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CULTURA / Pensador total
viernes 17 enero, 2020

Filosofía en 3 minutos: Leibniz

Se le reconoce como el último genio universal, la última persona que pudo formarse en todos los campos del conocimiento; después de él, solo hubo especialistas.

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por Ruben H. Ríos


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Gottfried Wilhelm Leibniz (Leipzig, 1646 - Hannover, 1716) Foto: Agencia Shutterstock
viernes 17 enero, 2020

Como se ha comentado en un artículo anterior, la novela Candide ou l'Optimisme de Voltaire, publicada en 1759 con seudónimo, ridiculiza, a través del Dr. Pangloss, el optimismo metafísico desarrollado en Ensayos de Teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal (1710), uno de los poquísimos libros publicados en vida por Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), cuyo pensamiento primordialmente se dio a conocer en latín en las primeras revistas académicas que aparecieron en Europa. Los Essais de Théodicée, escritos en francés, responden a la crítica realizada a la metafísica de Leibniz por el filósofo y escritor Pierre Bayle en la segunda edición de su Diccionario histórico y crítico (1702), una obra paradigmática del enciclopedismo de la primera Ilustración. La novela de Voltaire, en realidad, se burla del optimismo ingenuo y sin fundamentos, personificado por Pangloss, que reduce las tesis leibnizianas a una burda fe en el devenir benigno del mundo y, en última instancia, a un recurso de sobrevivencia. Suele suceder, con más frecuencia de lo que se cree, que los epígonos vulgarizan las enseñanzas de sus maestros.  

Por otra parte, cuando Voltaire escribió Candide ou l'Optimisme el pensamiento de Leibniz era muy poco conocido. En la época algunas de sus concepciones fueron difundidas por un discípulo suyo, Christian Wolff (1679-1754), anexadas a su propio sistema, la llamada “filosofía leibnizo-wolffiana”, que favoreció el desconocimiento y la tergiversación de la metafísica leibniziana. También, a partir de la acusación de haber plagiado la invención del cálculo infinitesimal a Isaac Newton, efectuada por el matemático John Keill en la Royal Society de Londres en 1711, el desprestigio envolvió los últimos años de vida de Leibniz. Hoy se sabe que la imputación era infundada. Si bien Newton había avanzado con anterioridad en algunos aspectos del cálculo (el método de fluxiones, en especial), aunque sin publicar sus resultados, la investigación independiente y paralela de Leibniz lo aventajaba en otros, como en el uso de las diferenciales segundas, por lo que también se llama “diferencial” al cálculo infinitesimal. Su principal aporte consistió en un conjunto de reglas para el cómputo de cifras infinitesimales, las derivadas de segundo orden y de orden superior, y la regla del producto y de la cadena en su forma diferencial e integral.

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Filósofo y matemático eminente, Leibniz es bastante menos simple que su discípulo ficcional, el optimista Pangloss. Educado tanto en la escuela de San Nicolás de Leipzig como en la biblioteca de su padre, notario y profesor de moral, quien murió tempranamente, a los trece años leía y escribía en latín. Luego ingresó a la Universidad de Leipzig, donde estudió filosofía con Jakob Thomasius (uno de los fundadores del derecho positivo), y obtuvo el título de bachiller con la tesis Disputatio metaphysica de principio individui (“Disputación metafísica sobre el principio de individuación”) en 1663. Entre este año y 1667 estudió matemáticas en la Universidad de Jena (en la cual enseñaba el renombrado matemático y filósofo Erhardt Weigel) y jurisprudencia en la de Altdorf. En 1664 alcanzó el grado de Maestro de Filosofía y en 1667 el título de doctor en Derecho. En esos años, Leibniz compuso la Dissertatio de arte combinatoria, un texto crucial en el pensamiento moderno y en la historia de la invención de los lenguajes artificiales que culmina, por el momento, en la era de la informática y las computadoras.

Poco después, en 1672, al servicio del príncipe elector de Maguncia, Juan Felipe de Schönborn, ante quien había presentado un escrito sobre la reforma de la enseñanza de la jurisprudencia, Leibniz fue enviado en misión diplomática a París, donde residió hasta 1676. Mientras intentaba organizar una expedición europea a Egipto, allí conoció personalmente al teólogo y matemático Antoine Arnauld (con Pierre Nicole, autor de la influyente Lógica de Port-Royal), al filósofo y teólogo Nicolas Malebranche y, entre otros científicos y matemáticos, al astrónomo y físico Christiaan Huygens que lo ayudó a profundizar sus conocimientos de matemáticas, hasta ese momento restringidos a la aritmética (números y combinatoria). Esto le permitió ajustar y presentar su máquina de calcular (la más avanzada por entonces: sumaba, restaba, multiplicaba, dividía y extraía raíces cuadradas) en la Academia de Ciencias de París para solicitar su admisión en ella, finalmente rechazada. Pero en 1673, luego de mostrar su máquina, la Royal Society lo aceptó como miembro externo.

Antes de su regreso a Alemania con el fin de ingresar al servicio del duque de Hannover como consejero y bibliotecario, Leibniz visitó en Delft (Países Bajos) al pionero de la microbiología Anton von Leeuwenhoek, cuyos estudios sobre microorganismos posiblemente influyeron en la metafísica leibniziana, y a Baruch Spinoza en La Haya, de quien conocía sus trabajos sobre óptica y el Tratado teológico-político. En una carta a Heinrich Oldenburg, secretario de la Royal Society, Leibniz da algunos detalles de esta entrevista en la que, al parecer, sólo se habló de problemas matemáticos. En el Leibniz-Archiv de Hannover existe un ejemplar de la Ética de Spinoza (publicado después de la muerte de su autor) subrayado y comentado por Leibniz, quien seguramente se sintió muy atraído por la demostración geométrica de la obra. A pesar de las grandes diferencias, estos filósofos (junto con Descartes, los más prominentes de la primera modernidad) comparten el procedimiento de los modelos matemáticos y la fundamentación de estos en principios lógicos y metafísicos.

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Por supuesto, Leibniz fue más lejos que Descartes y Spinoza en el campo de las matemáticas. En 1679 le propuso al duque de Hannover que financiase su proyecto de la Característica Universal, basado en la Dissertatio de arte combinatoria, de construir una lengua racional y universal capaz de descomponer todos los conceptos en un reducido número de caracteres, la cual posibilitaría la veloz comprensión de las verdades conocidas e inventar otras. El duque –hombre práctico– le respondió enviándolo a redactar informes para mejorar la administración pública. La idea de Leibniz se apoyaba en varios intentos anteriores de crear un lenguaje universal, en primer lugar, la máquina de pensar de Ramón Llull (Ars Magna, 1303), y luego los trabajos de John Dee (Monas Hieroglyphica, 1564), Pedro Bermudo (Arithmeticus nomenclator mundi, 1653), George Dalgarno (Ars signorum, 1661) o el idioma analítico de John Wilkins (1668), entre otros. En relación con este proyecto de la Característica Universal, en su artículo “Explication de l’Arithmétique Binaire” (1703), Leibniz menciona los símbolos binarios usados por matemáticos chinos (de ahí su interés por el I Ching) y emplea el cero y uno (el 0 y el 1), como el sistema binario actual de la informática.

En 1680, la muerte del duque de Hannover lo liberó de sus tareas administrativas en la agricultura y la minería, porque el nuevo señor del ducado, hermano del anterior, le encargó que escribiera un estudio histórico sobre los orígenes de su familia (los Braunschweig-Lüneburg), que aceptó a cambio de una renta vitalicia en lugar del sueldo que cobraba. Mejoró su situación económica, aunque le restó tiempo para ocuparse de los asuntos políticos, filosóficos, teológicos y matemáticos que le importaban. Con todo, en 1682, fundó la revista mensual interdisciplinaria Acta Eruditorum, que en breve se convirtió en una publicación académica de notoriedad. En esos años emprendió, justificados por sus estudios históricos, varios viajes. En Roma lo nombraron miembro de la Academia Linceana (academia físico-matemática) y le ofrecieron la custodia de la Biblioteca Vaticana a condición de convertirse al catolicismo, a lo cual se negó. Se entrevistó, en Florencia, con el último discípulo de Galileo, el matemático y físico Vincenzo Viviani. En 1696, ya enfermo, la Casa Braunschweig-Lüneburg lo nombró Consejero Secreto de Justicia y en 1700 fue designado el primer presidente de la Sociedad de Ciencias de Berlín. Leibniz murió, sin gloria, difamado por plagiar el cálculo infinitesimal de Newton, el sábado 14 de noviembre de 1716 en Hannover.

Cualquiera diría que la propia vida de Leibniz basta para refutar su optimismo metafísico, pero el dios leibniziano es una entidad estrictamente hipotética. El término “teodicea”, que significa “justificación de la divinidad”, Leibniz lo inventó a partir de dos palabras griegas, théos (dios, deidad) y diké (justicia), con el propósito de explicar racionalmente la existencia del mal en el mundo. En cualquier caso, en la Théodicée, Dios constituye sólo una hipótesis, no una certidumbre, un supuesto, no un ser efectivo, que posee todos los atributos –bondad, omnisciencia, omnipotencia, etc.– conferidos por la religión cristiana. Por lo tanto, para Leibniz, si Dios existe es posible determinar la causa de la presencia del mal en su Creación por medio de razonamientos consistentes y claros, de modo de completar la fe religiosa en conformidad con la razón.  Esto es, también Dios se rige por principios racionales, lógicos y metafísicos, inmanentes a la realidad y a la forma de las cosas verdaderas, que fundamentan el conocimiento científico y las matemáticas, ya que la hipótesis inversa –una deidad irracional, inconcebible para el racionalismo leibniziano– abandonaría el universo enteramente al caos y a lo insensato.

Según Leibiniz, hay dos principios lógico-ontológicos fundamentales, evidentes por sí mismos (es decir, axiomáticos) que Dios, como ser racional, debe respetar: el principio de contradicción o de identidad y el de razón. El primero establece que, de dos proposiciones contradictorias, una es verdadera y la otra falsa. El segundo dice que nunca sucede nada sin que haya una causa, una razón a priori, que permita deducir por qué hay algo en lugar de nada y por qué existe de un modo determinado y no de otro. En otras palabras, nihil est sine ratione (“nada existe sin una razón”). El gran principio de las matemáticas, suficiente por sí solo para demostrar la aritmética y la geometría, es el de contradicción, y para transitar de allí a la física se requiere el de razón, que explica por qué sucede algo de cierta manera y no de otra. Este principio se aplica a la lógica, a la teología, a la física, a la metafísica y a la moral. Las verdades necesarias son reguladas por el principio de contradicción (A es A, y no podría ser, a la vez, no A), las verdades contingentes –las existencias reales, no posibles– dependen de la voluntad de Dios, la causa suprema y primera, que, para actuar, precisa de una razón suficiente que le permita elegir entre la infinitud de mundos potenciales (no necesarios) y de una razón moral, implícita en su bondad, para realizar lo mejor, lo más perfecto.

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La frase que Voltaire, en el medio de las desventuras que padece el personaje, le hace decir a Pangloss –“todo va de la mejor manera, en el mejor de los mundos posibles” (“tout est pour le mieux dans le meilleur des mondes possibles”)–, alude a la bondad de Dios que, para Leibniz, pudiendo crear todo lo posible, quiere lo más perfecto entre los infinitos mundos posibles que conoce en absoluto la mente divina a nivel lógico-matemático. No obstante, el dios leibniziano no sólo está limitado por la razón suficiente y la razón moral para decidir lo mejor sino también por la “composiblidad” de lo posible. Lo cual quiere decir que la existencia de algo depende de su compatibilidad con la serie de las otras cosas y seres que componen el mundo en el que podría existir (o no) o, dicho de otra manera, no todos los universos posibles son una colección de “composibles”. Dentro de estos rigurosos condicionamientos lógicos, metafísicos y morales, Dios decide crear el mejor de todos los infinitos mundos que pueden existir. Si no hubiera habido uno más óptimo, entre esa infinidad, no habría creado ninguno.

De esto se desprende, al contrario de lo que cree Pangloss, que el mundo actual (no virtual) es el menos malo de todos los posibles, simplemente porque en él subsiste un grado de mal que Dios ha admitido por defecto. Del mismo modo, el optimismo metafísico leibniziano no equivale a optimismo moral, ya que en la historia de la humanidad gobierna la contingencia, el dilema del acontecer (toda causa se descubre a posteriori) y, en esa medida, demanda de una ética y una política que enfrente la imperfección del mundo. La “armonía prestablecida” por la divinidad hipotética de la Théodicée no se traduce en ausencia de mal. Lo incluye como la discordancia de una totalidad armoniosa, intercomunicada entre sí, por completo “composible”, donde cada individuo se encuentra ligado con los otros, como en una red inseparable. No hay individuos idénticos en mundos diferentes. En Leibniz, todas las sustancias (las infinitas “mónadas”, átomos incorpóreos, cerrados en sí mismos, “sin ventanas”, que forman los últimos elementos de la realidad) son como el mundo entero y un espejo de Dios o del universo, que cada una expresa a su manera, aunque confusamente, y todo lo que ha sucedido, sucede y sucederá en este.     

En resumen, Leibniz adopta un deísmo (la deidad está sujeta a las leyes del universo que ha creado) opuesto al teísmo tradicional (el dios creador no está sometido a ninguna ley) que sostiene la fe en los milagros y la violación del orden natural, como se relata en diversos episodios de la Biblia. Con ello ya se prepara el ateísmo moderno, porque el Dios leibniziano es esencialmente racional, incluso en la administración del mal, y en ese sentido una hipótesis superflua respecto de un universo que funciona de acuerdo a leyes lógico-matemáticas que están por encima de él. El ateísmo materialista lo suprime, conservando la mecánica de la naturaleza y el principio del cálculo. No parece una operación arbitraria. En una nota marginal a un texto de 1667, el Diálogo de la conexión entre las palabras y las cosas, Leibniz lo dice de modo explícito: “Cum Deus calculat et cogitationem exercet, fit mundus” (Cuando Dios calcula y ejerce su pensamiento, se hace mundo). De esta divinidad calculante, una colosal computadora, a su reemplazo por una instancia puramente lógico-matemática había solo un paso, o dos, y no demasiados audaces.  

De hecho, el retorno de Leibniz a finales del siglo XIX y principios del XX tiene por condición el apartamiento del lado metafísico y teológico de su pensamiento. Los manuscritos matemáticos de Karl Marx, producidos entre 1873 y 1883, se ocupan de la comprensión del cálculo infinitesimal. Los trabajos de Louis Couturat, Bertrand Russell (Exposición crítica de la filosofía de Leibniz, publicado en 1900) o Ernst Cassirier (en su primer libro, de 1902), escritos poco después, sólo atienden a las estructuras lógico-matemáticas del sistema leibniziano. La lógica modal, muy desarrollada en la actualidad, comienza en los axiomas de Leibniz reformulados por el lógico estadounidense Clarence I. Lewis en 1918. Más recientemente, El pliegue. Leibniz y el Barroco (1988) de Gilles Deleuze, ha demostrado el gran potencial de la ontología leibniziana para una nueva cosmología cuando se elimina su metafísica (ilógica para Russell) y los componentes teológicos. Salvo que, junto con Dios, no es poca cosa lo que se pierde. Aquello que justamente venía a consolar a Pangloss en sus infortunios y desgracias: la idea del mejor de los mundos posibles.

 

*Doctor en filosofía, escritor y periodista

@riosrubenh

Blog: https://riosrubenh.wixsite.com/rubenhriosblog

 


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