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DOMINGO / Maternidad
domingo 3 mayo, 2020

Una aldea para criar a un niño

Paulina Simon Torres*

domingo 3 mayo, 2020

Cuando alguien me preguntaba, yo me definía siempre como una madre inepta. Desde esa salida a la reunión de madres con el bebé en brazos, de la que volví a casa con el bebé cagado hasta las axilas y sin pañales, supe que esto de fluir en los aspectos prácticos de la maternidad no iba a ser lo mío y me etiqueté de inútil, de carishina, palabra que en mi país se usa para hablar de las mujeres que no sabemos hacer bien las cosas de la casa ni de la familia, “la mujer a la que se le quema el agua”. (…)

Conozco estas referencias a la cultura pop más explotada de nuestro tiempo porque tengo estos hijos y estoy involucrada, o más bien contaminada, con todo lo que hacen, desean, adoran. Cómo quisiera no tener idea de quién es el tal Luke, pero Luke es parte del desayuno, el almuerzo y la cena en mi casa, y no saber quién es, eso sería en realidad ser una madre inepta.

Hoy, a siete años de estar inmersa en este asunto de la maternidad, soy consciente de que me he asumido y, aunque no soy del todo inmune al medio y sus mandatos, diría que me siento conforme con lo que voy logrando. Pero no siempre ha sido así. Creo que vivimos en la era en la que ser padres se volvió el mejor nicho de mercado para el marketing. No es arriesgado decir que somos una generación de padres consumidos por el miedo, la culpa y las dudas. Por ejemplo, para arrancar con el tema de las dudas, tenemos la primera, la duda original de si tener hijos fue o no una buena idea. Muchas veces he sentido como si me hubiera colgado a la espalda una mochila enorme que deberé cargar para siempre y que no siempre puedo levantar. El peso se aligera por las mañanas, cuando después de haber dormido (cuando lo logro) me encuentro con un pie pequeñito en mi costilla y me resulta todo más agradable y posible. Ese es el equilibrio y la medida para seguir. Pero hay más.

La crianza no existe solo puertas adentro, como yo creía. He oído muchas veces, en un contexto más positivo, que se necesita toda una aldea para criar a un niño. Pero más bien la crianza del primer hijo viene con una aldea a la que nunca habías pertenecido antes, y de la que de pronto serás la comidilla. La tal aldea presidida por los suegros y sus comentarios ácidos sobre cosas tan dispares como la elección del nombre del niño o el hecho de que sea varón y por fin alguien vaya a llevar el apellido de su gloriosa dinastía o la camiseta de su club de fútbol; el pediatra que no trabaja para ti, sino que te hace trabajar durísimo para él y te dice que los bebés requieren baño diario, que no importa si sus madres no se han podido bañar en toda la semana, que los bebés jamás deberán dormir con sus madres, que los bebés bajos de peso son bombas de tiempo, que las vacunas empiezan el primer día o la muerte puede ser inminente; las vecinas y el cuchicheo sobre si el niño tiene pelo o no, si usa chupete o no, si la madre tiene leche o no. (…)

Poco a poco, mientras los hijos crecen, entran en escena nuevas figuras a la aldea: las maestras de la guardería y el preescolar que te obligan a fabricar regalos creativos para los niños hechos de tubos de papel higiénico y una pistola de silicona caliente; la psicóloga de la guardería, cuyo trabajo es decirte que la motricidad fina del niño de un año y medio es muy pobre, y que por otro lado su motricidad gruesa se desarrolló en exceso, porque les da durísimo a los otros niñitos con la pelota en la cabeza; y por fin, llega la publicidad: leche fortificada con hierro o niño sin inteligencia, biberones y platitos sin BPA o niños intoxicados, juguetes sin plomo, de madera y educativos o niños envenenados.  (…)

Una de las luchas más intensas fue la de la leche. Luego de este activismo “alocado” al principio de mi vida materna, cuando tuve un segundo hijo y debí volver a trabajar a los pocos meses, debí tragarme una buena parte de mi orgullo y de mi apasionado discurso contra las mujeres que alimentaban con fórmula. 

Mi segundo hijo tuvo que tomar leche de tarro e incluso hacer un entrenamiento para aprender a usar el biberón las semanas anteriores al fin de mi permiso de maternidad. No era en este caso solo el pediatra diciéndome que mi hijo estaba flaco o mal nutrido, era que mi producción de leche no abastecía su demanda. Acudí a una reunión de la Liga de la Leche, donde me sentí como esa madre incompetente, la de la etiqueta que yo misma me había puesto en la frente. Si me creía activista, me había equivocado. Recibí, además de su “apoyo”, un sermón sobre cómo mi producción de leche era perfecta y suficiente. De cómo la leche de fórmula haría que mi hijo sufriera de obesidad y se enfermara. (…)

Un mes antes de regresar a trabajar luchaba con un extractor eléctrico que era lo más parecido a un robot. Sentía pudor frente a la eficiencia de la máquina que succionaba mis pezones. Pero contrario a lo que me habían dicho, mi producción no era suficiente. Podía pasar horas, incluso tener el pezón morado de tanto intentar, que no lograba nunca extraer más de 100 mililitros. Mi “banco de leche” era más bien un gotero. Una vergüenza. Tomaba todo tipo de aguas, de tés, de avenas y jugos, me compraba pastillas naturales y me horneaba galletas de levadura de cerveza para mejorar mi producción, pero lo único que conseguía era estar más gorda. No más leche. La angustia era muy intensa y el poco tiempo que me quedaba para estar con mi hijo antes de volver a trabajar lo estaba pasando con el extractor de leche y no con él. Así que llegado el momento, dejé de pelear, compré el odioso tarro de leche y empezamos a probar. Mi hijo no se intoxicó, ni se volvió obeso ni dejó de lactar por tomarse dos biberones al día.

*Autora de La madre que puedo ser, Paidós (Fragmento).


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