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CULTURA / Pensadora original
miércoles 26 febrero, 2020

Filosofía en 3 minutos: Hannah Arendt

Filósofa y teórica política​ alemana –nacionalizada estadounidense– fue, sin dudas, una de las intelectuales más influyentes del siglo XX.

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Rubén H. Ríos*


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Hannah Arendt (Linden-Limmer, 1906 - Nueva York, 1975) Foto: Cedoc Perfil
miércoles 26 febrero, 2020

Con la lentitud de los grandes pensamientos, que llegan con paso de paloma decía Nietzsche, la obra de Hannah Arendt (1906-1975), la más destacada pensadora política del siglo XX y acaso sobre la deriva política del siglo XX, se revela poco a poco en los últimos años como portadora de los secretos de la modernidad e incluso de los tipos antropológicos que le pertenece íntimamente, los cuales han pasado desapercibido hasta hace poco tiempo. Mejor dicho, aparte de los estudios académicos y monográficos que se le dedican en forma permanente, Arendt se hizo conocida en la cultura de masas por la película dirigida por Margarethe von Trotta y protagonizada por Barbara Sukowa, estrenada en 2012, un biopic centrado en el juicio del nazi Adolf Eichmann, atrapado en la Argentina por la inteligencia israelí, que Arendt cubrió para The New Yorker en 1961, a partir de la cual se difunde en general el concepto de banalidad del mal, el que muy pocos entienden, sin embargo, y los que lo entienden muchas veces preferirían no entenderlo debido a la terrible sospecha que despierta acerca de la moral del sujeto común y corriente. Posiblemente ha mediado en todos estos equívocos la palabra “banalidad”, porque en realidad se trataría, en el fondo, de estupidez.

Gilles Deleuze, en alguna oportunidad, ha dicho que la filosofía sirve para hacer de la estupidez algo vergonzoso y triste, pero habría que agregar que no cualquiera está dispuesto a entristecerse y aceptar, sin más, su propia estupidez. La de los otros, como se sabe, se acepta más fácilmente, y no siempre, en especial cuando se parecen a uno. El concepto de banalidad del mal, que ha hecho famosa a Arendt a principios del siglo XXI, si Deleuze está en lo cierto, es filosofía en el sentido más elevado, porque precisamente apunta a que la estupidez sea reconocida como una cosa vergonzosa, y más todavía, como una inclinación humana, ya que los animales desconocen la estupidez (nunca se equivocan), que guarda potencialmente el peor de los males, porque afecta a muchos: el mal político. El pensamiento de Arendt, se adivina ya, no es sólo uno de los más prominentes de la filosofía política contemporánea sino, además o a la vez, una reflexión ética acerca de los que fueron sus grandes objetos de estudio: la sociedad moderna, las revoluciones modernas y el totalitarismo.

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La película de von Trotta no deja del todo claro que Arendt, como judía, padeció la persecución del régimen nacionalsocialista, uno de los dos totalitarismos que analizó (el otro es el comunismo soviético), y que por eso mismo debió huir de Europa, en 1941, luego de permanecer cinco semanas en el campo de internamiento para mujeres de Gurs, el más grande de Francia. Arendt había estudiado con Husserl, Heidegger (con quien mantuvo cierta relación, interrumpida durante el período nazi, toda su vida) y Karl Jaspers, quien fue su director de tesis sobre el concepto de amor en San Agustín (una lectura existencialista del santo) y con la cual se doctoró, en 1928, en la Universidad de Heidelberg. Muy poco después apoyaba al movimiento sionista en la clandestinidad que ayudaba a escapar a los judíos. En cualquier caso, Arendt venía de una familia de judíos liberales e ilustrados que estaban a favor de la integración plena de la comunidad judía a la ciudadanía alemana. Por esto mismo, su abuelo paterno, Max Arendt, un judío reconocido de Könisberg, estaba en contra del sionismo.

Entre 1941 y 1952, radicada en Nueva York con su segundo marido, donde permaneció como apátrida hasta 1951, Arendt escribió para publicaciones periodísticas, donde colaboraban otros refugiados alemanes (como Thomas Mann o Einstein), pero ante todo para periódicos judíos donde escribía sobre política judía. De este momento proviene su distanciamiento del sionismo y no, como sugiere la película de von Trotta por razones de economía diegética, a causa de sus artículos durante el juicio a Eichmann, en los que Arendt crítica duramente el comportamiento de los dirigentes de los Judenräte (Consejos Judíos) durante el exterminio nazi y, también, a Ben-Gurión, por entonces nuevamente primer ministro de Israel. El enfrentamiento de Arendt con Ben-Gurión, uno de los artífices fundamentales del Estado de Israel, se produce antes de la fundación de este en 1948, desde que comienza a reclamar tierras palestinas para crear en ellas un Estado judío, una tesis que logró rápidamente muchos adeptos en Estados Unidos. Su rechazo a la implantación de un Estado judío en Palestina se basaba en que no solucionaba el antisemitismo (uno de los orígenes del totalitarismo para Arendt) y que, por otro lado, no garantizaba el respeto a la pluralidad cultural de los individuos (árabes y judíos) en el territorio.

Luego de diez años de estudios e investigación, en 1951, Arendt publicó Los orígenes del totalitarismo, una monumental obra, entre la filosofía política y el periodismo, entre la historia y la antropología, copiosamente documentada, en la cual plantea que esos orígenes (no causas) son el antisemitismo, el racismo, el imperialismo y la decadencia del Estado-Nación. Es evidente que cualquiera de esos fenómenos, que Arendt analiza con precisión histórica y social, juntos o separados, en parte o aislados los unos de los otros, forman parte del actual escenario mundial, por decir así, con consecuencias predecibles a corto plazo, pero impredecibles a mediano o largo plazo. Los núcleos esenciales que aborda Arendt, y de allí su singularidad ética, se refieren a la responsabilidad social respecto del ascenso y mantenimiento del totalitarismo, y su escalada a los niveles de la extraordinaria violencia que desató. Dicho con otras palabras, qué papel juega la sociedad y sobre todos los individuos que pertenecen a esta, como sujetos morales, para hacer posible la opresión, la injusticia y el terror.

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Las tendencias sociales que descubre Arendt, las cuales eventualmente pueden dar lugar o sostener formas totalitarias de dominación política – y esta es la peor parte – no han desaparecido de la sociedad de masas actual, incluso, en algunos casos, se acentúan. En síntesis, estas son las siguientes: el debilitamiento de la esfera pública y la acción ciudadana a favor de la esfera privada, el aislamiento entre los individuos sólo interesados en sus fines propios y la seguridad de su familia, el conformismo del interés focalizado en el confort y el consumo, la complicidad y la indiferencia ante la violencia, la marginación de grandes sectores de la población considerados superfluos. El totalitarismo, para Arendt, que se funda en esos rasgos tan reconocibles de las sociedades contemporáneas, en algunas más y en otras menos, se apoya en ellos y los lleva hasta el horror de los campos de concentración, donde se somete a personas declaradas desechables, por cualquier estigma, a una destrucción jurídica y moral y, por fin, a la abolición de su carácter de singularidad individual. Esto es lo que Arendt llama “mal radical”, un mal que, por otro lado, no se hubiera desencadenado sin la connivencia o la aceptación tácita, deseada o indeseada, de los individuos que permitieron ese horror o callaron ante este.

En realidad, el trabajo sobre el juicio en Jerusalén constituye un anexo de Los orígenes del totalitarismo, escrito unos diez años después, en la medida que Eichmann es uno de esos individuos, preferentemente de clase media (el apoyo electoral y político del nacionalsocialismo), que anteponen su proyecto personal, según las reglas del éxito social, a cualquier otro interés, con la diferencia que su tarea consistía en deportar personas a los campos de exterminio. El retrato biográfico que realiza Arendt de Eichmann, quien llegó a coronel en la laberíntica y férrea organización de la SS –un grado relativamente alto, aunque siempre subalterno–, mientras se lleva a cabo su juicio por crímenes de guerra, no deja lugar a dudas acerca de su mediocre existencia de hombre gris, confundido con la multitud errática y desesperada de la República de Weimar (antesala del régimen nazi), sin empleo fijo, hasta que ingresó a la sección de judíos II 112 del Servicio de Seguridad con el grado de sargento primero. En pocos años, celoso de su deber, Eichmann fue nombrado teniente de las SS, uno de los pocos nazis, posiblemente (quizá porque hablaba hebreo), que mantenía un diálogo estrecho con los miembros del movimiento sionista encargados de negociar con los nazis el destino de los judíos, como deportarlos masivamente a Palestina o crear un Estado judío en Europa del este, hasta que se decidió, por último, la “solución final”.

La banalidad del mal de Eichmann no descansa en que los crímenes que cometió, aunque personalmente no mató a nadie, son banales, desde luego, ni en que cumplía órdenes sin dudar un instante de lo que lo hacía, ni en que – si se le cree su descargo en el juicio – no era un fanático antisemita, ni en que no le importaban los otros, ni siquiera en que mandaba al muere a millones de personas como si fuera cualquier otro trabajo rutinario y burocrático. Eichmann es banal porque no piensa. De acuerdo a Arendt, su principal característica, la más sobresaliente y la más curiosa, y también la más auténtica, es una total incapacidad para pensar. Arendt dice que hay que diferenciar esta falta de reflexividad de la estupidez, que tiene algo de positivo, mientras que ser impotente para ejercer el pensamiento –abrir juicio, preguntar, examinar– se muestra como una pura carencia, una pura negatividad, una ausencia. Puede ser, en esos términos. Pero en otros, precisamente en la imposibilidad que tiene Eichmann en no poder hablar sino con frases hechas y clisés, en su apatía moral, en su aturdimiento ante preguntas que le realiza el fiscal durante el juicio, en su actitud de defenderse alegando su irresponsabilidad como individuo ante una gran maquinaria de muerte, parece y se comporta como un estúpido. Todo indica, en esos aspectos, que efectivamente es un estúpido, cuya primera secuela se traduce, en no pensar y en un sentido más bien lato: Eichmann no tiene ningún juicio propio, ninguna idea propia. Por el contrario, repite lugares comunes como un autómata.

Lo que indignó e indigna de esta tesis de Arendt, del mal originado en la banalidad (o en la estupidez) de un sujeto, si bien en ciertas circunstancias política y técnicas, es que no responde a una intencionalidad manifiesta, a un deseo perverso o monstruoso, o a un placer sádico. Todo eso no hay que descartarlo, pero en el caso de Eichmann esas pasiones oscuras no acuden a la cita, no al menos en sus desconcertantes explicaciones sobre su conducta. Sin embargo, a pesar de ello, Arendt entiende que este coronel de las SS, responsable del exterminio sistemático de millones de personas, es culpable, como demostró el juicio, y que merece el castigo que se le imputó. Dicho de otra manera, su banalidad no lo exime de sus crímenes ni de la pena que le corresponde, porque en Jerusalén se juzgó su responsabilidad como individuo, no como oficial de la SS, como patriota, padre de familia o ciudadano forzado a obedecer las leyes raciales, sino en tanto sujeto moral puesto en una situación política y social dada en la que debe dar cuenta de sus actos. Tal vez hubo muchos Eichmann en la Alemania nazi, que optaron por someterse en tanto obtenían ventajas y cambiaron sus valores de gente decente por otros más rentables, pero también hubo muchos que no lo hicieron.

No sólo por el concepto de banalidad del mal Hannah Arendt es una gran maestra pensadora, la más lúcida en pensar las catástrofes del siglo XX, sino por otros tantos que actualmente se estudian y debaten, todos ellos de un intenso vínculo con nuestro presente. El mal banal de Eichmann, en definitiva, alerta sobre ciertas tendencias de los individuos atomizados y conformistas de la sociedad de masas, aunque en el caso extremo de un criminal del totalitarismo nacionalsocialista. Pero no hace falta llegar tan lejos para conocer personas que no piensan, que no quieren, no pueden o no les gusta pensar. A la inversa, siempre se puede decir que todos, de algún modo u de otro, pensamos, bien o mal, salvo que aquí no se emplea el término “pensar” como actividad mental, tener ideas, imaginarse cosas o hacer cálculos. Bien se sabe que la filosofía, desde antiguo, desarrolla una clase de pensamiento –y eso es pensar, del latín pensare: “pesar”– que gusta de poner entre interrogantes lo que el sentido común aplaude como la verdad incuestionable, sólo con el propósito de averiguar si ello verdaderamente es así. Por eso quizá Deleuze, y la banalidad del mal de Arendt lo prueba con creces, acierta cuando dice que la filosofía sirve (si sirve para algo) para hacer de la estupidez algo vergonzoso y detestarla.

*Doctor en filosofía, escritor y periodista

@riosrubenh

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