1st de March de 2021
DOMINGO LIBRO
27-12-2020 01:59

Un presidente sin igual

Donald Trump, o la política salvaje en plena Casa Blanca.

Bob Woodward
27-12-2020 01:59

Durante la Sesión Informativa Diaria (PDB por sus siglas en inglés) de Alto Secreto del presidente, la tarde del martes 28 de enero de 2020, en el Despacho Oval, la conversación giraba en torno al brote de un misterioso virus similar a la neumonía en China. Los funcionarios de sanidad pública y el presidente Trump les decían a los ciudadanos que el virus era de bajo riesgo para Estados Unidos. 

—Esta será la mayor amenaza a la seguridad nacional a la que se enfrente en su presidencia —le dijo a Trump Robert O’Brien, el consejero de seguridad nacional, expresando un punto de vista discordante y contrario, con toda intención y con la mayor fuerza que pudo. 

A Trump los ojos se le salían de las órbitas. Hizo unas cuantas preguntas a la asesora de inteligencia de la sesión informativa diaria, Beth Sanner. Ella le contestó que China estaba preocupada, y que la comunidad de la inteligencia lo estaba observando, pero que parecía que no era ni mucho me­nos tan grave como el agudo brote de síndrome respiratorio severo (SARS por sus siglas en inglés). 

—Va a ser lo más duro a lo que se enfrente en su vida —insistía O’Brien desde su asiento junto al escritorio Re­solute, muy consciente de que Trump estaba solo a mitad de camino de su juicio por impeachment (proceso de desti­tución presidencial por delitos cometidos en el desempeño de sus funciones) en el Senado, que había empezado doce días antes y estaba ocupando toda su atención. O’Brien creía que el consejero de seguridad nacional debía intentar mirar hasta debajo de las piedras, y tenía la obligación de avisar de cualquier desastre que se avecinara. Y ese problema era urgente, no un tema de geopolítica que pudiera ocurrir al cabo de tres años. El virus podía desarrollarse muy rápido en Estados Unidos. 

O’Brien, de 53 años, abogado, escritor y antiguo negociador de rehenes internacional, era el cuarto consejero de seguridad nacional de Trump. Llevaba en ese puesto clave solamente cua­tro meses, y no se consideraba de esas personas que golpean la mesa con el puño, pero sí creía apasionadamente que el brote era una amenaza real. 

—Estoy de acuerdo con esa conclusión —añadió Matt Pot­tinger, viceconsejero de seguridad nacional, desde un sofá más alejado, en el Despacho Oval. Trump sabía que Pottinger, de 46 años, que había formado parte del Consejo de Seguridad Na­cional durante tres años, antes de que empezase su presidencia, estaba cualificado de forma única y casi perfecta para emitir un juicio semejante. 

Su advertencia era autorizada y pesaba mucho. Pottinger había vivido en China siete años, y había sido reportero del Wall Street Journal allí durante el brote de SARS. Conocía bien China y hablaba mandarín con fluidez. 

Afable, irreverente y auténtico obseso del trabajo, Pottin­ger también había sido oficial condecorado de inteligencia en los marines, un trabajo que culminó redactando en colabora­ción un informe muy influyente sobre la inadecuación de las agencias de inteligencia en Estados Unidos. 

Pottinger sabía de primera mano que los chinos eran maes­tros en el arte de ocultar los problemas y cubrirse las espaldas. Había escrito más de treinta artículos sobre el SARS y cómo los chinos habían retenido información intencionadamente durante meses sobre su gravedad y habían subestimado enor­memente su extensión, manejando tan mal el asunto que el vi­rus pudo propagarse por el mundo. El Journal había propuesto su trabajo para el Premio Pulitzer. 

—¿Qué sabe? —le preguntó Trump a Pottinger. 

Durante los últimos cuatro días, Pottinger decía que había estado utilizando muchísimo el teléfono, llamando a médicos en China y Hong Kong con los que mantenía contacto y que comprendían el aspecto científico. También había leído los me­dios de comunicación chinos.

—¿Va a ser tan malo esto como en el 2003? —le preguntó a uno de sus contactos en China. 

—No piense en el SARS 2003 —le contestó el experto—. Piense más bien en la epidemia de gripe de 1918. 

Pottinger dijo que se había quedado de una pieza. La lla­mada”gripe española”, una pandemia que ocurrió en 1918, se calcula que mató a 50 millones de personas en todo el mundo, con unas 675 000 muertes en Estados Unidos. 

—¿Por qué cree que va a ser peor que en 2003? —preguntó el presidente. 

Los contactos de Pottinger le dijeron que había tres factores que aceleraban enormemente la transmisión de la nueva en­fermedad. Contrariamente a lo que indicaban los vagos infor­mes oficiales del gobierno chino, la gente cogía la enfermedad muy fácilmente de otras personas, no solo de los animales; esto se llama propagación de humano a humano. Acababa de ente­rarse aquella misma mañana de que la había extendido a gente que no mostraba síntoma alguno, y eso se llama propagación asintomática. Su fuente mejor y más autorizada decía que un 50 por ciento de las personas que estaban infectadas no mos­traban síntomas. Eso significaba una emergencia sanitaria de las que pasan solo una vez en la vida, un virus fuera de control con una enorme capacidad de propagación no detectable in­mediatamente. Y, al parecer, ya había viajado muy lejos des­de Wuhan, China, donde empezó el brote. Para Pottinger, esos eran los tres factores que hacían saltar todas las alarmas. 

Y lo más preocupante, decía Pottinger, era que los chinos ha­bían puesto en cuarentena Wuhan, una ciudad de 11 millones de habitantes, mayor que cualquier ciudad americana. La gente no podía viajar por el interior de China, por ejemplo desde Wu­han a Pekín. Pero no habían impedido los viajes desde China al resto del mundo, incluyendo Estados Unidos. Eso significaba que un virus altamente infeccioso y devastador era muy proba­ble que ya estuviera entrando silenciosamente en el país. 

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó el presidente. 

Pues prohibir los viajes de China a Estados Unidos, dijo Pottinger. 

Pottinger confiaba en que la información de sus fuentes era sólida y se basaba en datos ciertos, no en especulaciones. Había realizado un estudio en profundidad del nuevo virus. Se había informado del primer caso fuera de China el 13 de enero, en Tailandia. Estaba claro que el virus se estaba propagando de humano a humano. 

Los funcionarios de mayor rango del Centro de Control de Enfermedades (CCE), la principal agencia pública de salud de Estados Unidos, también informaban con alarma creciente a Pottinger de que llevaban semanas intentando enviar los mejo­res detectives del Servicio de Inteligencia de Epidemias de Esta­dos Unidos a China para ver qué estaba pasando allí. Los chinos contestaban con evasivas, negándose a cooperar y a compartir muestras del virus, como requerían los acuerdos internacionales. 

El jefe del CCE chino parecía un rehén, en una llamada telefónica, y el ministro de Sanidad chino también se negó a recibir ayuda de Estados Unidos. 

Pottinger ya había visto todo eso antes. Aumentó el ritmo de sus llamadas el fin de semana del 24 al 26 de enero. “Volví de ese fin de semana con los pelos de punta”, dijo en privado. 

Varios miembros de la élite china, bien conectados con el Partido Comunista y el gobierno, señalaban que pensaban que China tenía un objetivo siniestro: “China no va a ser la única en sufrir esto”. Si China era el único país en sufrir infecciones masivas a la escala de la pandemia de 1918, sufrirían una des­ventaja económica terrible. Era una sospecha nada más, pero lo afirmaban las personas que mejor conocían el régimen. Una posibilidad espantosa. Pottinger, partidario de la línea dura con China, realmente no quería juzgar en un sentido u otro. Lo más probable es que el brote fuese accidental. Pero estaba se­guro de que Estados Unidos corría el peligro de sufrir un pro­blema sanitario sin precedentes. Y la falta de transparencia de China no hacía más que empeorar las cosas. Con el SARS, Chi­na había ocultado descaradamente el brote de una enfermedad infecciosa nueva y peligrosa durante tres meses. 

Tres días más tarde, el 31 de enero, el presidente imponía restricciones a los viajeros que venían de China, un movimien­to al que se oponían unos cuantos miembros de su gabinete. Pero la atención de Trump estaba centrada en todo excepto en el virus: en la Super Bowl que se avecinaba, en la debacle tecno­lógica de los caucus (equivalente a unas elecciones primarias) demócratas en Iowa, en su discurso del Estado de la Nación y, lo más importante de todo, en el juicio por impeachment en el Senado. Cuando la enfermedad respiratoria altamente infec­ciosa causada por el nuevo coronavirus conocida como covid-19 apareció en escenarios donde tenía la oportunidad de llegar a un gran número de americanos, Trump siguió tranquilizando al público, diciéndoles que se enfrentaban a pocos riesgos. 

—¿Está usted muy preocupado por el coronavirus? —le preguntó Sean Hannity de la Fox a Trump el 2 de febrero, casi al final de una entrevista antes de un partido de la Super Bowl. Esta se había centrado sobre todo en la injusticia del impeach­ment y en sus rivales demócratas de 2020. 

—Pues prácticamente hemos cerrado el país a los que vie­nen de China —dijo Trump. Aquella entrevista presidencial, que era una especie de tradición antes del partido, obtuvo la mayor audiencia que había tenido jamás el popular y contro­vertido periodista—. Les ofrecemos mucha ayuda. Tenemos lo mejor del mundo, para eso… Pero no podemos dejar que ven­gan miles de personas con ese problema, el coronavirus. 

Esa mañana, incluso el consejero de seguridad nacional O’Brien, que había pronunciado la ominosa advertencia solo unos días antes, había dicho en Face the Nation de la CBS: “Aho­ra mismo no hay motivo para que cunda el pánico entre los ame­ricanos. Es algo de bajo riesgo en Estados Unidos, creemos”. 

Dos días más tarde, el 4 de febrero, casi 40 millones de americanos sintonizaron sus televisores para escuchar al presidente pronunciar el discurso anual del Estado de la Na­ción, una explicación actualizada al Congreso, obligada por la Constitución, de los temas más importantes a los que se enfrenta el país. El discurso es el momento de mayor visibili­dad para un presidente, que habla de cuestiones de gran im­portancia. Hacia la mitad del largo discurso, Trump mencionó el coronavirus en un breve párrafo. “Proteger la salud de los americanos también significa luchar contra las enfermedades infecciosas. Nos estamos coordinando con el gobierno chino y trabajando muy de cerca, en conjunto, en el asunto del brote de coronavirus en China —dijo Trump—. Mi administración dará todos los pasos necesarios para salvaguardar a nuestros ciudadanos de esta amenaza.” 

Al parecer, eso no incluía compartir con el público las ad­vertencias que había recibido. 

Cuando más tarde le pregunté al presidente por el aviso de O’Brien, me dijo que no lo recordaba. 

—Pero seguro que lo dijo, ¿eh? —dijo Trump—. Un tipo muy majo. 

Y en una entrevista con el presidente Trump el 19 de mar­zo, seis semanas antes de que me enterase de las advertencias de O’Brien y Pottinger, el presidente dijo que sus declaracio­nes, durante las primeras semanas del virus, se habían pensado deliberadamente para no atraer la atención sobre ese asunto. 

—Yo intentaba minimizarlo siempre —me dijo Trump—. Todavía lo intento minimizar, porque no quiero que cunda el pánico.

Trump me llamó a casa hacia las nueve de la noche de un viernes, 7 de febrero de 2020. Como le habían absuelto en el juicio por impeachment en el Senado dos días antes, yo espe­raba que estuviera de buen humor. 

—Ahora tenemos un contratiempo interesante con el virus de China —dijo. Había hablado con Xi Jinping, el presidente de China, la noche antes. 

—¿Un contratiempo? —me sorprendió que estuviera pen­sando en el virus, más que en su absolución. Solo había doce casos confirmados en Estados Unidos. La primera muerte por coronavirus de la que se había informado en Estados Unidos había sido hacía tres semanas. La noticia constante era el im­peachment. 

Los chinos estaban muy centrados en el virus, dijo Trump. 

—Creo que desaparecerá dentro de dos meses, con el calor —continuó—. ¿Sabes?, cuando hace calor, eso tiende a matar al virus. Bueno, eso esperamos, ya sabes. —Y añadió—: Tuvimos una charla estupenda, mucho rato. Tenemos una relación muy buena. Creo que nos caemos bien el uno al otro. 

Recordé que en anteriores entrevistas para este libro, el presidente me había dicho que se había enfrentado duramente al presidente Xi por el plan Made in China 2025 para superar a Estados Unidos y convertirse en el líder mundial productor de alta tecnología en diez ramas industriales, desde coches sin conductor a biomedicina. “Eso me resulta muy insultante”, le dijo Trump a Xi. El presidente había dicho entonces, con enor­me orgullo, que iba a “darle una patada en el culo a China, con el comercio”, y que eso había causado que el crecimiento económico anual de China fuera negativo. 

—Ah, sí, nos hemos peleado unas cuantas veces —recono­ció Trump. 

¿Y qué había dicho la noche anterior el presidente Xi? 

—Ah, pues sobre todo estuvimos hablando del virus —dijo Trump. 

«¿Por qué?”, me preguntaba yo. 

—¿Sobre todo? 

—Y creo que lo va a arreglar muy bien —dijo Trump—. Pero claro, es una situación bastante complicada. 

¿Qué era lo que la hacía “complicada”? 

—Pues que va por el aire —dijo Trump—. Eso siempre es más difícil que si es por el tacto. No tienes que tocar las cosas. ¿No? El aire lo respiras, sencillamente, y así es como se ha transmitido. Y por eso es bastante complicado. Es muy deli­cado. Y también es mucho más mortal que esas gripes que te dejan agotado. 

«Mortal” era una palabra muy fuerte. Ahí estaba pasando algo que yo no captaba bien, eso era obvio. A lo largo del mes siguiente hice unos cuantos viajes a Florida y a la Costa Oeste, sin ser consciente de que la pandemia iba en aumento. En ese momento tampoco sabía que O’Brien le había dicho al presi­dente que el virus “será la mayor amenaza para la seguridad nacional que se encuentre en su presidencia”. No había oído que nadie pidiera cambio alguno en la conducta de los ameri­canos, aparte de no viajar a China. Los ciudadanos seguían con su vida cotidiana, incluyendo más de 60 millones que viajaron en vuelos domésticos aquel mes. 

En nuestra llamada, Trump ofreció detalles sorprendentes sobre el virus. Continuó: 

—Muy sorprendente. Es mucho más mortal que la gripe, como unas cinco veces más o así. 

“Es mortal, esto —repitió Trump. Alabó al presidente Xi—: Creo que está haciendo un trabajo muy bueno. Ha construido muchos hospitales en un tiempo récord. Saben lo que están haciendo. Están muy organizados. Y nosotros intervendremos. Trabajaremos con ellos. Les mandaremos cosas, equipo y mu­chas otras cosas. Y la relación es muy buena. Mucho mejor que antes. Fue un poco tensa por el acuerdo comercial. (…)

Tras completar la redacción de este libro sobre el presidente Trump, me sentí agotado. el país estaba en pie de guerra. El vi­rus estaba descontrolado. La economía estaba en crisis, con más de cuarenta millones de desempleados. La gente tenía una clara sensación de que imperaban el racismo y las desigualdades. No se veía el fin de todo aquello, y desde luego no había un camino evidente que seguir”. 

Volví a pensar en la conversación con Trump del 7 de febre­ro, cuando había mencionado que había “dinamita detrás de cada puerta” y que una explosión inesperada podría cambiar­lo todo. Aparentemente pensaba en algún evento externo que pudiera afectar a su presidencia. 

Pero ahora he llegado a la conclusión de que la “dinamita detrás de cada puerta” estaba bien a la vista. Era el propio Trump. Su desmesurada personalidad. La incapacidad para organizar. La falta de disciplina. La falta de confianza en las personas que él mismo ha elegido, en los expertos. Los ata­ques o los intentos de ataque a tantas instituciones nacio­nales. El no conseguir inspirar calma, aportar remedios. Su negativa a reconocer cualquier error. A escuchar a los demás. A elaborar un plan. 

Mattis, Tillerson y Coats eran personas conservadoras o apolíticas que querían ayudarle a él y al país. Hombres im­perfectos que habían respondido a la llamada del servicio público. No eran el estado profundo. Sin embargo, los tres fueron despedidos con palabras crueles por parte de su líder. Llegaron a la conclusión de que Trump era una amenaza ines­table para su país. 

Trump decía que la gente del servicio de inteligencia tenía que volver al colegio. Que los generales eran tontos. Que los medios daban solo fake news. Trump se había pasado muchos años desautorizando a todo el que le desafiara. No solo con sus rivales, sino también con los que trabajaban para él, y con la opinión pública estadounidense. 

Y ahí estaba el problema: al desautorizar a tanta gente no solo había conseguido socavar la confianza del público en ellos, sino también la confianza de la gente en él. Y eso se hizo evi­dente cuando el país necesitaba sentir que el gobierno sabía lo que hacía, al enfrentarse a una crisis sanitaria sin precedentes. 

Probablemente Jared Kushner, el yerno de Trump, tenía más razón de lo que creía al decir que comprender a Trump significaba comprender a Alicia en el País de las Maravillas. 

Trump hablaba mucho. Casi sin parar. Tanto, que había qui­tado fuerza al micrófono de la presidencia y al púlpito de las acusaciones, y que ya era demasiada gente la que había dejado de confiar en lo que decía. Parecía provocar una rabia incesante en más de la mitad del país, y daba la impresión de que disfrutaba con ello. 

Pensé en Robert Redfield, que sabía que la lucha contra el virus no llevaría seis meses o un año, que sería cosa de dos o tres. En Trump, repitiendo una y otra vez que el virus desapare­cería por sí solo. Y lo duro que había sido para los responsables de sanidad no alejarse demasiado del mensaje del presidente. 

Pongo el punto final a este libro convencido de que duran­te el mandato de Trump puede pasar prácticamente cualquier cosa; la que sea. Muchas cosas podrían ir mucho mejor, o peor, o mucho peor. Es poco probable que muchas cosas vayan mu­cho mejor. De momento, en pleno verano, lo que más condicio­na su gobierno es el virus, la economía y las divisiones políticas internas. Y esas divisiones internas están en su nivel máximo. (…).

 

El 28 de enero de 2020, cuando los asesores de seguridad nacional de Trump le advirtieron de que el virus sería —no que podría ser, sino que sería— la mayor amenaza a la seguridad nacional durante su presidencia, hubo que reiniciar la maqui­naria del gobierno. Fue una previsión detallada, apoyada en da­tos y experiencias previas, que desgraciadamente se confirmó. Los presidentes son el poder ejecutivo. Era necesario advertir. Escuchar, planificar, y tomar medidas. 

Durante mucho tiempo, Trump dio evasivas, como tantos otros, y dijo que el virus era preocupante, pero todavía no, había tiempo. Había buenos motivos para apostar por ambas cosas, pero hubiera tenido que mostrar una posición más deci­dida y abierta. Gobernar casi siempre entraña riesgos. El virus —“la plaga”, como lo llama Trump— sumió a Estados Unidos y al mundo en una crisis económica que puede acabar siendo no una simple recesión, sino una depresión. Es toda una cri­sis financiera, que ha dejado decenas de millones de parados. La solución de Trump es intentar repetir lo que él considera que fue su milagro económico en tiempos anteriores al virus. Los demócratas, los republicanos y Trump acordaron invertir al menos 2,2 billones de dólares en la recuperación, lo que su­pondrá problemas en el futuro, con el aumento del déficit. El coste en vidas humanas ha sido casi inimaginable: en julio ha­bían muerto más de 130.000 estadounidenses, y aún no se veía el final del túnel. 

Los arraigados odios de la política estadounidense salieron a la superficie durante los años de Trump, que los avivó y que no hizo ningún esfuerzo por buscar la conciliación y la unión del país. Tampoco lo hicieron los demócratas. Trump se sentía traicionado por los demócratas, que se sentían traicionados por Trump. Las barreras entre unos y otros no hicieron más que volverse más altas y más gruesas (…)

Trump es una paradoja viva, capaz de mostrarse amigable y encantador. También puede ser salvaje, y puede llegar a tratar a la gente de un modo inimaginable. 

En tiempos de crisis, el plano operativo se vuelve mucho más importante que el político o el personal. Para decenas de millones de personas, el relato optimista americano se ha con­vertido en una pesadilla. 

Durante casi cincuenta años, he escrito sobre nueve presi­dentes, desde Nixon a Trump: el 20 por ciento de los 45 presi­dentes de Estados Unidos. Un presidente debe estar dispuesto a compartir lo peor con su pueblo, las malas noticias, igual que las buenas. Todos los presidentes tienen la obligación de in­formar, advertir, proteger, definir objetivos y buscar el inte­rés nacional. Deberían mostrar una respuesta honesta ante el mundo, especialmente en tiempos de crisis. Trump, en cambio, ha dado prioridad a sus impulsos personales, convirtiéndolos en principios de gobierno durante su presidencia. 

Examinando el desempeño que ha hecho de su cargo como presidente durante todo el mandato, solo puedo llegar a una conclusión: Trump no era el hombre indicado para este trabajo.

 

☛ Título Rabia

☛ Autor Bob Woodward  

☛ Editorial Roca editorial
 

Datos sobre el autor 

Bob Woodward nació el 26 de marzo de 1943. Se graduó en la Universidad de Yale en 1965. 

Sirvió cinco años como oficial de comunicaciones en la Marina de Estados Unidos antes de trabajar como periodista en el diario Sentinel, de Maryland.

Es editor asociado en The Washington Post, donde trabajó durante cuarenta y siete años. 

Ganó dos Premios Pulitzer, el primero por su cobertura del Watergate y el segundo reportero líder cubriendo el atentado terrorista del 11-S.

Entre sus obras figuran Miedo. Trump en la Casa Blanca e Historia secreta de la Casa Blanca 2006-2008.

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