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DOMINGO / libro
domingo 18 agosto, 2019

¿Y a cuánto se fue ahora?

La historia de una moneda argenta y popular

Mariana Luzzi y Ariel Wilkis

El dólar. Más allá de refugio ante las oscilaciones, es un elemento central de la sociedad argentina. Foto: juan salatino

A qué precio cotizaba el dólar oficial para la venta el 26 de febrero de 2015?”. La pregunta brilla en nítidas letras azules sobre la pantalla de la tevé. El conductor Santiago del Moro se la lee en voz alta a una concursante de ¿Quién quiere ser millonario?. Dos décadas después de su primera edición, en abril de 2019 el célebre programa de preguntas y respuestas volvió a la televisión abierta argentina. En el año 2000, la versión local podía ofrecer una traducción literal del programa global Who Wants to Be a Millionaire? El premio mayor era un millón de pesos. O un millón de dólares, porque en aquel entonces la moneda nacional era convertible con la divisa estadounidense. En 2019, los 2 millones de pesos del premio apenas superan los 46 mil dólares. Y el número exacto va a depender del mes, de la semana, del día de la operación de cambio. Hasta de la hora.

Según este formato televisivo, cada concursante enfrenta una serie de preguntas de opción múltiple con dificultad creciente: muchas son sobre historia, cultura y política nacional. Acierta quien elige la mejor respuesta entre cuatro posibles. Para el dólar de fines de febrero de 2015, las opciones en pantalla son:

A: 4,45

B: 14,55

C: 8,73

D: 18,98

La participante escucha atentamente las alternativas y no duda:

—Bueno, 18 y 14 seguro que no, porque ya son del presente gobierno. Y 4,45 habrá sido… en 2010, más o menos. Así que voy por la B, 8,73.

—¿Ultima palabra? –pregunta el conductor.

—Ultima palabra –confirma ella.

—Lo increíble de vivir en la Argentina –comenta Del Moro– es que haya preguntas sobre dólares.

Entre risas, la participante festeja la ocurrencia y retruca:

—Y lo increíble es que haya cuatro números tan distintos y que todos pudieran ser válidos.

Es el momento del suspenso. La respuesta “B: 8,73” se pinta de amarillo en la pantalla: por supuesto, la concursante había acertado.

Casi de inmediato, la captura de pantalla con la consigna sobre la moneda verde reverberando en letras azules empieza a circular por Twitter. Un internauta estadounidense ironiza. Como si fuera un participante en el concurso, autorizado según el reglamento a consultar ante la duda a una persona de confianza, publica (en inglés): “¿Puedo llamar a un funcionario del Banco Central?”. Alguien le contesta enseguida (también en inglés): “No hace falta. Se ve que no conocés a ningún argentino común”.

En su edición aggiornada por Telefe, ¿Quién quiere ser millonario? salió al aire el 8 de abril de 2019, cuando el dólar cotizaba a 44,6 pesos el tipo vendedor. Cuatro años después de la fecha por la que interroga el concurso, todas las opciones de valores parecen igualmente remotas. Sin embargo, la pregunta no sorprende. Para quien participa del quiz show en su versión argentina, saber cuál fue la cotización del dólar en un punto no demasiado lejano del pasado es tanto o más factible que conocer la fórmula ganadora en las elecciones presidenciales de 1951, el nombre del actual secretario general de las Naciones Unidas o los compositores de una canción pegadiza de los años 60. En otros países, solo profesionales de la economía o personas vinculadas al comercio exterior tienen presente esa información; en la Argentina, forma parte de la cultura general del gran público.

El dólar se vuelve noticia y las redes lo amplifican. Hace poco más de una década, el humor ha encontrado en los memes un nuevo género y un nuevo canal: simple, sobre todo visual, siempre satírico, alusivo, rico en dobles sentidos. Una imagen teñida de verde muestra de perfil el torso de un hombre ataviado con ropas antiguas, pero de frente su rostro es el de George Washington. Junto a la cara, una frase: “Sé que te excita pensar hasta dónde llegaré”. Al pie, una información que quien ríe ya conoce: que el chiste se basa en citar un verso de Persiana americana, hit ochentoso de Soda Stereo. Es probable que no todos los que sonrieron al recibir el meme en sus teléfonos celulares sepan que Washington fue el primer presidente de Estados Unidos. Todos, en cambio, saben que su imagen en color verde significa “dólar”. La pregunta late, punzante, detrás de la humorada. ¿Hasta dónde llegará el dólar en 2019? ¿Y en 2020?

***

El valor de la moneda estadounidense integra la información básica que comunican los medios argentinos. En especial, en épocas de turbulencias monetarias. Cada mañana, nos dicen, lo primero que necesitamos saber es la temperatura, el estado del tránsito y la cotización del dólar. Datos esenciales para la vida cotidiana en la gran ciudad. El dólar es ese número abstracto con que empezamos el día, pero es también un objeto, concreto y conocido. Según el saber popular, tener en la billetera un billete verde trae buena suerte. Pero no hace falta haber comprado nunca un dólar ni llevar uno consigo para estar familiarizados con su aspecto. Con el correr del siglo XX, en estas pampas, tan lejos de las tierras que alguna vez gobernó, la efigie de Washington, asidua ilustración de avisos y noticias, se ha vuelto popular gracias a la publicidad y la prensa.

***

Cientos de miles de personas pasan hoy a diario por la estación Callao de la línea B de los subterráneos de la Ciudad de Buenos Aires. Aun sin caminar por los andenes, quien viaja en tren en una u otra dirección puede ver reproducidas a buen tamaño en las paredes de cada lado una serie de viñetas de Landrú, emblemático humorista gráfico argentino desde la década de 1960.

Estas escenas clásicas del humor nacional representan, por lo general,  diálogos entre personajes arquetípicos: entre el oficinista y su jefe, entre padres e hijos, entre marido y mujer, entre médico y paciente.

Una madre consternada consulta al pediatra sobre su niño:

—Estoy preocupadísima, doctor, el nene se tragó un dólar.

El profesional de la salud la tranquiliza:

—No se preocupe, señora, va a bajar.

Noticia y billete, el dólar es también tema de conversación y objeto de inquietud .

Cada crisis cambiaria coloca a la sociedad argentina ante un abismo que amenaza abrirse y devorarnos. Con el frenesí de días, semanas o meses de atención colectiva y angustiosa colocada en el mercado de cambios, no solo la economía cruje. Durante ese período, la prensa, los economistas y los políticos repiten un interrogante que inquieta a toda la sociedad: ¿por qué los argentinos se desvelan por el dólar? La pregunta nunca pareciera haber encontrado una respuesta a la altura de las circunstancias. De ello deja constancia, desde hace algunas décadas, su retorno cíclico (…).

Ya en el final del recorrido que propusimos a lo largo de estas páginas, queda claro que hemos tomado distancia por igual de dos interpretaciones mayores que durante la última década buscaron una razón suficiente que diera cuenta de la pertinaz preferencia argentina por el dólar. Por un lado, de las visiones economicistas, instrumentales, que ven en la opción por la moneda estadounidense una estrategia racional para “salvarse” de la depreciación del peso. Una “huida hacia el valor” frente al avance de la inflación y la ausencia de otros recursos para “proteger” los ingresos o el patrimonio acumulado. Por otro lado, de las lecturas culturalistas, para las cuales buscar y comprar dólares en coyunturas en que esta opción no es necesariamente la inversión más rentable da prueba de que un rasgo casi irracional, precisamente de índole cultural antes que económica, está firmemente instalado en parte de la sociedad argentina. Estabilizadas durante el período del cepo como argumentos antitéticos, ambas miradas habían llegado a existir y después coexistido desde mucho tiempo atrás. Una u otra se imponía, con peso dispar, según diferentes coyunturas de crisis.

Pese a ser recurrentes, ni una ni otra explicación da cuenta de la persistencia del dólar en los repertorios financieros de los individuos ni de la continuidad de su rol protagónico en la sociedad argentina en el sentido más amplio. Un motivo de esa insuficiencia e insatisfacción deriva de que una y otra explicación antitética conciben la “preferencia por el dólar” como un asunto que atañe exclusivamente a las transacciones económicas.

Este libro propone otra lectura.

Al hablar de esa predilección nacional por el dólar buscamos echar luz, en primer lugar, sobre la historia y la consiguiente historicidad de su popularización. Fue un proceso desplegado en el largo plazo lo que en la Argentina dio su especificidad social y política al dólar y, por extensión, al mercado cambiario. En las coyunturas críticas de 2018 y 2019, tal como se había observado en muchas crisis anteriores, el mercado cambiario se ubicó en el centro de la escena política y en la primera fila de las preocupaciones del público. El dólar se ha vuelto, como resultado de este proceso continuo, una institución política argentina, y es posible hablar de él en estos términos.

Las relaciones y apuestas políticas se ven mediadas por la cotización del dólar, al tiempo que las relaciones y apuestas en el mercado cambiario se encuentran atravesadas por las expectativas políticas. Las respuestas contrapuestas y prevalecientes que atribuían la afición argentina por el dólar sea a una justificada estrategia de defensa que hallaba en el dólar un natural refugio, sea a una poco justificable conducta desviada presa de un vicio obsesivo, nos generaban incomodidad e insatisfacción. La hipótesis política, en cambio, sugiere explorar cuáles son las prácticas y las representaciones que produce la relación con el dólar.

El aprendizaje de un repertorio financiero basado en la articulación de distintas monedas supone poder hacer cuentas, pagar y ahorrar, pero también imaginar y proyectar en varias unidades a la vez: en nuestro caso, ante todo el peso y el dólar. Desplegado y estimulado al calor de situaciones críticas, este aprendizaje frecuente y reiteradamente sorprende a los observadores externos. “¿Cómo hacen para vivir así?”, la pregunta de una visitante extranjera de paso por Buenos Aires en junio de 1989 se había oído antes y se volvió a oír una y otra vez después.

Esta socialización brinda a las personas unas herramientas y un instrumental crítico que les permiten orientarse y moverse en contextos inestables. Adaptarse a circunstancias cambiantes, e incluso volver rentables esas alternancias de inestabilidad cambiaria, obtener ganancias nada despreciables en ellas y aun a partir de ellas. Todo este entrenamiento acumulado a lo largo del tiempo constituye, en sí mismo, un gran capital cognitivo y simbólico: un bagaje de conocimientos y prácticas.

En contextos sucesivos y diferentes, como la hiperinflación de 1989, la salida de la convertibilidad en 2001, el cepo del kirchnerismo hasta 2015 o la posterior maxidevaluación del macrismo, ese training sirvió de brújula para navegar tormentas. Esencialmente, saber cómo moverse en un contexto de pluralidad monetaria supone ganar autonomía: las reglas aprendidas permiten ampliar los márgenes de acción frente al Estado y al sistema financiero, vincularse y, al mismo tiempo, escapar de ellos.

En distintos momentos críticos, durante el largo período que revisamos aquí, funcionarios, periodistas y expertos en economía buscaron desplazar al dólar del centro de los debates. Argumentaban que, en definitiva, era una cuestión que preocupaba solo a una restricta minoría de argentinos –aquella que podía comprarlo, o venderlo–. La célebre frase de Perón: “¿Han visto alguna vez un dólar?”, fue replicada con mil matices en muchas ocasiones, tanto por quienes se declaraban herederos como por quienes se reconocían detractores del General.

Los hechos, sin embargo, se empecinan en demostrar lo contrario: el dólar argentino es pasión de multitudes, interés de mayorías. Si esto es así, no se debe solo a la fortaleza relativa de la moneda estadounidense en comparación con el peso argentino, sino además, y sobre todo, a que el dólar ha proporcionado consistentemente un artefacto de interpretaciones viables de la realidad nacional. Los actores políticos, pero también el gran público, encuentran en la cotización de esta divisa un indicador legible y creíble para evaluar la performance del gobierno y para estimar el futuro electoral del oficialismo o de la oposición.

Preguntado por una periodista respecto al aumento del dólar, un comerciante de Crovara y Cristianía, en el corazón de La Matanza, una zona que en 2001 fue epicentro de los saqueos, profetizaba sin mucha vacilación en agosto de 2018: “Ahora probablemente vengan los saqueos”. Para este comerciante, la alteración en el valor de la moneda estadounidense representaba, sin duda, un dato relevante que permitía inferir efectos y aun anticipar el porvenir con un grado confiable de certeza. La atención que prestaba a su cotización era independiente de la presencia o incidencia del bimonetarismo en sus finanzas personales. Antes bien, daba cuenta de la apropiación de ese valor numérico como un dato político con consecuencias muy anticipables, a la vez que muy alarmantes para su vida.

Cuando a fines de 2018 la acción conjunta del gobierno y del Banco Central logró alcanzar una meseta de provisoria estabilidad cambiaria, varias encuestas registraron una mejora en la imagen de la presidencia de Mauricio Macri. La primera mejoría después de la caída estrepitosa tras las corridas del dólar a mediados de ese año. Pocos meses después, ya al año siguiente, nueva corrida cambiaria mediante, las mismas encuestadoras pusieron en duda el proyecto de reelección y aun insinuaron su plausible derrota en el balotaje de noviembre. El mercado cambiario se convirtió en una arena central de la campaña electoral de 2019, y parecía demostrar que su recurrencia en esta posición era tan esperable como inevitable.

Después de un largo proceso de sedimentación, según la narrativa que hemos desarrollado en este libro, la moneda norteamericana ha pasado a formar parte de la cultura económica argentina. Vale decir, de los modos locales de hacer, pensar y tratar la economía. Ahora podemos concluir que esta sedimentación ha sido también política.

El dólar es un dispositivo de interpretación para evaluar una realidad en continuo movimiento y, por momentos, profundamente inestable. Difícilmente podríamos dejar de lado o renunciar a este recurso al dólar sin que ello no significara también correr el riesgo de perder o de ver disminuida esa capacidad aprendida de interpretación y acción política. Podría pensarse que otros números públicos también funcionan en nuestro país como indicadores a la vez económicos y políticos. El índice de inflación es el primero de ellos, o al menos uno de los más relevantes en la historia argentina. Sin embargo, pese a su efectiva relevancia a la hora de evaluar la performance de los gobiernos, esa cifra –como otras medidas técnicas– no reúne las mismas propiedades que la cotización del dólar.

La evolución del precio del dólar permite formular el diagnóstico de un determinado estado de situación. Y de esta valoración, a su vez, se pueden derivar orientaciones para la acción.

Aquí queda de manifiesto qué separa la relevancia del dólar de la referencia a la inflación. Y es que el dólar, en tanto moneda, constituye de por sí un medio para actuar. En otros términos, en contextos de turbulencia financiera, es un artilugio que detecta un problema y a la vez señala una estrategia para su solución.

Tras décadas de popularización, la opción de salir del problema (o evadirse de él) vía el dólar resulta familiar, sencilla y además relativamente inmediata. Tanto como ir hasta la calle San Martín, en la City porteña. O como entrar, en nuestros días ya sin cepo, al home banking desde una aplicación móvil. Cuán efectiva, racional, rentable resulte esa salida en el largo o mediano plazo es algo discutible. Algo que solo será evaluable a posteriori. En medio de la tormenta, permite “hacer algo” o al menos imaginar que hay algo que es posible hacer.

El dólar, resistente drama nacional

El horizonte de 2019 ha puesto patas para arriba la narrativa didáctica que Macri había propuesto a la sociedad respecto del dólar. Desde la campaña electoral de 2015, cuando estaba en la oposición, la alianza Cambiemos había caracterizado e interpelado a quienes atesoraban (o buscaban atesorar) dólares como portadores de derechos inalienables avasallados por un gobierno populista. Prometieron en campaña e implementaron, una vez en el gobierno, medidas que permitirían que el mercado cambiario volviera a funcionar “normalmente”. Es decir, sin la regulación del Estado. En su origen, el PRO –fuerza que encabeza la alianza oficialista en 2019– está directamente entrelazado a las consecuencias políticas de la crisis de 2001. También en otro punto el partido del presidente Macri resulta heredero de aquella crisis: en la marca y el giro que la coyuntura de 2001 imprimió a la popularización del dólar. Cuando se produjo la salida de la convertibilidad fue cuando por primera vez grupos movilizados articularon demandas de derechos que encontraban en el dólar su referencia fundamental.

Una década más tarde, un ala de ese espíritu sobrevoló las protestas contra el cepo cambiario. Cuando advirtió que se hallaba frente a esta nueva etapa de la popularización del dólar, Cambiemos supo sacar ventaja electoral de ella.

En el gobierno, esta alianza liderada por el PRO confió en que bastaba con restaurar como derecho inalienable la compra de moneda extranjera y con eliminar toda restricción a la entrada y salida de capitales para ya no sufrir nunca más traiciones en el mercado cambiario. Los últimos meses mostraron cuán injustificada y precipitada había resultado esa confianza. Brutal, la realidad dejó al descubierto cuán vulnerable es la economía local a los vaivenes de la economía internacional. La liberalización favorecida e implementada en estos años no hizo más que acentuar esa debilidad.

Quedaron al descubierto los severos límites con que se choca una política basada exclusivamente en dar “señales a los mercados” a la hora de atraer una anhelada “lluvia de inversiones”. Sobre todo, de manera despiadada para el actual gobierno, como también para el resto de los actores políticos, la “preferencia” de los argentinos por el dólar demostró ser post ideológica.

La autonomía conquistada a través de los usos de la moneda estadounidense no admitía diferencias entre posicionamientos políticos ni respetaba pactos estratégicos. El dólar dotaba de una ubicuidad que el peso jamás podría garantizar: colocarse fuera del alcance del Estado y de sus quebrantos. Esta autonomía reactualiza la historia de un drama que es tan nacional como el dólar.

A lo largo de tres cuartos de siglo, al mismo tiempo que habilitó una vía de escape individual en el horizonte de crisis económica y empantanamiento del Estado para resolverla, el dólar se convirtió en una amenaza y en un obstáculo para la consolidación de cualquier proyecto de desarrollo socialmente inclusivo y sostenible en el tiempo. Las oportunidades que democratizó fueron protecciones individuales desconectadas de todo proyecto colectivo.

La historia del dólar como moneda nacional es la historia de una sociedad en la que la preservación individual y el abismo colectivo se alimentaron una y otra vez en un drama aún irresuelto. Su resolución es un enigma para todo proyecto político que aspire a la construcción de otro futuro para nuestra sociedad.

Datos sobre los autores

Mariana Luzzi es doctora en sociología, invesgtigadora del Conicet y profesora de la UNGS.

Ha publicado sobre problemas vinculados al uso y significados sociales de la moneda y el dinero.

Ariel Wilkis es doctor en Sociología, profesor en la Unsam y decano del Instituto de Altos Estudios Sociales (Idaes).

Ha publicado, entre otros libros, Las sospechas del dinero: moral y economía en el mundo popular.


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