martes 29 de noviembre de 2022
DOMINGO LIBRO

Matar al presidente

Crónica de un hecho que marca la historia.

25-09-2022 01:27

Esa noche me había llamado la atención lo suave de la lluvia. No tengo nada en contra de la lluvia; solo que me resulta ajena. Pasé toda mi infancia en un lugar donde no llueve: en San Juan, cada gota era un acontecimiento que los chicos festejábamos saltando por las calles –y los mayores, alborozados por sus cultivos, con un vaso de vino del país. En Santiago tampoco llueve tanto; casi siempre viví en lugares secos, y por eso no puedo ni quiero ignorar esos momentos raros en que el aire se llena de agua, en que el cielo nos humedece la respiración: cada que llueve miro, aunque sea por un momento, la lluvia, la saboreo, la sopeso. Y la de aquella noche era especialmente suave, como si no cayera, como si se agarrara al aire para espesarlo un poco, sin la menor intención de convencer a nadie, sin ningún apetito. Pero ya había dejado de mirarla y casi dormitaba en el asiento de mi coche, pensando vagamente que muy pronto llegaría a su casa, me sentaría en nuestro sillón, le aceptaría la primera copa de tinto, conversaríamos de tonterías, quizás incluso nos daríamos las manos, cuando sentí un tirón, una aceleración, los saltos de las ruedas sobre el empedrado. Por alguna razón mi cochero estaba corriendo a revientacaballos; parecía que se había vuelto loco. Yo golpeé la mampara con mi bastón pero no se detuvo; rebotaba en mi asiento, intentaba agarrarme de algún lado. Al fin paró.

—¡Presidente, presidente!

Su voz me llegaba como en sordina: no tenía mi trompetilla a mano, no tenía ninguna intención de buscarla para escucharle contar sus tonterías. Ya tendría que explicarle a quien correspondiera por qué se le había dado por correr por esas calles que, aunque estuvieran casi vacías por la lluvia y la noche, seguían siendo el centro de la ciudad de Buenos Aires.

—¿Presidente, señor, está bien, presidente?

—¡¿Y por qué carajo no voy a estar bien, Murillo?! Ya veo que trataste de matarme pero no funcionó.

Le dije, según me abría la puerta, para mezclar mi cabreo con un poco de broma, pero su cara estaba blanca, helada, farfullaba: menos mal, presidente, menos mal. Hasta que de pronto pareció darse cuenta de algo: 

—Disculpe, presidente: ¿usté no notó nada?

Yo no sabía de qué me estaba hablando. 

Fue un alivio y una humillación y una alegría: dos minutos después había una docena de policías alrededor del coche, parado en la esquina de Maipú y Cangallo. El oficial a cargo, un tal Latorre, se acercó, se cuadró, me dijo que ya los había detenido, que no me preocupara. Yo, tratando de disimular, le pedí detalles, y él, disimulando o no, me los dio con su prosa de garita: que en la esquina de Maipú y Corrientes dos sujetos que no parecían nacionales se habían abalanzado sobre mi coche armados con trabucos y que uno había disparado, pero se ve que lo había cargado demasiado y le explotó en la mano. 

—Eso fue lo que lo salvó, señor, que eran muy brutos. Si no llega a ser por eso…

Me dijo, pero no quiso terminar la frase: respeto, supongo, o susto retroactivo. Los idiotas ni siquiera consiguieron escaparse; la policía los agarró enseguida y así nos enteramos de que eran, en efecto, dos genoveses de apellido Güerri –a veces decían que eran hermanos, a veces que no– y que los había contratado en un boliche de la Boca un tal Aquiles Segabrugo, otro italiano, que sí se había escapado. Y que les prometieron diez mil pesos por matarme y que les habían asegurado que un barco los sacaría del país en cuanto lo lograran, me dijo el tal Latorre. También me dijo que no estaban jodiendo: que los perdigones que querían dispararme estaban bañados en bicloruro de mercurio, un veneno potente: si uno solo me rasguñaba me mataba.

—Si me llegaba a rozar una bala mis enemigos habrían dicho que me morí de miedo.

Le dije, después, a Aurelia y nos reímos, aunque no eran risas verdaderas. Nos quedamos hablando hasta muy tarde: nada mejor que una amenaza –y una salvación– como esa para aflojar la lengua. Yo estaba realmente impresionado: había estado a medio metro, a unos gramos de pólvora de la muerte, y no lo supe. Si me hubieran matado nunca lo habría sabido; estaba, y ya no estaba.

Solo lo supe cuando había pasado –y ahora, tiempo después, me pregunto cuántas cosas, en esos años, siguieron ese mismo esquema. 

Qué pena, le decía a Aurelia aquella noche, que uno solo se muera una vez. No poder disfrutarlo como se debe recordando lo bien que uno se murió, no poder corregirlo para morirse cada vez mejor. Es una auténtica injusticia, le decía, y nos reíamos bajito. ¿O será importante porque solo pasa una vez? ¿Será que la importancia de las cosas es inversamente proporcional a la cantidad de veces que suceden?

—No seas bobo, Domingo. Miranos a nosotros.

Fue un escándalo. Algunos adversarios estuvieron dignos –Bartolo, por ejemplo, sacó en La Nación un artículo muy serio donde condenaba todo tipo de violencia–, otros se callaron la boca y se llenaron de vergüenza. En un país donde la violencia había sido la norma durante medio siglo, a nadie se le había ocurrido tratar de matar a un presidente –y estos hijos de puta me hicieron el honor de intentarlo conmigo.

Estuvieron a punto de conseguirlo: con un poco más de cuidado el mosquete habría hecho lo suyo. Tenían información: sabían, por ejemplo, que yo iría sin custodia. Si hubiera estado en misión oficial habría tenido una pero no, por supuesto, para arrimarme a la casa de los Vélez un sábado a la tarde. Aun así, lo curioso es lo pobre que fue todo: dos marineros reclutados por un forajido cualquiera, un plan confuso y diez mil pesos habrían alcanzado para crear una conmoción terrible en el país. A veces la historia parece insaciable; otras se contenta con tan poco. 

El azar había intervenido una vez más. Esta, en mi favor, y no faltó el aprovechado que propuso una misa para agradecer a su dios que salvara la vida de su presidente. Yo, discretamente, le hice saber al señor obispo que no concurriría y él, con su habilidad habitual, encontró alguna excusa para suspenderla sin grandes alharacas.

Me había pasado años esquivando situaciones como esta: tratando de manejar sin ruido mis distancias con la iglesia católica. Ya hacía mucho que no era un seguidor aplicado de sus ritos: pasados los primeros años y el amor de mi tío el presbítero, borracho y pendenciero y generoso, siempre esquivé a esos señores que se creen con la autoridad de decirte cómo deberías actuar en cada circunstancia –circunstancias que ellos supuestamente no conocen, vicisitudes de la vida mundana que decidieron esquivar. Y que no aceptan la obviedad de que si nadie les impide vivir como quieren, no hay ninguna razón para que ellos, a su vez, se lo impidan a otros. 

Lo hacen, claro, amparándose en el poder de su libro, que les da todas las respuestas. Yo, que soy un hombre de libros, que sin libros no sería siquiera un hombre, que he dedicado y seguiré dedicando a ellos mi vida, me he ganado el derecho a decir que cuando un libro se transforma en una guía incuestionable, cuando se vuelve dogma, la única forma de evitar quemarlo –para no parecerse a sus viejos inquisidores– sería olvidarlo a la vera de un camino en el desierto y esperar que el viento y el tiempo cumplan su tarea.

Así que llevo muchos años de alejamiento de esos señores tan orondos, tan seguros de sí. No solo por sus intolerables pretensiones de organizarnos la vida, ni por su éxito en manejar la de tantos incautos, ni por ese grito de Religión o Muerte tan caro a don Facundo. Religión o muerte es una falacia: sería más apropiada religión y muerte. Si los esbirros de Rosas –y el propio Restaurador– pudieron pasarse veinte años prometiendo y proveyendo en nombre de esa religión la muerte a los salvajes unitarios fue porque retomaban siglos y siglos en que esos fanáticos usaron sus púlpitos para condenar a muerte y al infierno a todos los que no pensaban como ellos: los moros, los judíos, los heréticos.

Pero, más allá de estas historias, están ellos: quizá sus simulacros me habrían confundido si no los hubiera visto tantas veces aprovechando sus anillos y sus cruces para obtener ventajas personales, para quebrar sus supuestas convicciones. Que lo hagan –que casi todos ellos lo hagan– cada vez que pueden me confirma que son hombres sin virtud ni poder particular: ni siquiera el de refrenar sus instintos más lógicos.

Y aunque, en general, trataba de manejar mis diferencias con reserva –en un país como el nuestro, tan dado a la charla veloz y la condena rápida–, no podía, en buena fe, participar de un ritual en el que ingeniosos e ingenuos adjudicarían a su dios la continuidad de mi vida. Supe que en algunas iglesias de provincias la ceremonia se hizo igual: que ciertos prelados celebraron que su señor hubiera tenido a bien preservar la vida de su hijo dilecto, o sea yo. Yo, por supuesto, también lo celebraba.

(Tienen, sin embargo, un saber que a veces les envidio: han visto la muerte tantas veces. Esos señores ventajeros, subidos al boato de sus privilegios, se pasan sus vidas viendo morir a otros, acompañando sus últimos momentos. Cuatro o cinco veces en mi vida he visto morir hombres: he visto cómo la luz se escapa de sus ojos, y cada vez quise saber, como si hubiera algo que saber. Más de una vez temí que ese deseo de saber exagerara mi crueldad. Pero si hay algo cruel es precisamente el deseo de saber. Ellos, sin desearlo, quizás incluso sin quererlo, saben: yo creo que ellos saben. O no saben, pero saben más que nadie. Y es pavoroso que sean ellos, que han visto sus secretos, los que dedican sus vidas a negarla.)

Días después el jefe de policía, el comisario Miguens, supo que Segabrugo estaba en Uruguay y se tomó el vapor de la carrera para ir a detenerlo. Llegó tarde; el día anterior Segabrugo había ido a reclamar su dinero a la casa del hombre que lo había contratado. Se llamaba Carlos Querencio y era uno de los lugartenientes de López Jordán. Querencio lo hizo entrar y le pegó dos tiros, para que no pudiera decir quién le había encargado el trabajo –y para no pagárselo. Miguens consiguió meterse en el cuarto de hotel de Segabrugo y encontró, en su valija, unas cartas que explicaban la conspiración en todos sus detalles. Esa misma noche se subió al vapor de Buenos Aires, pero en las calles de Montevideo ningún secreto estaba a salvo: un grupo de jordanistas ocupó el barco antes de que partiera, encerró a Miguens en un camarote y jugó con la idea de matarlo. El comisario les prometió, a cambio de su vida, que nunca contaría la verdad sobre mi asesinato.

Igual supe que fue López Jordán: yo había puesto precio a su cabeza y él a la mía. Que yo lo hiciera desde la cabeza del Estado y él desde su guarida extranjera era un detalle. Unos meses después mis tropas terminarían de derrotarlo. Solo quedaban, en la cárcel del Cabildo, los dos italianos. Los mandamos a juicio, y se habló de condenarlos a muerte: era, por supuesto, la pena lógica. El proceso no tuvo mucho brillo: los Güerri eran dos brutos que apenas hablaban el idioma y que, además, solo conocían a Segabrugo. Contaron los detalles menores, pero no sabían más. Ya habían llegado los calores y yo tenía muchas ganas de ir a la cárcel y conversar con ellos, preguntarles quiénes eran, de dónde salían, qué imaginaban sobre el viejo a quien pensaban asesinar. Me intrigaba saber si se habían inventado algún relato épico –liberar al pueblo de sus viejas cadenas o algo así– o aceptaban que lo hacían por la plata, sin adornos. Y, sobre todo, me daba vértigo pensar que, si no hubieran sido tan torpes, sus nombres habrían quedado unidos para siempre al mío: los Güerri, asesinos de Sarmiento. Que para algunos, incluso, podrían haber sido unos héroes: los Güerri, que nos libraron de Sarmiento.

Pese a la curiosidad que me despertaban, no fui a verlos: habría sido un error. Desde lejos, desde afuera, nadie puede saber en qué medida el poder consiste en no hacer lo que uno quiere. 

El fiscal, al final, les pidió la pena de muerte. Yo hablé con el juez y le pregunté –respetuosamente le pregunté– si no podía evitarse. Por supuesto que me habría gustado verlos colgando de una horca: ellos estaban decididos a matarme –por nada personal, unas monedas– y yo no tenía ninguna razón personal para no desearles otro tanto. Y tampoco tengo pruritos contra la pena de muerte: estoy convencido de que hay situaciones en que es la solución que corresponde. Tanto por la gravedad de las acciones de un delincuente –¿qué se puede hacer con un caudillo que ha matado a decenas, a cientos de personas por pura sed de sangre, ansias de poder?– como por la fuerza del ejemplo: una buena ejecución en la plaza del pueblo es algo que se imprime con fuerza indeleble en las pupilas de quienes han podido verla. (Con ciertos límites, por supuesto: que la muerte se administre con seriedad, distancia y profesionalidad, sin exabruptos y, sin duda, que no se aplique a niños o a mujeres.)

Yo he ordenado la muerte de personas, algunas veces, en el calor de una campaña. Y no es lo mismo ordenarla como presidente que como jefe de un destacamento: no es lo mismo decirle a un jefe de policía o a un coronel de la Nación que ejecute a un condenado que decirle a un sargento traigamé cuatro hombres que vamos a fusilar a este sotreta montonero. Pero en este caso no me convenía: muchos iban a interpretar esa condena como una venganza personal, y si es imposible renunciar, en la cima del poder, a esos sentimientos, sí hay que intentar que no se noten, que no ocupen el lugar del raciocinio. 

Y, además, perdonar es mejor venganza que no hacerlo. Demostrarles que todo lo que tienen –su vida– está en tus manos: que dependen de que tu mano derecha dibuje o no una firma en un papel. Demostrarles que podés condenarlos a que recuerden su estupidez cada día durante muchos años. Demostrarles también que te importan tan poco que ni siquiera los querés ver muertos. 

Así que los dos italianos se salvaron. Los condenaron a quince y veinte años; la última vez que pregunté todavía seguían presos. 

Sí ordené, por supuesto, que no se escatimaran esfuerzos para acabar con la nueva insurrección del asesino entrerriano. Semanas después yo mismo me acerqué hasta Paraná para dirigir los ataques finales. Fue, en medio del calor insoportable, un verdadero gusto.

 

☛ Título: Sarmiento

☛ Autor:  Martín Caparrós

☛ Editorial: Random House
 

Datos sobre el autor 

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) se licenció en Historia en París, vivió en Madrid, Nueva York y Barcelona, hizo -y sigue haciendo- periodismo en gráfica, radio y televisión, dirigió revistas de libros y revistas de cocina. 

Recibió la beca Guggenheim, los premios Planeta y Herralde de novela, los premios Tiziano Terzani y Caballero Bonald de ensayo, los premios Rey de España y Moors Cabot de periodismo.

Ha publicado más de treinta libros en más de treinta países.

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