DOMINGO
sobrevivir a ‘la noche de los lápices’

Militante comprometida

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| Cedoc

No me acuerdo. Lo intenté cientos de veces, pero no me acuerdo. Tengo imágenes de ese día, muy pocas. Me veo en la marcha, caminando junto a otros compañeros; charlaba… ¿con quién?, ¿qué ropa tenía puesta? No me acuerdo. Caminaba tranquila por la mitad de la columna. Era el año 75, una tarde, estaba templado.

¿Dónde estaban en la marcha Claudia y Panchito? Ellos iban al turno tarde del bachillerato: ¿Cómo habían hecho para que los dejaran salir de la escuela? ¿Quién la encabezaba? ¿Serían Alfredito, Pomelo, algún otro compañero de la escuela técnica? ¿Hubo corridas? ¿La policía reprimió? Tengo imágenes borrosas en las que nos alejábamos y después volvíamos. 

¿Qué canciones cantábamos? Lo hablamos tantas veces con varios ex compañeros de la UES de La Plata y ninguno se acuerda haber cantado “Tomala vos, dámela a mí por el boleto estudiantil”. Yo tampoco. Recuerdo que hubo una segunda marcha, frente a la Municipalidad de La Plata. Hacía calor, estábamos contentos, debía ser cuando nos otorgaron el boleto estudiantil. ¿Fue en el mismo mes? ¿Hubo reuniones después de la marcha? No me acuerdo. 

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Estrujo el pasado y tengo miedo de inventar algún detalle para poder decir algo más de esa marcha. Tantas veces me han preguntado sobre ese día… Trato de ser fiel a mis recuerdos, que son tan pocos. Recién hace unos meses, gracias a Daniel Schaposnik, leí la crónica del diario El Día de esa fecha: fue el 6 de septiembre. Me inquietó ese hecho, lo tenía totalmente borrado. Una marcha que iba a ser clave en mi vida y yo ni siquiera me acordaba en qué mes había sido. 

Me acuerdo de que en esos meses iba a los barrios a enseñar dibujo. ¿Con quién iba? ¿Dónde era? No me acuerdo. Tengo grabado un nene que pintaba solo con lápiz negro, sin colores. Intenté persuadirlo de que usara crayones de colores, no hubo caso. ¿Qué le pasaría? 

Mis recuerdos del 75 los vivo como en el juego de la rayuela: salto con una pierna y llego a la imagen de una marcha con mucha gente, obreros, trabajadores, universitarios, en contra del Rodrigazo. Salto a otro cuadrado y me encuentro en discusiones sobre la crisis económica, recesión, inflación. ¿Habrá sido ahí que se gestó la idea del boleto estudiantil? Es probable. La participación estudiantil decaía, había que buscar ejes de acción que aglutinaran. Los secundarios de los colegios industriales también estaban llevando acciones de protesta. Me acuerdo de cómo debatíamos estos temas con el Dracu y Broto, compañeros de la UES. 

Extrañaba las asambleas de mi escuela. En el 75 nos habían mudado de edificio y los preceptores eran de la Concentración Nacional Universitaria (CNU). Nos controlaban. Tan distintos a los que habíamos tenido en años anteriores: eran compañeros, te ayudaban, te aconsejaban, te impulsaban a la participación política. “Dejate de joder”, me amenazó un preceptor mostrándome su arma en un baño de la escuela, en respuesta a un cartel que había pegado. De eso sí me acuerdo, de esa amenaza sí. Me dio miedo, pero no mucho, ya era todo muy natural. Nunca llegué a hablar en una asamblea. ¿Me hubiese animado alguna vez? No sé. Se hicieron hasta el 74. Yo tenía 15 años, estaba en tercer año y casi nadie de mi edad hablaba. Los que hablaban eran Nilda Eloy, las rubias y el Negro Ford por la UES y Juventud Peronista, los del Grupo de Estudiantes Secundarios Antiimperialistas, representados por Graciela Torrano, Gustavo Peti y Roxana Oliva; los chicos de la Juventud Comunista Revolucionaria, del Partido Comunista y del Partido Comunista Revolucionario, todos de quinto y sexto año. Los más chicos no, no recuerdo a ninguno. Todos eran sólidos hablando y me convencían de sus distintas propuestas. Todavía no había entrado en la UES en esos años y dudaba mucho de las mociones a votar: toma de escuela, acompañar las marchas, jornadas solidarias, ayuda a presos políticos, hacer banderas, pintar paredes, repudios a atentados de la represión; siempre causas justas para mí. 

Tiro la piedra y cae en el cuadrado donde había reuniones largas, discusión de la lucha armada, miedos, quiebres de mis creencias. Tenía que trabajar mucho internamente porque era muy “liberal”, como se decía en esos años. Me prometí ser una militante comprometida. La mayor muestra eran las “expropiaciones” que me pedían. Siempre se necesitaban cosas para los compañeros que dejaban sus casas o para diversas acciones. Te pedían en cualquier momento y con urgencia un pulóver, una camisa, una garrafa, una cartera, lo que sea. Un día me pidieron un bolso, era urgente. De mi casa había “sacado” varias cosas, hasta una estufa de kerosene que nunca supieron quién se la había llevado; pero un bolso se me complicaba. En realidad, tenía uno, lo había cosido y bordado durante mis vacaciones de invierno. Tenía muchas flores de colores que me encantaban, mis amigas me lo elogiaban mucho. Lo había hecho según un patrón de la revista Burda de bordados. Dudé, pero entendí que eso era dejar de ser burguesa y lo entregué. Día a día trataba de ser mejor militante. Disfruto cuando la piedra de la rayuela cae en las peñas con los compañeros. Me gusta quedarme en este cuadrado, me permite evadirme de las muertes. Me lleva a las risas, las bromas, las cumbias en los barrios, las vueltas caminando entre miradas cómplices. Charlas infinitas sobre cómo íbamos a hacer la patria socialista, nacía el hombre nuevo, todo eso íbamos a lograrlo, todo valía la pena. En una peña de la JUP conocí a Fernando. Estaba junto a sus amigos inseparables, Miguel y Elvio. Tardamos algunas salidas en ponernos de novios, eso fue el 1° de diciembre de 1975. 

Me acuerdo del 25 de diciembre: murió mi abuela María Juana, vivía conmigo y ese mismo día la CNU mató a mi amigo Patulo Rave, de la UES. Acompañé a mis padres al cementerio y a la vuelta me tiré en la cama y lloré a gritos por todos los muertos, hasta quedarme dormida.

*Autora de La larga noche de los lápices, editorial Marea (fragmento).