lunes 26 de septiembre de 2022
DOMINGO sexo

Mujeres y hombres

18-09-2022 01:13

Agrandes rasgos, de las alianzas y rupturas de los feminismos predominantes en la segunda ola resultaron dos vertientes distinguibles, que Diana Maffia describe en Contra las dicotomías: feminismo y epistemología crítica. Una de esas vertientes, heredera del feminismo predominante en la primera ola, se conoce como feminismo de la igualdad, el feminismo de los años setenta de Betty Friedan. Su rasgo distintivo fue cuestionar el aspecto dicotómico del sistema de valores androcéntrico, pero no el jerárquico. Es decir, no objetó que la razón fuera superior a la emoción. En cambio, sostuvo que las mujeres eran igualmente capaces que los varones para el ejercicio intelectual y la participación en la esfera pública. En contraste, la otra vertiente que se consolida en los años ochenta, conocida como feminismo de la diferencia, cuestionó la jerarquía pero no la dicotomía del sistema de valores androcéntrico. En otras palabras, enarboló la sexualización de la dicotomía y otorgó mayor valor a las características que serían propias de las mujeres: la feminidad, la emoción, la sensibilidad y la empatía.

El punto en común entre ambas vertientes es que asumieron la noción de sexo como una categoría natural y no cuestionaron el orden temporal entre sexo y género. Además, interpretaron la categoría mujer como un universal, un valor en sí mismo androcéntrico que implicaba una idea de género esencialista. Lo interesante aquí es que el llamado feminismo de la diferencia se desarrolla a la par de la teoría O/A y sus presupuestos acerca de una complementariedad cerebral. Complementariedad que, como veremos, ya no sitúa un eje cuantitativo “más = mejor”, sino que enmascara la jerarquía en la idea de diferencia. El lenguaje especializado alcanzado en el ámbito biomédico explica, en primer lugar, que el discurso científico acerca de la diferencia sexual se aleje de los argumentos abiertamente androcéntricos para respaldar la estructura y el orden de género. En contraste, describí al comienzo que la neuroendocrinología planteará la existencia de virtudes femeninas y masculinas. Nos abocaremos a esto en el capítulo cuatro, al hablar de “optimizaciones cerebrales”.

En segundo lugar, vemos que durante la segunda ola no existe tanto diálogo directo con el discurso científico acerca de la diferencia sexual como el que analizamos durante la primera ola. Y esto se debió, en parte, a la especialización y el desarrollo de técnicas y tecnologías que plantearon la necesidad de una alfabetización rigurosa para intervenir en las disciplinas científicas. Al mismo tiempo, y quizás por esta razón, veremos que el giro de los años noventa no planteó esa intervención, puesto que la suscripción al constructivismo social desplazó la disputa al plano de lo discursivo y así corrió del centro las concepciones esencialistas sin problematizar el cuerpo en tanto materialidad biológica.

Pero, de manera esquemática, podemos decir que las críticas al discurso científico acerca de la diferencia sexual se desarrollaron dentro de las dos vertientes –el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia– que revisamos en esta sección. El feminismo de la igualdad proyectado en la crítica al discurso científico acerca de la diferencia sexual puede identificarse con el llamado empirismo feminista: su crítica no se centra en la estructura del método científico en sí. Es decir, el problema radicaría en que el método es mal aplicado por los sesgos que presuponen la sexualización de ciertas capacidades cognitivas conductuales.

La filósofa feminista Helen Longino es una clásica referente de esta vertiente. Ella propone el empirismo contextual para detectar los valores contextuales –es decir los valores sociales y culturales en que se lleva adelante una investigación– y distinguirlos de los constitutivos, que a su entender derivan del objetivo de una investigación científica. Longino ha sido crítica con la teoría O/A, que define como un modelo hormonal lineal y a la que contrapone el modelo seleccionista de desarrollo cerebral. De acuerdo con este modelo, la niña o el niño se construye en el contexto de cierto ambiente social, por ejemplo, a través del juego infantil. Entonces, se selecciona una conectividad sináptica funcional en los cerebros que explica ciertos aspectos de género, aunque estos no son prenatales. Longino parte de la idea de machos y hembras para referir a los genitales y su impacto en nuestra experiencia social por su relación con las normativas de género. Para ella, la conectividad sináptica subyace a la conducta

En síntesis, confronta con la idea de que el dimorfismo sexual anatómico y fisiológico refleja diferentes conductas y temperamentos y sostiene que tratar el género de manera dimórfica es parte de la ideología de género que impregna las hipótesis científicas. De hecho, afirma que no existen bases biológicas incontestables para mostrar que las mujeres son menos capaces que los varones en áreas como el liderazgo político, la creación artística y la investigación científica.

*Autora La invención de los sexos, SXXI editores. (Fragmento).

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