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CULTURA / entrevista a fabian casas
domingo 15 septiembre, 2019

"¿Se puede escribir poesía después de Macri?"

Luego de nueve años de silencio poético, Casas volvió al género que mejor lo habita con "Ultimos poemas en prozac", una visión crítica del presente político y una renovada apuesta por la impermanencia de las cosas del mundo.

por Gustavo Yuste

Estampa. Miembro de la generación de los años 90, afirma: "Somos la generación que no respeta los géneros". Foto: eduardo lerke
domingo 15 septiembre, 2019

Con el estilo que lo caracteriza y lo convirtió en una voz clave dentro de la literatura contemporánea, Fabián Casas no tiene miedo a hablar de nada. Con la publicación este año de Ultimos poemas en prozac, título que marca su regreso a la poesía tras Horla City y otros (2010), el escritor nacido en Boedo en 1965 narra de forma punzante una separación, en donde el dolor no tiene una única cura. En cambio, la farmaceútica, la filosofía, la cultura popular, la amistad y la poesía van a componer esta suerte de botiquín de primeros auxilios escrito en versos.

En diálogo con Perfil, Casas destaca la importancia del budismo a la hora de pensar este libro y su vida cotidiana, la importancia de trabajar en función de los demás y su sentimiento de pertenencia con los escritores de la década de los años 90: “Somos la generación que no les tiene respeto a los géneros”, afirma.

—Solías decir que te encontrabas en un momento en el que no escribías poesía. ¿Qué fue lo cambió?

—Lo que pasó es que me agarró una gran desesperación en el momento de la separación. Tuve que tomar Prozac, que te quita la desesperación pero no la tristeza. En tres días escribí 27 maquetas de poemas y ahí me di cuenta de que por ahí podía volver a hacerlo. Estaba como en el asteroide del Principito, en mi departamento no salía el sol, yo estaba tirado ahí, no tenía ganas de comer tampoco. Primero los escribí, después los dejé y luego los empecé a trabajar. No veo que surjan de los poemas anteriores, sino de los ensayos, de mis obras narrativas, tienen esa mecánica narrativa. Hay gente que los ha leído como si fueran una especie de novela de ruptura.

—A lo largo del libro se ven dos grandes temas: la impermanencia y la insistencia. ¿Pueden ser dos caras de la misma moneda?

—Durante mucho tiempo el título del libro fue El gimnasio de la impermanencia. La impermanencia surge de una de las religiones que más productivas me parece para vivir, que es el budismo. La encuentro más interesante que el cristianismo: me gusta pensar eso de que estás solo, abandonado y que no hay nadie que te proteja. Entonces tenés que aceptar tu impermanencia y tu libertad. Eso implica una gran tensión de angustia, porque no sabés qué hacer con tu libertad. La insistencia está relacionada con la idea de que tenés que seguir avanzando aunque pienses que no podés avanzar.

—Hablando de la impermanencia, si vemos tu bibliografía, vas mutando de género. ¿Es tu forma de habitar la literatura?

—Eso para mí está relacionado con la generación de los 90, a la cual pertenezco: no se quedó quieta en los géneros, porque los escritores centrales nuestros, como Ricardo Zelarayán o Leónidas Lamborghini, los hacían implosionar. Somos la generación que no les tiene respeto a los géneros.

—A lo largo del libro aparecen José Luis Perales, los Beatles, Kierkegaard, ¿esa caja de herramientas tan variada es lo que te permite escribir?

—Yo nací en una casa popular, no había una diferencia entre cultura alta y cultura baja, para mí las dos cosas se van cruzando todo el tiempo y yo me nutro de todo. Perales era lo que escuchaba mi mamá y a mí me encanta. En esas primeras canciones que uno escucha puede haber una potencia lírica descomunal, como en los versos de Roberto Carlos. El amor de Julio Iglesias es una suerte de Sgt. Pepper’s de la música melódica, ¿no?

—En un poema afirmás que la poesía nunca da en el blanco. ¿Partir de esa certeza te resulta liberador?

—Sí, lo que pasa es que a otras personas eso les produce resentimiento. Yo tengo una gran capacidad de frustración. Entiendo que es así y con eso me libero también de la mochila de la originalidad, porque esas cosas terminan agobiándote.

—Hace poco charlamos y me decías que para vos no existen los escritores sobrevalorados. ¿Por qué?

—Hay escritores que te dan órdenes y esa parte a mí no me gusta. Es pensar que la literatura está formada únicamente por tus gustos y eso es una estupidez, un pensamiento medio fascista. Yo estoy a favor de todos los textos, que cada uno lea lo que quiera.

—¿Qué visión tenés del país por fuera de la literatura?

—Hoy una de las preguntas es si se puede escribir poesía después de Macri. La visión que tengo es desastrosa, ves familias durmiendo en la calle, una situación desoladora. Todavía nos inoculan la idea de la esperanza y eso es muy improductivo, porque un pueblo desesperanzado es un pueblo más peligroso. La esperanza hace que te quedes en el molde, el discurso del gobierno de turno siempre es esperar, pensar en el futuro. En cambio, a mí me parece que siempre tenés que tratar de conseguir todo en el presente. ¿Por qué te vas a resignar? Los que nunca esperan son los especuladores financieros. En ese sentido, la situación es lamentable y peligrosísima, de gran tensión social. Lo que sí veo bueno, después de haber vivido la dictadura militar, es que se desarrolla dentro de la democracia y que ahora la pelea va a ser democrática.

—En 2016 tuviste un incidente con la policía cuando se discutía la reforma previsional en el Congreso. ¿Qué te acordás de ese momento?

—Lo mío fue algo menor: me tiraron gas pimienta, me ardieron los ojos. Los chicos de una revista que estaban en la zona por suerte me ayudaron. Me parece que hay que estar en las calles cuando pasan esas cosas. Si te quedás en el molde, el gobierno, del color que sea, se aprovecha de tu pasividad.

—Por último, esta pregunta la hiciste vos antes, ¿se puede escribir poesía después de Macri?

—Para mí sí, es clave. La poesía no es solo escribir en el papel, sino que es estar en una actitud activa en la calle para que no te secuestren el estado de ánimo, porque con eso el poder ya te quita todo y no podés hacer nada. Trabajar en función de los demás también es vital, porque con eso se tiene una vida más heroica y más intensa.


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