COLUMNISTAS
aburrimientos

Viajemos por el tiempo

Días atrás hablábamos del tiempo, ¿se acuerda? No del clima, sino del tiempo que pasa, que nos atraviesa, que nos deja. Cada vez que se habla del tiempo, quienes tuvimos nuestra época de asombro y deleite ante la ciencia-ficción, pensamos en lo que escribieron Dick y Heinlein y hasta Wells sobre los viajes por el tiempo, y nos da la nostalgia.

|

Días atrás hablábamos del tiempo, ¿se acuerda? No del clima, sino del tiempo que pasa, que nos atraviesa, que nos deja. Cada vez que se habla del tiempo, quienes tuvimos nuestra época de asombro y deleite ante la ciencia-ficción, pensamos en lo que escribieron Dick y Heinlein y hasta Wells sobre los viajes por el tiempo, y nos da la nostalgia. Tontos que somos, cuando basta con abrir el diario y encontrarnos con que la gente más inesperada es capaz de servirnos en bandeja un viaje por el tiempo. Véase por ejemplo la proeza de Benedicto XVI. Cierto que se trata de una persona que luce los más altos poderes en esta tierra, y que con un toque de su varita mágica puede lograr lo que nosotros, los pobres mortales de a pie, estamos lejos de obtener. Pero no es joda, mire, eso de transportarnos en un fas-trás, a los siglos XIII, XIV y hasta XV allá cuando se creó el Gran Concejo con míster Torquemada a la cabeza. Caramba, ¡cuánto duró la cosa! Estuve documentándome en el Pequeño Larousse Ilustrado, no crea que digo pavadas al voleo. Pero entonces, báculo de oro en mano (¿será de oro de veras?, ¿será cartón pintado?) Benedicto decreta: que Marcel Lefebvre es un excelente muchacho cuyo único pecado consiste en amar el latín y darle la espalda al público mientras actúa; que tal vez Richard Williamson tenga razón y eso de la shoah (prefiero esta palabra y no holocausto que significa otra cosa) sea una mentirita que solamente los chicos inocentes se creen; que mejor es no reconciliarse con el judaísmo que ya se sabe que no tiene muy buena fama; y que borrar las excomuniones de los obispos Fellay, de Galarreta, Mallarais y Williamson, es un acto que proclama su generosidad infinita. La Iglesia es como todas las iglesias una institución confiable en vista de sus adeptos, y desconfiable (esta palabra no viene en el Pequeño Larousse Ilustrado) en vista de sus autoridades. La piedra sobre la cual se fundó parece el símbolo y el signo de lo que pretende: dura, opaca, con destellos de mica y hasta de oro aquí y allá, pero en conjunto pétrea (redundancia), difícil de tragar, un estorbo en el camino más que un empujoncito hacia el cielo. Juan XXIII fue uno de esos destellos de oro; Benedicto XVI es más que la piedra fundante, un muro ciego al pie del cual se dejan morir los que tiene la esperanza de oír cómo baja desde allá arriba, desde el trono de San Pedro, un himno de comprensión, de aliento, de nobleza y de bondad. Francamente, viajes por viajes, prefiero los de Dick, que estaba más loco que un timbre, y los de Heinlein, que era un reaccionario de cuarta pero divertidísimo. Benedicto no tiene ni eso: no divierte a nadie.