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CóRDOBA / Opinión
domingo 4 agosto, 2019

La pulsión de vida y muerte en el escenario político

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Liliana Montero

Si los programas políticos de mayor rating televisivo en Argentina son Animales Sueltos e Intratables es posible comprender porque no logramos encontrar espacios saludables de diálogo y debate que nos permitan construir un nosotros por encima de un yo. Foto: Cedoc Perfil

Si partimos de la base de que los programas políticos de mayor rating televisivo en Argentina son Animales Sueltos e Intratables es posible comprender porque no logramos encontrar espacios saludables de diálogo y debate que nos permitan construir un nosotros por encima de un yo.

Desde el nombre, el encuadre de los programas realza la idea de la disputa y el desacuerdo al igual que lo hacen los programas de chimentos. En este contexto creo que la pregunta que debemos hacernos es cómo estamos expresando las ideas, qué grado de violencia hay en nuestras opiniones, cuánto del tono o modo de comunicación que usamos no implica (consciente o inconscientemente) una destrucción del adversario con descalificativos permanentes a su persona.

Me pregunto si la existencia de la viralización de noticias falsas, la manipulación recortada de los datos de la realidad, la falta de debate sensato y constructivo y la exaltación del odio que cotidianamente vemos en esta campaña electoral, y en general, en la vida política argentina, es causa o consecuencia de lo que somos los argentinos.

¿Alguien puede identificar cuál fue el hilo que se desató primero? El paso de nuestra condición de cachorros humanos a seres humanos está dado, en lo fundamental, por la presencia inevitable del otro, que nos marca, nos constituye y nos instituye dentro del orden cultural. El otro no limita solo nuestros derechos, sino nuestras obligaciones para con el conjunto social. Cuando intentamos aniquilar esa alteridad estamos obturando la posibilidad de continuar un proceso de trascendencia común.

No es casual esta dinámica de expresión de la política, es una opción en el devenir de nuestra construcción como sociedad. O construimos el nosotros a partir de vínculos que reconozcan esta alteridad o desarrollamos una sociedad que exalte el narcisismo en la ilusión de que el otro no es necesario. Transitamos la apatía, pasamos por la desaparición de nuestra capacidad de compasión, recorrimos la imposibilidad de comprensión de lo distinto hasta llegar a este momento de destrucción del semejante. No me refiero al semejante en términos de aquel que piensa igual que yo, sino del semejante en tanto ser humano.

En este entramado y tendencia, la campaña electoral actual se desenvuelve entre opciones polarizadas. No es un rasgo que debe sorprendernos. La dualidad es propia de lo humano; amor-odio, lindo-feo, alto-bajo, bueno-malo. También es propio de lo humano, entonces, la lucha entre dos tendencias que definen nuestra existencia: vida- muerte. De allí que podemos responder a estas primeras preguntas, que lo que se desenvuelve en el escenario electoral no es más que la expresión posible de lo que somos.

Ahora bien, ¿qué hacemos frente a esto? ¿Nos resignamos al triunfo de la tendencia destructiva, mortífera; o tenemos la capacidad de dar batalla a esa tendencia? ¿Somos capaces de construir el nosotros o preferimos mirarnos en el espejo para que nos devuelva nuestra propia imagen? ¿Somos capaces de recomponer vínculos de solidaridad genuina o seguiremos calmando nuestra conciencia brindando al otro lo que nos sobra? La explosión tecnológica y el uso de nuestra vida privada para influir sobre nuestras decisiones ponen en jaque nuestra subjetividad. Quieren convencernos de que no necesitamos más que de aquellos que piensan como nosotros, que la salida es entre los idénticos.

Montar la campaña sobre nuestras tendencias destructivas, pone en riesgo la construcción de un proyecto colectivo que nos contenga sobre la base de la justicia social, el acceso al conocimiento, la equidad, la igualdad de oportunidades y la distribución equitativa de la riqueza. Depende de nosotros. O nos quedamos enamorados de la pantalla que nos vincula tramposamente a la propia imagen o somos capaces de tolerar al otro diferente a cambio de vislumbrar un futuro en el que el malestar actual disminuya y encontremos el bienestar colectivo. Si optamos por esta segunda, el desafío es marcarle la cancha a la dirigencia política para no ser caldo de cultivo ni difusor funcional a la estrategia de destrucción del otro.

Liliana Montero es licenciada en psicología y legisladora Provincial
 


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