El silencio es la nieve moscovita sobre los tilos de la calle Mokhovaya. Un estudiante de la facultad de matemáticas curiosea entre los anaqueles de la biblioteca. Son los tiempos de la Unión Soviética, pero el edificio todavía conserva una escala humana, no es esa mole de cemento que levantará el estalinismo. El universitario se pierde: los libros no están acomodados bajo un orden alfabético ni temático ni de ninguna forma aparente. Es cuestión de minutos para que, sin darse cuenta, avance como por un mapa. No sabe que necesita algo y rápidamente da con lo que necesita. Se sonríe, felicitándose por el hallazgo. Ignora que el hombre que configuró la biblioteca respira, en ese instante, el aire helado de una plaza o de un baldío en Leningrado. Allá, en la ciudad bañada por el Báltico, también nieva; el silencio es la bala que enmudece al padre Pável Florenski. Es el 8 de diciembre de 1937 y esta es la segunda vez que lo matan.
Un sacerdote ortodoxo que se pasea de sotana por la Unión Soviética y que, preguntado por Trotsky si irá vestido así a un congreso de ingenieros, responde: “No he abjurado de mis valores y no puedo vestir de otra manera”; tiene los días contados en la era Stalin. Sin embargo, cada vez que el régimen solicita su colaboración, incluso cuando se la impone, su entrega intelectual es absoluta. En los años 20, ya forma parte de la plantilla de profesores de la famosa Vjutemás. Rusia se convierte en uno de los grandes laboratorios de la modernidad, una máquina ávida de novedades (nacionales) dispuesta a borrar de un plumazo todo lo viejo para construir al hombre nuevo. Da risa imaginar a Florenski argumentando por qué los iconos son la expresión más sublime del arte, por qué en ellos se encuentra Dios, mientras en el mismo recinto revolucionarios fervorosos como Rodchenko y Tatlin sientan las bases del constructivismo, y Malévich marea a los aprendices con sus delirios suprematistas.
La vida de Florenski es una vida rusa: “Lo veo caminar con la cabeza inclinada, meditando, pensando sobre Dios, sobre el espacio y el tiempo y sobre el Gólgota de su pueblo que él mismo protagonizó”, empieza un prólogo la eslavista Tamara Djermanovic. Florenski nace en el actual Azerbaiyán y crece en un pueblito georgiano, a orillas del Mar Negro (“Amaba las aves, pero por encima de todas las cosas las plantas y el mar”, escribirá). Después de hacer la secundaria en Tiflis, estudia matemáticas en Moscú y teología en el monasterio de Serguéi Posad. La lectura de Tolstoi le vuela la cabeza. Con otros dos locos, durante los años inflamados previos a la revolución bolchevique, funda La Fraternidad por el Combate Cristiano y acaba encerrado tres meses en un calabozo. Desde ese momento, empieza a escribir una obra que va desde aritmética y geometría, geología y mineralogía, hasta una teodicea y un tratado de estética sobre los iconos rusos. Cuando escribe, es categórico: “Existe la Trinidad de Rublev, luego existe Dios”.
Pero él mismo cuenta en sus memorias que no sabía ni hacer la señal de la cruz cuando era un chico. En la casa de dos plantas de su infancia, desde la que respira la bruma del mar, el padre, ingeniero, le enseña todo y más de lo que un nene de doce o trece años puede saber. Pável chupa como una esponja, pero cuando la noche tapa el sol, lo invade “una sensación semejante a la del hombre que ha sido sepultado vivo”. Una de esas noches empieza a andar el camino que lo convertirá en el padre Florenski. “Me encontré cara a cara con un hecho nuevo, tan incomprensible como indiscutible: existía un reino de las tinieblas y de la muerte y de él venía la salvación”. Y un par de líneas más abajo: “Me desperté de repente, como sacudido por una fuerza externa (...) grité por toda la habitación: ‘No, no se puede vivir sin Dios’”.
Para Florenski, la ortodoxia dejó a sus compatriotas y al mundo el legado artístico más valioso desde los egipcios y los griegos. Del renacimiento en adelante la pintura del mundo cristiano es una vela consumiéndose. Estas ideas encontrarán lectores: el italiano Elemire Zolla le dedicará –tal vez exagerando– un capítulo titulado algo así como “La última estética antes que el arte se desvanezca”. Ante la materialización del mundo, Florenski sale a la palestra en defensa del espíritu. Un ensayo en el que justifica la geometría divina a partir de la teoría einsteiniana del espacio le costará el gulag, donde lo matan por primera vez.
Mientras alterna estudios con trabajos forzados a lo largo de media Siberia, se cartea con su mujer e hijos. La sutileza, la ternura, el cuidado de las cartas no tienen comparación. “Recuerda que mis hijos y yo –dice a su esposa– somos una misma cosa y que contemplándolos a ellos estás conmigo”. A los hijos intenta educarlos, les insiste en la importancia de la unidad en el conocimiento y el arte, la absoluta falta de arbitrariedad en los genios. “Entonces verás que diversas peculiaridades de la obra, incluso aquellas que en un principio pueden parecer defectos, imperfecciones o caprichos del autor, en realidad tienen una finalidad que afecta al conjunto”, explica a su hija Olia. Bajo ese principio piensa, también, su propio trabajo. Escribe a su hija Vasenka: “Usa todos los materiales míos que puedan servirte, pero trata de conservar el orden y de no desperdigarlos, de otro modo se volverán completamente inservibles”. Cuando la policía secreta irrumpe en su casa y destroza su biblioteca, Florenski, desde el presidio, declara su muerte: “La aniquilación de los resultados del trabajo de toda mi vida es mucho peor para mí que la muerte física”. Y señala que solo él conoce la clave bajo la cual se ordena ese conocimiento. Puede que de esa lógica quede algo en la biblioteca moscovita de la que el estudiante sale satisfecho ese 8 de diciembre de 1937, pero diez años más tarde, la edificación de la Universidad Estatal de Moscú por orden de Stalin también desmantela ese universo florenskiano.
La historia avanza y una cadena de custodios vela por sus apuntes y manuscritos durante medio siglo. En los 90 –glasnost mediante– su obra rompe el silencio. Hace una década, uno de sus libros fundamentales, El Iconostasio, llega a nuestra lengua gracias a la salamantina Ediciones Sígueme. Al parecer encuentra lectores, porque el pasado junio lo reeditaron por tercera vez. Quizás sea el momento de que en el Cementerio Memorial de Levashovo, donde se supone que yacen los restos del padre Florenski, alguien escriba en la tierra que un santo no muere tres veces.