lunes 16 de mayo de 2022
CóRDOBA Sommelier de la política
24-04-2022 00:48

El humor al poder: se parte y no se comparte

24-04-2022 00:48

Si nuestro sistema institucional se basa en la división de poderes, deberíamos estar viviendo en el mejor de los mundos, porque en la Argentina esos poderes están más divididos que las opiniones sobre cómo canta María Becerra. La Justicia denuncia la intromisión del Ejecutivo, el Ejecutivo reclama que la Justicia quiso avasallar al Legislativo y el Legislativo realiza maniobras para torcer la voluntad de la Justicia, en un fuego cruzado por la conformación del Consejo de la Magistratura que muchos viven como si fuera un partido de fútbol y otros sufren como si se estuviera violando la Convención de Ginebra.


Desde el kirchnerismo celebran que Cristina les partió el bloque, con la alegría de quien se está por tomar un fernet con Coca y necesita astillar la masa compacta de hielo que ha extraído del freezer. Del otro lado, el que mayor irritación exhibe es uno de los principales perjudicados por la maniobra de la presidenta del Senado, Luis Juez, quien —como si necesitara aún mayor motivación para denostar a CFK—la acusa ahora de padecer una “locura demencial”, lo que de ser cierto obraría en contra de sus propias intenciones: la expresidenta se convertiría así en inimputable, que es lo que —según Juez— ella estaría buscando para esquivar las causas judiciales que la involucran.


En medio de esta batalla campal que parece enfrentar a todos contra todos, la inflación de casi el 7% mensual se deglute el poder adquisitivo con la voracidad de un Pac-Man y evapora el efecto de las paritarias, que tal como pasaron de anuales a semestrales, bien podrían empezar a celebrarse semanalmente, en una carrera contra los precios en la que el costo de vida es Lewis Hamilton y nuestro salario es Pierre Nodoyuna. Así como el viento se llevó el jopo presidencial durante un acto en Vaca Muerta, el vendaval inflacionario arrasará con los bonos otorgados a los ciudadanos de menores recursos, si es que no se logran domar los incrementos en la canasta básica, cuyos corcoveos nos sacuden como si estuviéramos arriba de un toro mecánico.


En público, un alto porcentaje de los dirigentes que aspiran a una candidatura para el año que viene, afirma que el ánimo de la gente no está como para arrancar con campañas electorales, pero por lo bajo hay una guerra de egos que sería la envidia de ‘Keeping Up With The Kardashians’. En la convención radical de Villa Giardino, por ejemplo, deben haber recurrido a métodos como la hipnosis y el chipote chillón para tratar de convencer a Rodrigo De Loredo de que vaya por la gobernación y no por la intendencia, aunque ante la prensa las autoridades de la UCR sostienen que dejan a Rodrigo “en plena libertad de acción”, cuando en realidad tiene menos margen de maniobra que Battaglia.


El otro gran aspirante de Juntos por el Cambio a habitar El Panal, Luis Juez, ha optado por una estrategia sorprendente. Como recién salido de una clínica de rehabilitación donde se sometió a un tratamiento para erradicar su adicción a putear a Schiaretti, ha dicho que se propone “santificar” al gobernador, típica reacción de los conversos que después de consumir drogas pasan a considerarlas un truco de Satanás para captar almas nobles. Con este viraje, Juez ha resignado su única posición política constante en los últimos 15 años, que fue su odio hacia el mandatario provincial, el mismo al que ahora intentaría canonizar en vida y poner a la par de la Difunta Correa o el Gauchito Gill.


Quién no estaría dispuesto a tener un comportamiento tan gauchito es Martín Gill, cuya insistencia en mantener unido al peronismo de Córdoba es observada con recelo desde Hacemos por Córdoba y desde el Frente de Todos, espacios que cuando intercambian acusaciones se asemejan a los hermanos Galán en las canciones de Pimpinela. Hay quienes aseguran que Gill procura fortalecerse para, llegado el momento de apoyar la postulación de Martín Llaryora para gobernador, negociar espacios de poder como compensación. Otros, en cambio, especulan que el objetivo del intendente villamariense es menos ambicioso: solo querría despertar la bronca de Oscar González y Carlos Caserio, quienes ante la sola mención de su nombre enrojecen y empiezan a girar enfurecidos como el Demonio de Tasmania.

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