Pocas obras de William Shakespeare resultan tan incómodas y actuales como Timón de Atenas. Menos transitada que Hamlet, Macbeth o El rey Lear, la pieza narra la caída de un hombre generoso que, después de perder su fortuna y descubrir la falsedad de quienes lo rodean, se transforma en un feroz enemigo de la humanidad. Esa historia de amistad, intereses económicos y traiciones es el punto de partida de Timón y las bestias, la adaptación escrita y dirigida por Alejandro Viola que llega a escena con una mirada contemporánea. Timón de Atenas es una de las obras menos conocidas de William Shakespeare pero Viola tiene mucho que decir: “Hace un tiempo decidí releer algunas de las obras de William Shakespeare que tenía en mi biblioteca y comencé por las que sentía más desconocidas. Timón de Atenas me atrapó inmediatamente al plantear el dolor profundo que puede provocar la traición de un amigo. Sentí a la obra como un tratado sobre la amistad con sus virtudes y sus miserias”.
—La obra habla de la traición, el dinero y las relaciones interesadas. ¿Sentís que esos temas resuenan especialmente en la actualidad argentina?
—Estamos en un momento mundial, por un lado, y nacional, por otro, donde un capitalismo caníbal nos incentiva a una actitud individualista, falta de solidaridad con el otro, con el que está sufriendo. Vemos políticos hipócritas que se enriquecen sin límites mientras parte de la sociedad apenas tiene para comer, que nos mienten y que, como dice Shakespeare: “Hacen promesas y se les cree. Prometer está de moda en estos tiempos, pero no cumplir. Solo los humildes cumplen sus promesas”.
—Venís de un universo muy asociado a la música y al humor con Los Amados. ¿Qué te permitió explorar Timón y las bestias desde otro lugar artístico?
—A lo largo de mi carrera tuve la oportunidad y la necesidad de explorar muchos otros géneros además de la música y el humor que desarrollé con Los Amados. Desde mi adolescencia escribo obras de teatro. Algunas pude estrenarlas, como La extraviada o Monte Chingolo. Ahora, con Timón y las bestias, quise detenerme en esa intimidad que uno puede desarrollar con un amigo, confidente muchas veces de los secretos más profundos, y que de un momento a otro nos traiciona rompiendo acuerdos que parecían universales.
—¿Cómo fue el trabajo de adaptación?
—Lo primero y más importante era respetar al autor, contar la historia que él cuenta y defender su palabra. Shakespeare también se nutría de grandes filósofos como Sófocles, Cicerón o Aristóteles. Por eso decidí jugar citando a esos pensadores como si el propio dramaturgo los hubiera incluido en el texto.
— ¿Qué te interesaba explorar del recorrido emocional del personaje?
—Creo que estamos transitando un momento de gran crispación y enojo social. Alguien puede pasar de una situación cotidiana a una reacción irracional en cuestión de segundos. Eso le ocurre a Timón: primero cree profundamente en la bondad humana y luego se convierte en un misántropo que desprecia a todos. Me interesaba explorar qué puede llevarnos a transformaciones tan extremas. En su caso, la traición de sus amigos.
—¿Creés que la obra funciona también como una reflexión sobre la soledad contemporánea?
—A mí me interesó rescatar de la obra original que Timón y las bestias funcione como un llamado de atención. En un momento donde para muchos parece que nada importa, siguen existiendo sentimientos profundos que hay que cuidar. La amistad continúa siendo un refugio cuando nos sentimos solos, desamparados o abandonados en un mundo que parece querer arrastrarnos a que terminemos comiéndonos unos a otros.