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Magy Ganiko

Magy Ganiko: “En el arte hacemos un exorcismo de las miserias”

El bailarín y coreógrafo argentino de raíces japonesas presenta una obra inspirada en el I-Ching y reflexiona sobre el cuerpo, el inconsciente y la creación.

Magy Ganiko nació y vive en la Argentina y tiene orígenes japoneses. Su trayectoria, parte de la cual se desarrolló en Francia, combina danza, música, mimo, cine y artes plásticas. Como bailarín y coreógrafo, está dedicado a la danza butoh, estilo contemporáneo surgido en Japón con posterioridad a la bomba nuclear. Las obras creadas bajo este criterio suelen tener movimientos lentos y muy intensos; es frecuente asimismo que expongan al cuerpo a acciones y/o emociones extremas, y construyen imágenes visuales de gran impacto, negando, entre tanto, criterios de belleza canónicos o estereotipados. La obra que actualmente presenta Magy Ganiko, los viernes a las 22 en Aérea teatro (Bartolomé Mitre 4272), es El cuerpo de las mutaciones, donde dirige a siete intérpretes, cuya presencia en escena está guiada por el libro del I-Ching.

—Para alguien que no conoce de qué se trata: ¿qué es el I-Ching? ¿Qué vínculo tenés con él?

—El I-Ching es el libro de sabiduría más antiguo de la China, un oráculo, también llamado El libro de las mutaciones. Lo utilizo con frecuencia ya que siempre me ha llevado a buenas decisiones en momentos complejos.

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—Y para alguien que no conoce de qué se trata: ¿qué es la danza butoh hoy?

—La danza butoh fue evolucionando con el tiempo; se origina en Japón en los años cincuenta y revoluciona muchos conceptos de la danza, especialmente en occidente. Tatsumi Hijikata es el arquitecto de este movimiento y a Kazuo Ohno, con quien estudié en Japón, se lo conoce como el alma de esta danza.

—¿A qué se refiere el hecho de que presentes tu danza como butoh-MOI?

—MOI significa Movimiento Orgánico de Individuación. Yo creé la danza butoh-MOI para profundizar las relaciones de los diferentes cuerpos con el movimiento y la pulsión profunda de cada intérprete. Busca que cada bailarín exprese sus propias estructuras de movimiento, sus propios mundos. Está inspirado en conceptos del psicoanalista Carl Jung, en especial lo relativo al proceso de individuación, y en el filósofo Gilles Deleuze y su concepto de “cuerpos sin órganos”.

—¿Cómo fue el trabajo del proceso de combinar fragmentos del I-Ching con la danza butoh?

—Los cuerpos en Occidente tienen una influencia muy fuerte del cuerpo cartesiano, mental, distanciado de las fuerzas invisibles que se encuentran en nuestro Inconsciente. Los primeros trabajos implicaron bajar los controles de “ego”, para permitir que los movimientos de rigieran por intensidades que tomaban el cuerpo desde el Inconsciente. A partir de allí, cada une lanzaba las monedas del I-Ching: el hexagrama que salía era el que desarrollaría y estructuraría su danza.

—¿Cómo se materializa ese proceso creativo en esta obra?

—La obra es como sumergirse en un sueño: invita a que cada espectador relaje los controles de la mente y participe. Cada intérprete hace desaparecer su identidad personal para devenir múltiples: a veces animal, a veces mineral, a veces seres sin tiempo. Además, hay objetos mágicos, creados por Maira Cristaldo, estudiante de la UNA, que inventa objetos increíbles, y composiciones musicales de Juan Sebastián Rizo.

—Tus espectáculos parecen tener referencias e influencias diversas. ¿A quiénes nombrarías como docentes que te marcaron en tu ser artístico y tus actividades creativas?

—Juan Carlos Zorzi, director de orquesta de la Sinfónica de Rosario, ya fallecido: él me empapó de arte a mis 14 años; me llevaba a los ensayos de la Sinfónica del Colón y de ópera. Allí pude disfrutar de Verdi, Puccini, Rossini. [También me marcaron] el maestro Kazuo Ohno y su hijo Yoshito, en mi larga estadía en Yokohama, Japón. Con ellos profundicé mi arte, mi propia individuación.

De Okinawa a Buenos Aires: sueños, linaje y formación de un artista

A.M.

—¿Es posible definir quién sos? ¿Quién es Magy Ganiko?

—Pienso que soy el devenir de muchos deseos en mi sopa genética. Me forjaron los encuentros con gente, libros, objetos, errores, buenas decisiones, coraje para ir adelante a pesar del miedo a explorar territorios desconocidos. Nunca se termina de definir quién es uno. Es más interesante vivir como un libro siempre abierto, sin final.

—Tu familia, oriunda de Okinawa, llegó a la Argentina en 1954. ¿Algo de tus antepasados japoneses te determina? ¿Hay rasgos o hábitos de la cultura japonesa que tengas incorporados?

—Yo tuve sueños, sueños que Carl Jung llamó “sueños de trascendencia”, que marcan una importante franja de tu vida. Estos sueños me conectaron a chamanas de la isla de Okinawa en Japón: allí aprendí de los Utakis, espacios y objetos sagrados diseminados por toda la isla. Fundamentalmente, el sueño me conectó con mi animal sagrado, mi tótem de linaje: el Fénix chino llamado Feng-Huang.

—La vida cotidiana en la Argentina y el mundo tiene diversas manifestaciones de violencia, de maltrato entre los seres humanos. ¿Cómo te vinculás, como persona y como artista, con esos fenómenos evidentes, innegables?

—Como todes, también los sufro cotidianamente. Mi única respuesta por el momento es el arte: aportar creando y convocando a estos espacios en donde, con el público, realizamos un exorcismo de las miserias, violencias y enfermedades del alma. Profanando a la muerte: vida. La sabiduría de Oriente –el I-Ching, el Tao, el Budismo– son herramientas vitales para una mejor lectura de la modernidad, una época de profundas mutaciones.