Se conocía a Ana Garibaldi por sus actuaciones en el teatro, con la dirección de Daniel Veronese, pero su popularidad le llegó con El Marginal, al transformarse en Gladys Guerra de Borges. El año pasado y luego de cinco temporadas de la historia de la cárcel de hombres se estrenó En el barro donde todo ocurría en la otra cárcel, la de mujeres y allí entraba la viuda de Borges. En esta segunda temporada que ya está disponible en Netflix desde el 13 de febrero y en la que participan: Eugenia Suárez, Lorena Vega, Julieta Ortega, Carolina Ramírez, Érika de Sautu Riestra, Camila Peralta e Inés Estévez, sumándose en el elenco secundario “Locomotora” Oliveras” (en su última actuación), Silvina Sabater, Lola Berthet, Carolina Kopelioff y Payuca. Cuenta con las participaciones de Victorio D’Alessandro, Osmar Núñez, L-Gante, Pablo Rago y Juan Minujín, más Gerardo Romano, como actor invitado y se sumó la actuación especial de Verónica Llinás. La ficción fue escrita por Silvina Fredjkes, Omar Quiroga, Alejandro Quesada y Sebastián Ortega, mientras que los directores fueron Alejandro Ciancio y Estela Cristiani, más la dirección general a cargo de Sebastián Ortega.
—¿Qué diferencias sentiste al interpretar a tu Gladys Guerra en esta segunda temporada?
—En la primera sentí que estaba como guardada. Fue un trabajo muy interno. Ella tenía que ir viendo dónde se iba a posicionar en este nuevo ecosistema que es la cárcel. Ahora en la segunda temporada empiezan a pasar otras cosas en donde Gladys tiene que actuar, no le queda otra más que entrar en la acción. Aparte es reincidente, que no es lo mismo que cuando nunca antes entraste en la cárcel. Ella regresa, tiene su pandilla, su tribu y gente que la puede estar esperando con ganas y otras sin ganas. Creo que retorna un poquito la Gladys de El Marginal en el sentido de que es más dura y violenta.
—¿Las escenas de violencia física son las más difíciles de actuar?
—No me cuestan las escenas de violencia física, sino que me ponen en alerta.
Hay que poner el cuerpo, tenés que hacer una coreografía y hacerla bien para no lastimar al otro, ni herirte. No es miedo, después incluso las disfruto, también me divierte. Pero son los momentos en donde hay que concentrarse completamente para no lastimar.
—”El Marginal” tuvo cinco temporadas, “En el barro” va por la segunda. ¿Por qué crees que la sociedad sigue este tipo de ficciones tan violentas?
—Como actriz no tengo una explicación, habría que hacer un análisis sociológico sobre el tema. Hoy estamos en una época híper violenta. Ni siquiera cuando la estábamos filmando había esta situación actual, donde un país invade a otro, hay una guerra donde no hay leyes de ningún tipo. No me sorprende que las personas quieran ver algo así. Creo que también tiene que ver con la descarga. No es solamente violencia, lo que uno ve también en esta serie, hay historias que tienen que ver con la marginalidad, la pobreza y los bordes. En otras épocas veíamos series de cowboys. Es una pregunta muy misteriosa, la verdad es que no sé.
—Aparece la relación de Gladys con su nieto y Jael (la actriz colombiana Carolina Ramírez) con su hija. ¿Crees que los autores buscaron sumar relaciones amorosas ante tanta violencia?
—No sé cuáles son las fórmulas que usan, porque ahí hay maneras de escribir. Lo que sí sé es que dan aire, siempre es el contraste. Está la violencia y por el otro lado está ese amor, incluso entre las presas, no solamente la relación sexual, me refiero al afecto más puro. Está el acompañarse, la solidaridad, el entender a la otra en lo que le está pasando. Tiene que ver con esa contradicción, porque es como lo salado o lo dulce, se complementan. Hay mezcla de gustos, diversidad, está el espacio también para descansar de esa violencia.
—Cuando la grabaron: ¿había pasado mucho tiempo de la primera temporada? ¿palpaste la repercusión en la calle?
—Nosotros grabamos la primera temporada, descansamos dos días y arrancamos a grabar la segunda. Fueron más o menos cuatro meses y medio de grabación. Con El Marginal ya me venía pasando, pero siempre es con mucho respeto. Creo que tiene que ver con la gente respetuosa que me cruzo o que le temen un poco al personaje y me hablan como si fuera Gladys. (Risas). En esos años con El Marginal había pandemia y andaba con el barbijo, pero me venían a preguntar si era yo, a veces me sacaban por la voz. Ahora, con Desde el barro es mucho más masivo. Sigo haciendo mi vida normalmente, medio inconsciente, si querés, no es una decisión, sino es que me sale así. Me voy encontrando con la gente en la calle. Voy de mi casa al supermercado, son dos cuadras y pasan cosas. A veces para un auto, me habla, me gritan y me piden una foto en la siguiente cuadra. Hay más personas que me ven y que me hablan.
—Muchas de ustedes –Verónica Llinás, Lorena Vega, Rita Cortese, Cecilia Rossetto– tienen una larga trayectoria teatral: ¿cómo se adaptaron a este lenguaje cinematográfico?
—Ya lo venía haciendo desde El Marginal y en eso me ayudó mucho Claudio (Rissi), aprendí a minimizar. No necesitás gritar porque hay un micrófono y podés aturdir a la gente. Es otro lenguaje y hay que entenderlo. Una vez que comprendés los códigos, cómo es una toma y qué se quiere contar o qué es lo más importante, empieza a salir. El escenario te pide una expresión más amplia, pero se puede reducir. Es interesante y muy placentero, sabés que tenés un primer plano en donde están viendo tus pensamientos. En el teatro eso depende de la cercanía y es más complicado.
—¿Tienen la posibilidad de sugerir algún cambio en el guión?
—Hay mucha libertad de poder decir lo que pensás o proponer cambiar palabras. Una se pone de acuerdo, con las compañeras también. Había mucho lunfardo, léxico tumbero y se fue modificando, pero no son cambios radicales.
—Resulta triste pero verídico el que Gladys vuelva a la cárcel…
—Hay un profesor, joven, que da clases en la cárcel de Devoto posibilitando que estudien por la universidad, de la UBA, aunque siempre están intentando cerrar esa carrera. Más en esta época que intentan cerrar todo, o casi te diría. Él contaba que es una lucha el que el preso no vuelva a reincidir. Cuando hay educación y estudio salen de otra manera. El año pasado nos llamaron de la carrera de abogacía de la UBA para dar charlas en las cárceles. Fue muy interesante y descubrimos que se dictan varios talleres. Para acceder tienen que tener una buena conducta y muchas pautas que seguir.
—Se bajó la edad de imputabilidad a catorce años: ¿qué opinas?
—Un error por donde lo mires. En vez de educarlos a esos chicos: ¿los vas a mandar a una cárcel? Que haya vuelto Gladys a estar presa, sí cuenta mucho. Porque refleja la dificultad de encontrar un trabajo, la pueden echar por no pagar el alquiler y retorna a lo que conoce. Ese es el mundo que la rodeó siempre. Su marido era delincuente, su cuñado y su hermano también. Habría que ver cuántos familiares más… y ella cayó tarde.
—¿Abandonaste al escenario?
—No. La última vez fue en el 2023 cuando Daniel Veronese me convocó para hacer su versión y con su dirección Los padres terribles, de Jean Cocteau. Cuando terminamos y teníamos la idea de continuar, ya se habían vencido los derechos del autor.
A mí me dan muchas ganas de volver al teatro, lo necesito. Pero son muchas horas y soy mamá. Me gustaría volver a ser dirigida por Daniel (Veronese) o por Lorena Vega, las Marull o Gustavo Tarrío. Hay mucha gente que me interesa.