Lejos de la imagen repetida de una ciudad gris y endurecida por el cemento, Buenos Aires en flor (India Ediciones) propone un giro en la forma de mirar el paisaje urbano. El libro, fruto del trabajo conjunto de dos flâneurs contemporáneos —el arquitecto y paisajista Jorge Bayá Casal y la fotógrafa Karina Azaretzky—, invita a descubrir una Buenos Aires atravesada por el color, donde la naturaleza no resiste sino que convive y dialoga con la arquitectura.
La obra se organiza en una paleta cromática que funciona como guía sensorial: capítulos dedicados a “Rosados”, “Rojos”, “Blancos”, “Violetas” y “Amarillos” permiten recorrer la ciudad desde las floraciones que la habitan. Así, los lapachos tiñen de rosado las veredas, los ceibos y las Santa Rita aportan rojos intensos, los palos borrachos y jazmines suman blancos, mientras tipas e ibirá pitá iluminan con amarillos y el jacarandá cubre de violeta la nostalgia porteña.
Para Bayá Casal, esta mirada no es nueva, sino el resultado de una vida entera recorriendo la ciudad. “Nací frente al Jardín Botánico de Buenos Aires y quizás por ello amo tanto a los árboles de esta ciudad. Soy un caminante y admirador de Buenos Aires. Me gusta andar por sus calles mirando hacia arriba, descubriendo las sorpresas que las marquesinas dejan ocultas al vecino apurado”, señala. Su formación como arquitecto y paisajista le permite leer la ciudad como un sistema integrado: “Veo la ciudad como un todo: paisaje, edificios, árboles y sociedad”.
Esa percepción se volvió práctica cuando comenzó a registrar la relación entre fachadas y vegetación. “Descubrí hace mucho tiempo esa unión entre árboles y fachadas y quedé maravillado en cada floración. Comencé a publicar fotos con estas impresiones en mis redes sociales para expresar esta nueva mirada de la ciudad”, recuerda. Fue en ese cruce donde conoció a Azaretzky y surgió la idea del libro: “Así surgió la idea de publicar este libro de imágenes y notas para dar a conocer los tesoros de nuestra ciudad”.
La experiencia de Azaretzky es, en cambio, la de quien llega desde otro paisaje y debe reaprender a mirar. Nacida en Tucumán, su sensibilidad visual estuvo marcada por la exuberancia de las yungas. “Nací en Tucumán, tierra que me marcó para siempre con su verde, sus flores y su luz. Crecí entre las yungas y las montañas”, explica. El traslado a Buenos Aires implicó un choque inicial: “Al principio, el cambio fue muy difícil, sentía que vivía en una ciudad oscura, que me ahogaba”.
Sin embargo, ese extrañamiento fue el punto de partida de su búsqueda estética. “Hasta que un día, de tanto extrañar el verde, decidí salir a buscarlo. Comencé a rastrear la naturaleza en los pliegues de los edificios, a dejarme llevar en caminatas sin destino”, relata. Ese gesto transformó su percepción: “De repente, todo a mi alrededor me resultaba fascinante, fue como si me hubieran quitado una venda de los ojos”.
Las imágenes reunidas en el libro son el resultado de ese recorrido paciente y atento. “Las fotos que integran este libro son el resultado de todos estos años recorriendo las calles porteñas con mi cámara”, afirma. Y sintetiza el espíritu de la obra: “Mi intención es mostrar que lejos de ser una ‘jungla de cemento’ —como yo también pensaba—, Buenos Aires es una ciudad llena de flores y color”.
Con textos que contextualizan y fotografías que revelan, Buenos Aires en flor no solo documenta una realidad muchas veces ignorada, sino que propone un ejercicio: desacelerar la mirada, levantar la vista y descubrir que, incluso en la trama más densa de la ciudad, la naturaleza sigue floreciendo.