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DOMINGO / Cómo el poder político influye en la Justicia
sábado 11 agosto, 2018

Detrás de los jueces

En Forum shopping reloaded, el abogado Pablo Slonimsqui relata cómo llegan los magistrados a sus puestos y cómo los nexos con el poder continúan una vez que ejercen su labor. Sostiene que existen manipulaciones, pero que no siempre tienen tras de sí el mismo modus operandi. Afirma que nadie llega a juez federal sin tener un amplio respaldo político. Cuando el respaldo es presión.

Pablo Slonimsqui

Casos resonantes. Claudio Bonadío y Norberto Oyarbide. Esta semana estuvieron cara a cara. Foto: TELAM / NA

Esta nueva edición de Forum shopping, reloaded (recargada), nos enfrenta con más casos que han sido escogidos por ser representativos de un universo mayor, que permanentemente sorprende con alguna nueva variante de creatividad al servicio de la trampa. Incluir todos los episodios de manipulación judicial que trascendieron en los últimos años habría requerido, como mínimo, cinco tomos de mil páginas cada uno.

Los casos que pueden verse en este trabajo sugieren de manera categórica que la Justicia no está sujeta a ese interés general al que remite todo Estado, sino que en muchas ocasiones permanece subordinada a intereses individuales, circunstancia que no ha podido ser evitada pese a los distintos intentos de reducir los márgenes de discrecionalidad en los distintos espacios que ofrece la trama judicial, considerada de manera amplia. (…)

La Justicia acompaña todos los procesos políticos, y esa dinámica explica su hábito de ser tolerante con el gobierno de turno hasta que deja de ocupar los roles institucionales. A partir de ese momento se desata una suerte de cacería –muy gráfica en estos días– contra los que se fueron y aparecen las protecciones para los que están, que ven con buenos ojos, cuando no alientan, que su antecesor sea demonizado, justificando a partir de ese escenario errores propios y minando las ulteriores chances electorales de su rival.

Pero aquellos que cuando están en la oposición reclaman que los gobiernos sean investigados por el Poder Judicial en tiempo real, cuando se convierten en el gobierno califican –sin ponerse colorados– como maniobra de desestabilización política cualquier intento de investigarlos, como ellos antes reclamaban, en tiempo real.

Se advierte un caso notable de reversión fulminante de principios: Justicia eficaz, pero solo para los que se fueron.

Difícil encontrar jueces –la cantera local está seca de talentos– que resuelvan sus casos sin tomar en consideración las consecuencias personales que podrían sufrir si su decisión no fuera bien recibida en alguno de los tantos ámbitos con posibilidad de perjudicarlos; jueces que sean independientes del poder político, de los intereses económicos de las grandes empresas, de los medios de comunicación concentrados, de sus superiores o de su grupo de pertenencia. (…)

Así, la independencia de los jueces es vista como garantía de una justicia no subordinada a razones de Estado, intereses políticos contingentes o cualquier otro interés extraño a la administración de justicia.

Quien crea que en nuestro país los jueces actúan de esta manera está para que lo encierren, aislado, de modo que nadie sufra un contagio nuevo y peligroso.

Estas últimas noticias sobre forum shopping muestran que cuestiones que antes aparecían en los márgenes secundarios de nuestra actividad ahora gobiernan su centro, y nos refuerzan en una convicción: no hay esquema judicial que resista su integración por funcionarios corruptos. (…)

En el marco de un proceso en particular, y de la actividad judicial en general, son muchas las personas que pueden arbitrariamente incidir en el curso normal de los acontecimientos. También son diferentes los ámbitos desde los cuales se puede proyectar algún grado de influencia, de un modo directo o indirecto.

Cada episodio de manipulación debe ser analizado en sí mismo, y en su contexto. Las posibilidades de alterar el curso normal de un suceso judicial son infinitas, y para eso puede ser útil, según el caso, la participación de un legislador, de un agente de inteligencia, de un juez, de un fiscal, hasta de un empleado judicial, de un periodista, por citar solo algunos de los sujetos con capacidad para incidir en su resolución. A partir de una sutil, y a veces imperceptible, desviación en su actividad, consiguen sorprender al futuro. (…)

Proliferan hoy abogados que denuncian cualquier cosa y fabrican su pequeño espacio de poder basados en ese oficio, a la vez que denunciantes seriales y crónicos (son subespecies diferenciadas) que se levantan por la mañana, leen el diario y, en ausencia de otras actividades, cuando advierten una noticia que podría sugerir que alguien importante cometió un delito o algo parecido, la recortan y la presentan en tribunales. O parten de datos aportados por manos anónimas. Así, contribuyen al cotillón y la pirotecnia que rodea a un proceso más cercano a un ajuste de cuentas que a cualquier otra cosa.

¿Lo hacen en soledad, con el fin de obtener un protagonismo mediático insípido que de otra manera no podrían obtener? ¿Hay quien va al fútbol y quien hace denuncias penales? ¿Es gente que busca consuelo en tareas artificiales, orientadas por el deseo simple de hacer daño –para eso hay que tener ganas–, o forman parte de un engranaje más complejo? Parece más esto último, una actuación medieval en exceso para mi gusto: crean el problema en sintonía con quien puede ofrecer la solución o garantizar el exterminio, y dejan a la persona denunciada en una situación precaria y de pronóstico vertiginoso.

Los procesos judiciales pueden terminar bien o mal, pero siempre humillan. Creo, sinceramente, que no hay más remedio que rendirse ante lo evidente, es un método concebido por un lucifer de segunda mano. Salvo que yo sea más estúpido que la media, me llegan las luces para advertir que se trata de un costado poco glamoroso del negocio de las intrigas y los misterios, la utilización de un roedor orgánico para configurar, más que un plan de acción, una acción individual y resentida de algún miembro del servicio secreto con problemas conyugales agobiadores. Un golpe bajo al que se recurre cuando los golpes altos ya no funcionan. (…)

Por lo demás, una vez definida la terna que se enviará al Poder Ejecutivo para seleccionar al candidato que ocupará el cargo concursado, comienza para los aspirantes –por lo menos para quienes pretenden ser nombrados en puestos relevantes– un vía crucis que parece diseñado adrede para que resignen, en su tránsito, cualquier ilusión de independencia. Porque la decisión final, se sabe, es política: el Poder Ejecutivo tiene la última palabra y escoge al candidato ganador de la terna conformada.

Esta selección, que debería hacerse en un tiempo razonable, suele extenderse innecesariamente en el tiempo. Así, a partir de una especulación perversa, se sume a los candidatos en un estado de incertidumbre desesperanzador, caracterizado por una prolífica circulación de versiones por los carriles subterráneos de información, que generan aquellas personas que tienen algún acceso privilegiado al ámbito donde se tomará la decisión final. Indefectiblemente, en cada candidato se genera la necesidad, incluso inconsciente, de posicionarse y contrarrestar las maniobras que, en idéntico sentido, imagina están desarrollando sus competidores.

De esa manera, mirando al mundo con desconfianza, cada candidato comienza un sinfín de gestiones para descubrir por dónde pueden venir las complicaciones indeseables, para potenciar las propias chances, que culminan en contactos directos o indirectos con aquellos referentes (son siempre los mismos) que pueden incidir en el sentido de la decisión final.

Esto genera un círculo vicioso: en la búsqueda de este acompañamiento político, los referentes –son siempre los mismos– cuyo favor se busca terminan teniendo un ascendente determinante sobre todos los candidatos, incluido el que resulte ganador, quien en el camino a su puesto habrá perdido grados elementales de independencia. Nadie puede superar esta etapa sin someterse a suplicios innombrables. (…)

Cuando se trata de un concurso para cubrir una vacante importante, nadie cree que esto ocurra. Hay una sólida sospecha en el sentido de que el texto circula antes, por canales clandestinos. “A los amigos les damos las preguntas. A los más amigos, también les damos las respuestas”, dicen. (…)

Un sector de los servicios de inteligencia ha construido una base de poder propia en relación con el Poder Judicial, más duradera que cualquier administración. Y aquella asistencia para resolver cuestiones complejas devino en negocios y operaciones. Y ahora, en vez de colaborar con los jueces, se los controla. (…)

Así, nadie llega a ser juez federal sin un sólido respaldo político. Siempre hay una estructura política que avala a cada magistrado. Cuando se aprueba el pliego de un juez, se descuenta, latente, la existencia de una vinculación con algún sector del poder político.

Con mayor o menor discreción, los jueces mantienen un diálogo (muy) fluido con la política, algunos con juego propio y otros mediante allegados que hacen de interlocutores o intermediarios. Por la naturaleza de los asuntos en los que les toca intervenir, la relación de los jueces con la política es de tensión permanente, de amenaza velada, de intercambio continuo.

Todos desconfían preventivamente de todos (método de la desconfianza presuntiva). (…)

En la dinámica descripta, los jueces buscan, si se quiere instintiva y preventivamente, blindarse. Un juez se blinda cuando el destino le depara un expediente de cuidado para el gobierno de turno, lo que puede servirle de elemento de negociación, de presión o eventualmente de extorsión. Difícil que se cierren definitivamente estos casos; quedan en un estado de latencia –con medidas investigativas menores– que, llegado el caso, permite darles un nuevo impulso y ser prenda de intercambio o plataforma para desencadenar un acontecimiento con repercusión.

A estos fines, los denunciantes espontáneos aportan el cotillón y la pirotecnia, que se combina, a su vez, con el manejo de los tiempos de un modo distinto al que contempla la ley y que permite tener a los funcionarios en juicios eternos como espadas de Damocles. (…)

Aquí, una obviedad: una cosa es llevar ante un tribunal (imparcial e independiente) casos de corrupción relevantes, sustentados en denuncias verosímiles que ciertamente todo gobierno ofrece, y otra bien distinta es desatar una cacería judicial indiscriminada de personas por la sola razón de su pertenencia a un proyecto político, e intentar condensar toda una trayectoria y un destino en las solapas de un expediente. Toda acusación por supuestos hechos de corrupción, sea cual fuere su gravedad y su verosimilitud, debe analizarse en el marco de un proceso equitativo y transparente, que es lo que no abunda, como si dicha tarea perdiese lustre si se realizara sin violar la Constitución nacional o mediante la vociferación escandalosa de los comunicadores indignados, que claman justicia con tanta seriedad como una buena señora en pantuflas con la bolsa de la feria. (…)

¿Se le puede pedir a un juez que mida con exactitud las repercusiones políticas que eventualmente podrían tener sus decisiones? Todo debate relacionado con el momento oportuno para avanzar en las causas que implican a funcionarios públicos o a adversarios políticos es, por definición, impropio de un sistema republicano de gobierno. En nuestro país, lamentablemente, es moneda corriente.


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