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CULTURA / Propuesta para el fin de semana
viernes 21 febrero, 2020

Un carnaval distinto

Considerada la capital nacional del carnaval artesanal, Lincoln es una plaza única para vivir esta tradicional fiesta popular.

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Gonzalo Santos


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Atracciones mecánicas: uno de los fuertes de Lincoln. Foto: Cedoc Perfil
viernes 21 febrero, 2020

La provincia de Buenos Aires siempre depara alguna sorpresa para quien elige salir un poco de los circuitos turísticos tradicionales. En alguna medida sigue siendo una terra incognita, un desierto en el que todavía cabe el asombro. Más allá de esa vasta extensión de cultivos y silobolsas que uno suele ver desde la ruta, hay lugares con todo tipo de singularidades: cascadas, castillos abandonados, pulperías del siglo XIX, y hasta un lago donde se flota como en el Mar Muerto o una ciudad cuyos habitantes, todos, parecen dominar la técnica de la cartapesta, a partir de la cual durante el año le van dando forma a un carnaval del que todos, de un modo u otro, participan, y esa participación es, por cierto, una de las cosas que primero llama la atención cuando uno llega a Lincoln. No importa a quién se le pregunte; es difícil encontrar alguien que no tenga nada que ver con el carnaval. En alguna medida todos hacen algún tipo de aporte, y todos se sienten parte de la celebración. Mijail Bajtín alguna vez, en relación a la obra de Rabelais, escribió que el carnaval no es algo que se represente, o que se contemple, sino algo que se vive, y ellos lo viven, lo respiran, casi desde el mismo momento en que nacen.

La tradición, según cuentan, comenzó en el siglo XIX por influencia de inmigrantes italianos que querían divertirse un poco luego de un año de trabajo duro en el campo; pero el “carnaval artesanal” se inició recién en 1928 cuando el profesor Enrique Urcola incorporó el uso de la cartapesta —técnica que había aprendido en su trabajo como escenógrafo del Teatro Colón— en la elaboración de muñecos a los que luego dotaba de movimiento. En un principio alguien se metía adentro de ellos y los hacía mover los ojos, la cabeza, incluso saludar al público. Luego se empezó a utilizar un sistema mecánico y con el correr de los años también se fueron sumando otras atracciones, entre las que destaca la de los “autos locos”, que son vehículos intervenidos para realizar distintos tipos de proezas.

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Pero lo más interesante del carnaval de Lincoln no son los muñecos, ni las carrozas, ni la batucada, ni esos “autos locos”, sino el hecho de que recupera o mantiene algunas viejas características del carnaval que en otros lugares —aculturación mediante— se fueron perdiendo. La risa, por ejemplo. El humor. O el “realismo grotesco”, como lo llamó Bajtín, que se pone de manifiesto en varias figuras hiperbólicas, caricaturescas, o en personajes que vuelven ostensibles distintas situaciones escatológicas. Cada una de las carrozas y comparsas que desfilan a lo largo de las ocho cuadras del corsodromo tienen elementos hilarantes o burlescos, algunos de los cuales recuperan otra de las características del carnaval que cada vez está menos presente en aquellos que están atravesados por lo mainstream: la crítica social. A uno de los muñecos se lo ve, por ejemplo, blandiendo la bandera del dólar. Otros tienen alusiones a las tarifas de servicios públicos.

A veces también hay algún motivo de actualidad vinculado a la política. En una de las ediciones anteriores, por ejemplo, habían hecho un muñeco del juez Griesa, con distintas alusiones a los fondos buitre. En ésta hay un Alberto Fernández y un Axel Kicillof —y su Clío, claro— de cartapesta, y se puede ver la cabeza de Vidal sobre un helicóptero.

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Al mensaje, de todas maneras, nunca lo hacen exceder por mucho los límites de la corrección política. Se trata, en todo caso, y como diría Umberto Eco, de pequeñas “transgresiones autorizadas”. Desde la municipalidad, de hecho, dicen que no tienen ninguna intención de fomentar la grieta. Si de pronto hay algún tráfico de ideología debe ser sutil, como parece ocurrir en este caso en donde se opera por contraste: ella, en el helicóptero; él en su Clío. No sabemos si quien diseñó estos muñecos —el carrocero Gustavo Arenas— leyó a Barthes o a Saussure, pero sí suponemos que debe intuir que un signo siempre adquiere valor en relación a otros signos, y esta ley fundamental de la semiótica también nos puede ayudar a pensar las cuestiones de género, donde se producen algunas contradicciones que llaman la atención, ya que, por un lado, el municipio decidió que, a partir de este año, ya no hubiera “reinas” del carnaval sino “embajadoras culturales”; pero, por otro, todavía la mayor parte de los traseros con purpurina —casi todos, en realidad— son de mujeres, y además no está claro por qué no hay también “embajadores culturales”. Quizás el cambio en la nomenclatura es todo el feminismo que las autoridades locales creen que la ciudad puede tolerar; aunque aun así no hay que dejar de valorarlo, ya que constituye un paso que otros municipios todavía no se atrevieron a dar.

El carnaval —recordemos, por último, para quienes quieran hacerse una escapada, cosa que por supuesto recomendamos—, va a continuar hasta el 25 de febrero y en los próximos días se presentarán algunas bandas como Guasones, Destino San Javier, Los Cafres y Ulises Bueno.


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