Así, mientras América Latina lamenta sus miserias generales, el interlocutor extranjero cultiva el sabor de esa miseria, no como síntoma trágico, sino apenas como dato formal de su campo de interés.
(Glauber Rocha, “Estética del hambre”, 1965)
Hay un parteaguas indiscutible, en el sentido de que no hay número que resista análisis en contrario: la dictadura de la desaparición de personas. Desde entonces, cada vez que los sectores medios y populares pierden poder adquisitivo, condiciones laborales y soportes colectivos (educación, salud, transporte, obra pública), solo se recuperan intermitentemente y siempre por debajo de lo ya descendido. Entre la resignación y la bronca, entre la esperanza y el espíritu de lucha, experimentamos, en nuestra historia reciente, momentos intensos de creatividad social como el que tuvo lugar entre mediados de los 90 y 2001, corrientes antipolíticas fundamentalmente reactivas, como la que podemos ubicar de 2001 hasta nuestros días y, en ese mismo lapso, creencia en un Estado redivivo, una mística capaz de acompañar ampliación de derechos y pagos millonarios a acreedores externos.
Corrió agua bajo un puente que hoy parece roto. Lo que antes fue gesta hoy aparece como estigma. Y el enojo legítimo con el Estado, los políticos, el país, asociado a momentos precisos, hoy parece cristalizado como verdad de tontos, sectores que, para colmo, no van hasta las últimas consecuencias de su rechazo a lo político, sino que delegan su estado de ánimo en lo más rancio que supo dar la política argentina: el gobierno de Javier Milei. Cuando la pendiente no parece encontrar su contrapendiente, el miserabilismo se instala como una forma de ser, como una disposición. Entonces, los cuchicheos sobre las personas que merodean la basura para encontrar alimentos dudosos circulan entre pelagatos y poligrillos, la estridencia que tuerce gestos y el falso asombro por la caída en desgracia del vecino muerden el sistema nervioso de las próximas víctimas de un país que se achica. Pero las formas de evitar la mirada frontal al problema –justo cuando el malestar podría alimentar cierto espíritu de lucha– no son pocas y las justificaciones están a la orden del día, incluso a un click de distancia.
Quien aspiraba a pertenecer a la clase media en la Argentina sabía la diferencia entre un dulce de leche de buena calidad y uno mediocre, dónde se compraban las mejores facturas, cómo sabía una pizza bien hecha. Todavía se escucha a una generación repetir entre la nostalgia y el autoengaño esos cuasidictámenes normativos. Como ocurre con la clásica distinción entre ser y deber ser: no importa tanto que uno pueda acceder a la verdadera torta de ricota, sino que sepa dónde se consigue; para decirlo kantianamente, importa la orientación. ¿Vivimos un tiempo de desorientación terminal? Entre quienes se resisten y quienes se adaptan se reparten el ingenio y las opciones facilistas, subjetividades más cercanas a la pillería y espíritus disponibles al ofertorio de la época. Una época, por cierto, que no distingue entre cándidos y resignados. Mientras tanto, ante semejante estado de cosas, hay al menos dos apropiaciones o capturas que en los últimos años se hicieron patentes. Por un lado, la moralización; por otro, la monetización.
Hablando de moralización, en nuestro país la apelación a un sacrificio necesario, como contrapartida de una indebida fiesta pasada, se correspondió con la idea de que los sectores populares vivían por encima de sus posibilidades, que lo barato era ficticio, que la precaria saciedad de necesidades básicas debería ser considerada un lujo impropio, por eso se habló de “sinceramiento” para justificar un ajuste. Más tarde, se insistió en que, producto de ese despilfarro, “no hay plata”, para justificar, así, una nueva etapa de privaciones y redistribución al revés. Enunciados otrora ofensivos hoy disciplinan, actúan como una voz de orden en un país en el que nadie quiere admitir que vive en la pobreza.
En el marco de atmósferas miserabilistas como la que nos toca en esta coyuntura, suele proliferar la resignificación de la malaria, su representación jocosa y “creativa”. Así, la imposibilidad creciente de alquilar una vivienda, la dificultad para las familias de contar con unas vacaciones amables o, directamente, el hambre rampante, se vuelven temario para notas de color, caricaturas bonachonas y sospechosamente nobles. En Clarín, entre 2016 y 2019, se leían titulares como “Crece la moda de alquilar con otras familias, para gastar menos y compartir el verano”, “Vivir en comunidad: para gastar menos, dos de cada diez alquileres ya se comparten”, “Lanzan un manual para aprender a no desperdiciar tanta comida”, “Pasiones argentinas. La decencia de los que buscan comida entre la basura”, y así.
Que se cocinen en su propia salsa. Pero si de monetización se trata, en la Argentina actual, donde la mirada caritativa y el silenciamiento hipócrita son reemplazados por el rechazo explícito de todo principio de empatía, desembarca la aplicación Cheaf, que propone una forma eficiente de comercialización de alimentos por vencer. A mediados de 2020, Kim Durand, un francés formado en ingeniería aeroespacial, fundó la app, cuyo propósito, según su página web, consiste en “conectar” negocios alimentarios que tienen excedentes de comida (supermercados, restaurantes, panaderías, etc.) con personas dispuestas a consumir esa comida, cercana a su fecha de vencimiento, por un conveniente descuento. Durand, ex-General Manager de UberEATS, promociona su aplicación como una suerte de activismo contra el desperdicio de alimentos y propone a los nuevos hambrientos convertirse en rescatistas de esa comida acechada por la podredumbre. Como suele ocurrir con las apps, su propuesta es de doble entrada, ya que, además de contar con una opción para usuarios acorralados por el hambre, propone a los negocios de alimentos afiliarse como “una excelente oportunidad para reducir el desperdicio, ganar ingresos extra y atraer nuevos clientes”. Está claro que Cheaf no es una entidad benéfica, “el modelo de negocios es de Marketplace, con un cobro de comisión al comercio que realiza la venta”. La lógica financiera que rige las formas de valorización de las aplicaciones tiende a separar el momento de la captura de saberes, necesidades y acciones de usuarios y clientes (lo que da carnadura y oficia como insumo básico, sin mediar remuneración) del momento en que los accionistas retiran sus dividendos.
Se trata de un fenómeno de época y, en ese sentido, la sola mirada ideológica no podría agotar su comprensión. De hecho, la difusión de la llegada de Cheaf a nuestro país no se limitó a los espacios más previsibles, sino que tomó buena parte del segmento tradicionalmente “progresista”. En un contexto de avance corporativo sobre nuestros recursos naturales a costa de los ecosistemas, suena algo incongruente el argumento sobre los beneficios ecológicos; en todo caso, bastaría conversar con un puñado de compatriotas para, sin la necesidad de hacer focus groups, advertir que el potencial de la aplicación en una sociedad como la nuestra no tiene tanto que ver con la “conciencia ambiental”, sino con la capacidad de rebusque de los argentinos. En ese sentido, un desliz del CEO de Cheaf parece mejor entonado que el pomposo argumento ambientalista: “Además, con la situación económica, puede ser una opción muy conveniente”.
El sabor de la eficiencia. Dispositivos como la app que rescata alimentos como víctimas del tiempo capturan necesidades reales, incluso urgencias, y despliegan formatos de relación contribuyendo a forjar un tipo de subjetividad. En el fondo, una propuesta como la de Cheaf parece disfrazar la ingeniería de un tipo de ser humano a medida de la creación de un determinado mercado, bajo la máscara de una descripción “desapasionada”, “objetiva” o “realista” de los comportamientos. Se presenta como una redistribución de recursos a partir del método y de la tecnología más eficientes para llevarla a cabo. No aparece como un tema político o ético y no sería necesario preguntarse por las causas y complejidades de eso que es visto como un simple desacople entre “excedente de comida”, por un lado y, digamos, faltante de alimentación, por otro. En una entrevista Durand, haciendo gala de un español perfectamente inteligible para la teleaudiencia mexicana (¿su principal mercado?), plantea que Cheaf adquiere legitimidad gracias a sus tres millones de usuarios. No es ingenuo su comentario y, de hecho, deja ver una inteligencia política capaz de leer un momento histórico en el que las formas de legitimación están cambiando.
La posibilidad de imaginar cualquier problemática social como una cuestión de límpida distribución de recursos no es nueva, lo novedoso es la eficacia brutal de una tecnología para realizar ese imaginario (en el doble sentido de, en parte, provocarlo y, en parte, desplegarlo prácticamente). Se trata de una retórica potente, no por una formulación virtuosa, sino por su capacidad de calzar en un sentido común tan ejercitado en una suerte de matemática de la supervivencia y el regateo, como permeado por la voz de orden de la eficiencia como ratio última de todo lo que hacemos.
A su vez, el realismo digital pone en acto una suerte de transparencia conductual que se correspondería con lo “racional”, pretendiendo dejar atrás esa “irracional” humanidad a la que se le escapan cuestiones tan básicas como el hecho de, por un lado, comida que se tira, y por otro, que falte comida, que se traduce como hambre. De la suma cero a la cuenta razonable: el negocio que incrementa sus ganancias y el necesitado que accede al alimento. El peronismo no hubiese podido presentar con tanta claridad la armonía de clases. Aunque es menester aclarar que el peronismo es un fenómeno atravesado por el drama y la fiesta y su genealogía tiene que ver con la época de los mitos populares y una conflictividad que, lejos de ser escondida bajo la alfombra, fue asumida con artes y suertes diversas.
Al mismo tiempo, cada unicornio tecnológico abona una pedagogía y un imaginario emprendedor: cualquiera puede, con iniciativa y disciplina, con creatividad y unos pocos recursos de base, conectar el punto A con el punto B y resolver un problema de la humanidad. Una humanidad, ahora, de un solo problema: la correcta asignación de recursos. Es decir, no una humanidad, sino recursos que deben ser eficientemente dispuestos. Entre esos recursos, la mística emprendedora, pero también la pátina social, ecológica, resiliente de su presentación. ¡Que no sobre siquiera la solidaridad! Mejor convertirla en una aplicación para su rendimiento. Si cada quien interpreta correctamente su rol, la armonía estaría garantizada, aunque hay al menos dos variables sobre las que posar la atención. Por un lado, el hecho de que el fundador y CEO de Cheaf no es precisamente alguien que se alimente de comida a punto de pudrirse; por otro, que la completa positividad de la situación, el “mundo feliz” que vende, es especialmente vulnerable al descontento de los hambrientos, a su negativa a convertirse en rescatistas de esos pobres alimentos próximos a pudrirse sin ser saboreados por un espíritu próximo a vencerse.
Un supuesto recorre las apps: todo puede ser monetizado y si todo puede, todo debe ser monetizado. Además, todos pueden monetizar, solo se trata de un cambio de actitud. Para eso existen desde tutoriales hasta técnicas, terapias y consejerías que ofrecen la transformación personal como servicio. Desde el coaching, hasta nuevos breviarios como la PNL, el counseling o el mindfulness (practicado, por ejemplo, por la ministra de Capital Humano del gobierno de Milei, intimada por la Justicia para entregar alimentos que su ministerio tiene retenidos en perjuicio de los comedores). Se trata de ingenieros del alma –por lo tanto, el fin de la hipótesis del alma– en un mundo, finalmente, de ingenieros que se vuelven coaches o CEOs. ¿Son los verdaderos ingenieros del caos?
Funcionar hasta que duela. El juego de inversiones deja ver, al mismo tiempo, una vieja dialéctica y un tiempo histórico específico como el nuestro. Así, los que no tienen para comer se vuelven “apasionados” en la búsqueda de alimentos entre la basura, quienes no llegan una canasta básica son potenciales beneficiarios del manual para no desperdiciar comida, los jóvenes que, más allá de su formación y esfuerzo, son víctimas de un mercado inmobiliario desregulado son protagonistas de un nuevo afán comunitario, y para los sectores medios que experimentan la crónica de una caída anunciada hay una app que, lejos del rescate por parte de una institución pública, les propone convertirse ellos mismos en “rescatistas” de alimentos a punto de vencerse. ¿Qué es lo que está realmente a punto de vencerse?
En ex-Twitter, puede verse a personas más y menos influencers, unpackeando su bolsa de sorpresas… Porque faltaba un detalle: los usuarios no eligen sus alimentos, sino que reciben una bolsa con lo que el negocio dispone. ¿Una especie de Caja PAN (en 1984, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, el Congreso aprobó el Programa Alimentario Nacional por la emergencia social que había dejado la dictadura de la desaparición de personas. Se trataba de una caja de alimentos básicos seleccionados por el propio Estado a través de especialistas en nutrición) de las plataformas virtuales? Como corolario, montones de usuarios imitando el gesto de los influencers, pero gratuitamente (sin pelos en la lengua: trabajando gratis, una vez más, para la aplicación). Si, como reza el dicho popular, “somos lo que comemos”, qué decir mientras aceptemos que trabajamos para las sobras y que estamos más cerca de comer del tacho de basura que de la mesa.
Nomuy lejos de aquella “modesta proposición” de Jonathan Swift, según la cual los campesinos irlandeses deberían vender a sus hijos a los terratenientes inflexibles con el precio del alquiler, para comérselos; en la serie Pluribus (Apple TV), su protagonista, Carol, comienza como una heroína de otros tiempos, que refiere al mundo en términos morales antiguos cuando llama a los sobrevivientes de un virus que convierte a las personas en seres estúpidamente felices, “traitors to the human race”. A cierto punto, se entera de que se están utilizando humanos como parte de un nuevo procesado alimenticio y, cuando encuentra a otro sobreviviente, uno que, de hecho, pretende sacar partido del nuevo orden de cosas, e intenta advertirle sobre lo que pasa, se encuentra con una respuesta desprovista de sorpresa: “Ya lo sabía”. En un paso de comedia negra, el personaje le comparte una presentación en video hecha por John Cena que explica, en un tono cordial y corporativo, que esa es la solución más eficiente al problema de nutrición que están enfrentando. La reacción del adaptado no contiene nada del horror que, como espectadores, estaríamos seguros de experimentar; simplemente le parece “preocupante”. El horror de ayer es hoy una mera incomodidad. ¿Es la incomodidad, aunque lánguida, el umbral entre la posibilidad de actuar y la funcionalidad?
¿Pero qué significaría actuar en nuestras condiciones? Lejos queda el mito según el cual el ser humano se vale de herramientas para construir y dar sentido al mundo. Hoy somos nosotros mismos funciones de un mundo digital al que venimos a prestarle brazos al interior de un armado tecnológico que cada vez funciona con mayor autonomía. Por eso, valores o sentidos como la solidaridad, la empatía, la gratuidad, parecen relegados a un terreno excedentario o incluso retardatario respecto al mandato del rendimiento y del funcionamiento. ¿Cómo se relacionan estas condiciones históricas con la cuestión de la comida? Por ejemplo,Javier Milei, habitante pleno de esta racionalidad, sostuvo en una entrevista, en tiempos de campaña electoral presidencial, que si fuera por él preferiría resolver el momento de la alimentación con píldoras, para así no perder tiempo en el ritual de la comida. ¡Ni hablar de compartir la mesa! La comida es para Milei, según sus propias palabras, “combustible para funcionar”. ¿Aparece en este imaginario el cuerpo como un segmento de la máquina, es decir, del puro funcionamiento?
Alternativas. Aun en tiempos aciagos como el nuestro, encontramos fuerzas que van a contrapelo y, de algún modo, tensionan este estado de cosas. En relación con la problemática alimentaria, cabe mencionar la labor de comedores sociales y comunitarios, en los cuales muchas personas actúan al calor de ideas y afectos diferentes. Donan tiempo, trabajo y alimentos. Se trata de una forma pagana de lo que antiguamente se conocía como Cáritas –derivada de “carus”: el amor y el deber hacia el otro, la estima, el afecto y el cuidado del semejante–. Es otra modalidad de “red social” que pone en relación panaderías, restaurantes, mercados de frutas y verduras que donan miles de kilos de alimentos por año, voluntarios que reciben, organizan y entregan esos alimentos, personas que cocinan, limpian y colaboran con otras tareas, talleristas, terapeutas, gente que simplemente acompaña. Muchos de estos comedores no solo no reciben el beneplácito de medios de comunicación y notas de color, sino que, por el contrario, son hostigados por la policía, perseguidos y reprimidos.
Las soluciones de otros tiempos al hambre de siempre no parecen hoy evidentes e incluso son pasibles de críticas legítimas en un momento histórico en el que resulta difícil saber de dónde proviene la legitimidad de las acciones colectivas. La Cáritas cooptada por las instituciones católicas, así como los distintos formatos de filantropía, son percibidos, o bien como formas de paternalismo o incluso como un gesto indebido, casi justificador de la inhibición o del rechazo de las personas al trabajo. Las políticas públicas son atacadas por los lazos clientelares que terminan convirtiendo a las personas en rehenes de “la política”. Pero ni en el clientelismo político ni en las críticas antipolíticas priman los asuntos comunes, es decir, el campo de fuerzas de la política. Entonces, si pretendemos ser lo que comemos, ¿cómo no destinar el esfuerzo de nuestra imaginación a la construcción de dispositivos, mecanismos, incluso una nueva institución, que garantice la buena alimentación de todo el mundo? Renta Básica Universal, soberanía alimentaria, mecanismos de comercio exterior e interior, entre otras posibilidades, son solo algunas pistas para batallar.