempo. O, mejor dicho, entendiéndolo como todo eso, para desembocar en su aspecto crucial: el neoliberalismo como un modo de estar en el mundo. De ahí su dificultad para hacer lo necesario, el único camino posible para cualquier ideal de justicia y equidad, para cualquier posibilidad de vida en común, es decir, de ahí la dificultad para doblegarlo, deshacernos de él, vencerlo: para vencerlo es necesario no solo doblegar una forma de producción, una estética social o un marco político; no, no solo es eso: se trata ante todo de cambiar un modo de estar en el mundo, lo que implica, finalmente, volver a la Tesis 11, y a las posibilidades allí abiertas.

Si el neoliberalismo es una forma de estar en el mundo, ¿por qué no habría de afectar a la literatura o a la cultura? ¿Por qué no habría de afectar a la propia escritura? Es imprescindible pensar los modos en que la forma neoliberal de estar en el mundo sobredetermina las escrituras, la circulación de la literatura (y la cultura), la puesta en escena de los escritores y sus mercancías (también llamados libros), las instituciones que consagran esas producciones, las redes por las que se propagan, la forma en que la literatura se inscribe en la propaganda de la época. Sería un error fatal suponer que son (solo) los escritores que políticamente adhieren a las derechas contemporáneas quienes se encuentran en una situación de mayor proactividad neoliberal. Proactividad es el mot de pase del neoliberalismo, junto a emprendedurismo. Y nada más emprendedor que el escritor progresista de mercado, el que piensa a la literatura como una forma de comunicación, a la escritura como un trabajo y a sí mismo como una pyme, (¡Trabajadores de la cultura, desuníos!), al lector como un público, a su fotito en las redes y al marketing como un pecadillo menor y no, precisamente, como la encarnación final de ese modo de estar en el mundo. La falsa ingenuidad del escritor progresista en tan candorosa como la pregunta “¿Qué tiene de malo?” (al final terminan votando candidatos que defienden el uso de pistolas Taser, como el bueno de Santoro, materialidad última de todo este asunto). 

Volviendo a Neoliberalism and Contemporany Literary Culture, es una de esas típicas compilaciones de papers a las que nos tiene acostumbrados la academia estadounidense, generalmente muy poco interesantes, como si ya la hubiésemos leído antes de haberla leído. No obstante, reparé con interés en “The Author as Executive Producer”, de Michael Szalay, centrado en la tensión entre literatura y narraciones audiovisuales, artículo sobre el que volveré en alguna otra oportunidad.