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EDUCACIóN / El oficio del sociólogo
domingo 26 mayo, 2019

Entre la academia y la profesión: el legado del sociólogo Manuel Mora y Araujo

A dos años del fallecimiento del sociólogo Manuel Mora y Araujo su obra es una invitación a repensar el abordaje con el que hoy analizamos a la Argentina y a la opinión pública. Su dimensión académica y profesional, complementada con su calidez y generosidad, influyeron en muchas generaciones de sociólogos y profesionales.

por Leandro Bruni

Manuel Mora y Araujo. Foto: CEDOC.
domingo 26 mayo, 2019

Hace dos años una de las mentes más lúcidas del país dejaba tras de sí a toda una generación de sociólogos y especialista en opinión pública quienes, directa o indirectamente, se formaron con sus enseñanzas. Graduado de Sociología en la Universidad de Buenos Aires, con una extensa formación de posgrado tanto en Argentina como en el exterior, se trató de un intelectual que supo articular sus dos pasiones: la academia y el ejerció de la profesión. Un 26 de mayo del 2017 fallecía Manuel Mora y Araujo.

En su persona condensó dos características poco frecuentes. Por un lado, adquirió el reconocimiento por parte de la comunidad académica no solo al dedicarle gran parte de su tiempo a la investigación científica y a la docencia, actividad que lo acompañó hasta sus últimos días dando clases, entre otros ámbitos, en el posgrado en Opinión Pública y Comunicación Política de FLACSO, sino también llevando sus estudios al plano profesional y fundando una de la consultoras y encuestadoras más prestigiosas del país, Mora y Araujo & Asociados, hoy Ipsos-Mora y Araujo. Por otro lado, es recordado por su entorno y quienes lo frecuentaron como una persona generosa, dispuesta al disenso y sobre todo con una predilección por los debates intelectuales y contrapuntos.

“Se ufanaba, y vaya si podía, de tender puentes entre el mundo académico y el campo de la práctica profesional. Tomaba muchos recaudos para respetar a rajatabla la confidencialidad del cliente pero siempre utilizaba los casos prácticos para ejemplificar sus clases, sus disertaciones y sus artículos en los medios” recuerda Paula Fernández, Directora de Mora y Araujo Comunicación Institucional entre 1998 y 2014.

Resulta una tarea muy difícil –a la vez que innecesaria- escindir al intelectual y profesional de la opinión pública, de la persona. La mayoría de los argentinos y lectores a nivel internacional tendrán solo la posibilidad de conocerlo a partir de su producción literaria, estudios científicos y columnas periodísticas. Pero algunos, también conocieron a aquel anfitrión que disfrutaba de agasajar a sus invitados con platos elaborados por él mismo.

“En una ocasión nos invitó a su casa para festejar fin de año y nos avisó que iba a cocinar risotto, un plato que le gustaba mucho. Nos había aclarado en repetidas ocasiones que “el risotto no espera a los invitados, sino que los invitados esperan al risotto”. Se enojó bastante cuando uno de los invitados llegó tarde y el arroz se le pasó” comenta Breda Lynch, actual Directora de Public Affairs en IPSOS Argentina y colega de Manuel.

El oficio del sociólogo

Como sociólogo, sus estudios se caracterizaron por la incesante búsqueda de “lo relevante”, lo cual –como él mismo diría- “los cambios más relevantes no siempre son evidentes; a menudo son imperceptibles para la mirada de la mayoría”.

“los cambios más relevantes no siempre son evidentes; a menudo son imperceptibles para la mirada de la mayoría”

El contexto en el que Manuel desarrolló, no solo sus estudios académicos, sino también su labor profesional analizando la opinión pública y el mercado, suele ser considerada como el quiebre entre dos épocas. En los últimos 30 años del siglo XX, es decir desde mediados de 1970 hasta los albores del nuevo milenio los analistas suelen coincidir en que tuvo lugar una progresiva y sostenida transformación de la sociedad occidental. Es a partir de dicho paradigma que Mora y Araujo sostiene que “la sociedad cambia más rápidamente que la política”, algo que no ocurría en las décadas previas, y al transcurrir los años posteriores comenzaríamos a desmenuzar sus características. Sin dudas un desafío analítico para los estudiosos de la materia.

A partir de sus encuestas, Manuel entendió que “la cultura está despojando al ámbito público de los elementos ideológicos que fueron durante largo tiempo el armazón dentro del cual funcionaba”. Lo que conmovía a los electores en el siglo XX giraba en torno a los “discurso de las consignas ideológicas, la militancia, los ideales que adoptan un tono místico”, pero en la actualidad, aunque “la política todavía está impregnada de esas cosas”, eso “ya casi no conmueven a nadie”.

El poder de la comunicación

En sus largos años como columnista de Perfil, el análisis de Manuel sobrevoló diversas experiencias de gobierno, de diferentes signos políticos. En la mayoría de ellos el diagnóstico sobre la comunicación y el poder terminó siendo el mismo: existe una tendencia por parte de los gobernantes en sobredimensionar el poder de la comunicación, otorgándoles una omnipotencia que no siempre es tal.

La comunicación “es el conducto a través del cual las comunidades humanas construyen su identidad y crean una estructura social” y si bien “muchos fenómenos de liderazgo político en la historia han sido asociados a la presencia de un comunicador eficiente” nunca hay que desestimar el rol que tienen las personas en el proceso comunicativo. Como afirma Manuel “los seres humanos siempre pensaron lo que pudieron pensar, siempre bajo algunas influencias, siempre con su propia capacidad de formar opiniones y siempre –antes y ahora– condicionados por la información de la que disponen y por las opiniones prevalecientes en el ambiente en el que viven”. En ese contexto, y como señala en su célebre El poder de la conversación (Editorial Crujía, Grupo Editorial Parmenia), lo imprescindible en la comunicación es que “la gente hable de uno, estar en la boca de los interlocutores en las conversaciones cotidianas. Descubrir cuál es la manera más conducente para lograr ese propósito sigue siendo la clave de una buena comunicación, y eso es un arte, esto es, exige mucha creatividad y flexibilidad, no la aplicación de recetas”.

“los seres humanos siempre pensaron lo que pudieron pensar, siempre bajo algunas influencias, siempre con su propia capacidad de formar opiniones y siempre –antes y ahora– condicionados por la información de la que disponen y por las opiniones prevalecientes en el ambiente en el que viven”

Para él, el rol del sociólogo no consiste en forzar a que la realidad sea como a uno le gustaría. Ese es sin duda el rol de un político, de un militante o de un líder social. Quienes se dedican a estudiar a la opinión pública tienen, ni más ni menos, que poder dar cuenta de lo que es, es decir, aquello sobre lo que la gente está opinando y que, según el sociólogo, tiene algún correlato informativo.

Como desarrolla en La Argentina bipolar (Sudamericana), en la mente de las personas hay “imágenes”, las cuales –sostiene Manuel- “pueden crearse sobre la base de noticias, percepciones, rumores o primeras impresiones, o puede existir previamente y ser insensible a una nueva información. Las imágenes no son verdaderas ni falsas, simplemente son”. 

“En una ocasión fuimos con Manuel y el equipo a presentarle los resultados de una investigación de líderes a Víctor Alderete, en el PAMI. Al escuchar los informes nos pidió cambiarlos porque no le gustaban los datos que arrojaba el relevamiento. Acto seguido Manolo se paró y nos retiramos sin más. No cobró por ese trabajo y se jactaba de no haber cambiado jamás un dato” comenta Fernández, dando cuenta de su compromiso con la objetividad.

Sociólogo, maestro, fundador de la consultoría política en Argentina, colega, profesor, pensador, amigo, esposo, padre, las facetas que Manuel desplegó en su vida son, junto con su producción escrita, el legado vigente.

*Politólogo y docente (UBA) @leandro_bruni (https://twitter.com/leandro_bruni)


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