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EDUCACIóN / NUEVAS MIRADAS / Entrevista a Daniel Cabrera, docente UBA y FLACSO.
domingo 12 mayo, 2019

La ciencia de anticipar nuestras elecciones

El autor de Margen de error (EUDEBA) realiza un exhaustivo análisis sobre los pronósticos electorales realizados desde la recuperación democrática y comparte algunas definiciones para repensar el rol de las encuestas en las contiendas políticas actuales.

por Leandro Bruni

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domingo 12 mayo, 2019

“Las encuestas no sirven para adivinar el futuro pero sí para conocer los múltiples y complejos sentimientos y actitudes que influyen en los comportamientos de la gente”, señalaba Jaime Durán Barba el domingo pasado en las páginas de este diario. Con el correr de los tiempos, las técnicas para anticipar definiciones en relación a las preferencias de los votantes en el cuarto oscuro se han complejizado, profesionalizado y, por sobre todas las cosas, se ha diversificado su utilización como herramienta para comprender los contextos y la temperatura de los escenarios electorales.

En el plano más práctico, Daniel Cabrera, politólogo y docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), en Margen de error (EUDEBA) se ha dedicado a estudiar y analizar 369 pronósticos electorales de 124 elecciones desde la recuperación democrática en Argentina. En diálogo con el suplemento Educación, el autor del libro destaca como primer dato que “más del 70% de los vaticinios resultaron razonablemente acertados”. Pero más allá de los aciertos y errores, Cabrera nos brinda algunas claves para comprender la evolución del uso de las encuestas y el rol que cumplen como herramienta de comunicación política. 

¿Para qué sirven las encuestas?

Las encuestas sirven, básicamente, para obtener información. La encuesta es un conjunto de procedimientos rigurosos y sistemáticos que se emplea cuando se quiere investigar algún aspecto desconocido de poblaciones de gran tamaño, lo que supone buscar regularidades e intentar aproximaciones a los fenómenos que se examinan. Una encuesta puede llegar a ser una muy buena foto, y como todo retrato, implica un enfoque específico que no podrá captar la totalidad. Además, una nueva foto puede volver vieja la anterior. Varias encuestas sucesivas disminuyen en parte la limitación temporal: no conforman una película pero de ellas puede elaborarse una tendencia.

En épocas electorales las encuestas están en auge. ¿Considerás que es justo lo que se les exige en términos de “pronóstico”?

Elaborar un pronóstico implica comprender y aceptar que la memoria es frágil, que no siempre queremos aceptar el presente y que la mayoría de las veces no sabemos qué haremos en el futuro. En estos términos, no cabe exigir demasiado. Por otra parte, nuestras decisiones a futuro se vuelven cada vez más coyunturales y somos menos predecibles. En términos electorales, las fronteras ideológicas entre los partidos y los candidatos son cada vez más difusas, y nuestras decisiones dependen mucho de cómo vemos el día a día. Además, venimos de tantos fracasos que cuesta creer en alguien: optamos por el mal menor y nuestro voto parece ir dirigido a que no gane el adversario. Es decir, cambian nuestras formas de conducirnos y nuestras maneras de elegir, pero las preguntas que hacen las encuestas siguen siendo las mismas. Como si esto fuera poco, una encuesta no habla, y mucho menos los números hablan por sí mismos. Los datos que surgen de una encuesta son inevitablemente interpretados por personas que tienen su propio enfoque de las cosas. El pronóstico lo elabora un analista, que emplea los datos que surgen de la encuesta como insumo generalmente principal, pero nunca como único insumo.

El pronóstico, por otra parte, convive y surge como corolario de una composición de lugar, de una caracterización del contexto que la encuesta está evaluando. Es información que, bien utilizada, puede modificar el escenario y, por lo tanto, volver inútil el pronóstico.

Algunos analistas han caracterizado esta época como una “democracia de encuestas”, donde la dinámica la rige la opinión pública. ¿Qué pensás de esta caracterización? ¿Creés que las encuestas son una herramienta válida para orientar la gestión pública?

La caracterización me parece un poco exagerada, aunque es cierto que muchos políticos y otros tantos expertos se basan excesivamente en los datos que proporcionan las encuestas, como si no existiera otro tipo de información.

La opinión pública es un actor central en cualquier democracia, pero hay que dejar en claro que encuesta no es sinónimo de opinión pública. Se puede relevar una parte de lo que la opinión pública piensa a través de encuestas, pero, como vimos, con fuertes limitaciones.

En este sentido, aun con restricciones es muy conveniente que los gobiernos evalúen el estado de la opinión pública para orientar sus decisiones, siempre que no se basen éstas exclusivamente en lo que piensa la opinión pública, y menos si sólo se utilizan encuestas para saberlo.

En estos 36 años de democracia y de hegemonía de las encuestas y sus pronósticos, ¿dirías que el saldo es positivo? Es decir, ¿“le pegaron” o no?

Tengo hecho un estudio que desarrollo en el capítulo 6 de mi libro Margen de Error, que evalúa las predicciones electorales surgidas de datos de encuestas desde 1985 hasta 2015. El resultado del estudio es contundente: más del 70% de los vaticinios resultaron razonablemente acertados. En cuanto a los que no “le pegaron”, hay más ruido que nueces. Los vaticinios erróneos fueron pocos pero muy promocionados (por la prensa).

En los últimos años las encuestas pasaron de ser hechas presencialmente (cara a cara), por teléfono, por internet, por Facebook, por WhatsApp. ¿Cuál creés que es el futuro del oficio del encuestador? ¿Es necesario volver a métodos anteriores?

Acá reside uno de los aspectos que recortan las capacidades de las encuestas. Ningún método es perfecto. No todas las personas tienen Whatsapp ni Facebook ni internet, y ni siquiera teléfono. Por otra parte es muy difícil y costoso conseguir un listado completo (sin omisiones) y actualizado de usuarios. Y, en algunos casos, esos registros ni siquiera existen.

Como si esto fuera poco, bajo varias de estas modalidades no puede pensarse en la participación de un encuestador. El perfil identitario del encuestado queda en una nebulosa grave. No hay garantías mínimas respecto de la veracidad de datos básicos de los encuestados.

La presencia de un encuestador ofrece precauciones importantes para la confiabilidad de los datos, y esto solo se logra en las encuestas cara a cara. Dentro de esta modalidad, que es la que más recursos humanos y económicos requiere, sólo la entrevista domiciliaria brinda garantías para desarrollar una muestra amplia y representativa. Pero es la opción más costosa. Siempre lo fue, pero la inseguridad o sensación de ella, imperante en las grandes ciudades en los últimos años, adiciona un problema más a los que ya se verificaban en las grandes urbes. Una alternativa intermedia es la encuesta en vía pública. Encuestadores situados en lugares y momentos estratégicos abordan a personas que por allí circulan. Si se toman ciertos recaudos, pueden obtenerse muestras confiables. El futuro del oficio estará en elegir, en cada circunstancia, el mecanismo más adecuado.

 

 

*@leandro_bruni, Politólogo y docente (UBA)

 


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