CULTURA
Apuntes en viaje

El bañado

Son las cinco de la tarde cuando el palo largo que hace de remo se hunde en la trama cerrada de los camalotes e impulsa la canoa, muy despacio.

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| MARTA TOLEDO

Fortín Soledad es un pueblo minúsculo, de calles de tierra. Polvo que se levanta cada vez que pasa una camioneta o una motito, queda suspendido en el aire como un velo gris y vuelve a caer con la gracia de una bailarina de ballet pasado un rato.

Carlos Maldonado nos recibe en el corredor de su casa, lleno de plantas, algunas rarísimas que nunca vimos, en macetas, porque dice que la tierra es tan dura que en el suelo no crece nada. Nacido y criado en el Fortín anduvo varios años de gendarme hasta que se cansó de la vida nómade o fue el bañado el que lo llamó y pegó la vuelta. El bañado tira. Lo disfruto todos los días, dice y le brillan los ojos cuando mira hacia donde empieza La Estrella, donde él sabe, porque nosotras miramos para el mismo lado y sólo vemos casas. Sin embargo, señala con el brazo y dice: está aquí nomás.

Lo hemos visto en montones de fotos y videos pero, desconfiadas, con mis amigas nos preguntamos si será así, tan de otro planeta, tan hermoso. Aún deberemos esperar una hora larga para averiguarlo. Mientras, Carlos nos acompaña a la cabañita que alquilamos, a unas dos cuadras de su casa. En el terreno hay dos, construidas en ladrillo, con techo de cinc. La nuestra es sencilla y todo está impecable, huele a limpio y a flores. Está rodeada de un cerco de tronco de palma, característico de la zona. Nos advierte que cerremos el portón para que no se metan los perros, chanchos y gallinas que andan sueltos en la calle. Y que cerremos las ventanas porque en cualquier momento empiezan a subir los mosquitos.

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Al rato llegamos a la orilla donde atracan las canoas. Hay tres familias distintas que se ocupan de los paseos y las guías: hay trabajo para todos, dice Carlos, acá nadie compite con nadie. Desde el borde, el bañado La Estrella se extiende frente a nosotras con una belleza de la que apenas estamos viendo el comienzo. Son las cinco de la tarde cuando el palo largo que hace de remo se hunde en la trama cerrada de los camalotes e impulsa la canoa, muy despacio, buscando los canales de agua sin plantas en la superficie. Nos movemos lentamente, en silencio, hasta que le ordena a Marcos, su hijo, que encienda el motor. El sonido mecánico de algún modo se acopla al del agua y no perturba. Pájaros chicos de distintos colores se quedan cerca, sobre las islas de plantas acuáticas, sin espantarse por nuestro paso. Los conozco desde bebecitos, dice Carlos, por eso no tienen miedo.

Marcos señala las champas, enredaderas de distintas especies que trepan sobre los troncos de las palmeras secas, dibujando formas a veces monstruosas. Champa significa fantasma de árbol, dice. El sol que está bajando ilumina el agua, los camalotes y los palmerales con una luz dorada que me hace pensar en el poema de Madariaga. Las nubes de jejenes tiemblan sobre el bañado. De oro puro la luz se pondrá rosada, quieta, helada como una piedra pulida. Y empezarán a salir los murciélagos que viven en los huecos de los troncos muertos. Las parejas de chajás nos observan desde lejos, con sus plumas oscuras y su cara seria parecen sepultureros. Gritan, se pasan la voz. Chajá, dice Marcos, quiere decir: ¡huye, escapa!

Al día siguiente, por la mañana, cuando nos metamos aún más adentro del bañado, vamos a ver a los espléndidos jabirús con su plumaje blanco, el collar rojo y las cabezas y los largos picos negros. Vuelan sobre nosotras y Carlos sonríe de oreja a oreja: no les ha negado nada el bañado, dice, no señoras…

Mientras comemos un asadito de falda a la vera del Pilcomayo, nos dice que ama tanto este lugar que a su primera hija le puso de nombre Estrella Soledad.