El país de Sara Gallardo es extrañamente familiar y extravagante real. Es un país imaginado en la narrativa argentina hegemónica que la escritora lo macanea con las segundas y terceras filas, encendiendo lenguas y sentidos antes excluídos o borrados, ahora recobrados y dichos.
Es una larga mesa de solitarios que se embarra en los lindes de historia oficial, que para ella era biografía con sus parientes que hicieron la nación. “En mi caso escribir –y escribir mucho, aunque sea de manera imperfecta– significa un esfuerzo por desenrollar una especie de madeja interna”, dijo a principios de los setenta, en los meses que mediaron desde la impredicible novela Eisejuaz y la escritura de los cuentos de El país del humo, recién aparecidos en 1977 mientras recalaba la periodista y narradora en Barcelona.
Algunos mataban en ese momento por reorganizar este país y en la solución final de un desierto. Sara Gallardo avivaba, desactual y contemporánea, “la llama que se alza y después se borra y otra vez se alza”.
“Celebra una nueva raza” responde el granadero rescatado en Los Andes que se pasa de bando, bajo los arcanos latinoamericanos, en “En la montaña”, el primero de los relatos ahora reeditados por Fiordo, que decoloran cartones desde la Independencia a los años de las grandes urbes que llevan “un nombre. Por disimulo llamémoslo calvario”. Entre medio un tipógrafo que lee el destino en las nubes, las ratas que huyen de las eternas demoliciones en la ingrata ciudad, una niña oveja a cuidado de una piadosa monja, y un jardín de nunca y de jamás. La autora de Los galgos, los galgos no recurre a la artificiosidad de Manuel Mujica Láinez ni al cálculo puñal de Jorge Luis Borges en su relectura del “tiempo anterior” de los salones dorados y las cautivas. Gallardo, en cambio, se deja hablar por la barbarie que imprime la civilización que asoló estas pampas sabiendo sin redenciones a “enemigo mío, mundo”.
En esta selección que se reconoce inacabable en Silvina Ocampo, Elvira Orphée e Juan Rulfo, caben microrrelatos en que florecen voces de treinta y tres princesas patagónicas en prosa poética, la magistral “Las treinta y tres mujeres del Emperador Piedra Azul”, o una sola balada que parece una carta de despedida a su segunda pareja, el filósofo H. A. Murena, en “Un solitario”, que finaliza ansiando otros versos, otros fuegos, con el “algo estaba empezando”.
“Llegaba y todo se volvía distinto. Venía en galera, ocho caballos, látigos, una ¡polvareda!”, en el inicio del cuento “Ella” que terminará, luego de las invasiones de Namuncurá y Pincén en 1876, en el “no dejaron ni viajeros”. Sara Gallardo no pierde la idea de que la historia podría tener sus propios derroteros, sus propios magnetismos, su propio cronotopo, que es una fuerza que hay que entender en lugar de hechos que hay que manipular.
Como estos cuentos de El país del humo, que expanden su Eisejuaz, caminante Sara Gallardo entre “barro y pasto”, por una narración nacional auténtica al fogón.
El país del humo
Autora: Sara Gallardo
Género: cuentos
Otras obras de la autora: Eisejuaz; Enero; Pantalones azules; Las siete puertas; La rosa en el viento; Macaneos; Los galgos, los galgos; Historia de los galgos
Editorial: Fiordo, $ 30.000