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IDEAS / Entre la historia y la actualidad
jueves 30 mayo, 2019

El Cordobazo, singular e irrepetible

El 29 de mayo de 1969 y de 2019, una misma fecha donde el malestar político y social ganó la calle.

María Saenz Quesada*

Dos hechos que muestran el descontento argentino. Foto: Telam NA
jueves 30 mayo, 2019

Fueron días de furia. Todo comenzó en la mañana del 29 de mayo de 1969, con la marcha de los trabajadores de la industria metalúrgica en reclamo de algunas ventajas perdidas, en un paro activo al que se sumaron otros gremios, estudiantes, militantes radicales, peronistas, izquierdistas y simples vecinos. En el esquema inicial, ideado por Agustín Tosco y Elpidio Torres, había que “ganar la calle” a fin de protestar contra los Consejos de Guerra que juzgaban las rebeliones estudiantiles recientes, y de condenar la política económica del FMI y el Banco Mundial, que buscaba acumular capital y estabilizar la economía afectando los ingresos de los trabajadores.

La protesta se prolongó en un desborde de violencia que superó todo lo visto hasta entonces. Vigente el toque de queda nocturno, los francotiradores del Barrio Clínicas competían con las fuerzas de seguridad. El Tercer Cuerpo de Ejército intervino para restablecer el orden, objetivo alcanzado al día siguiente.

El malestar social y político de vastos sectores venia de meses antes. Se manifestaba en disturbios en las universidades con pretextos varios y en represiones violentas que costaban vidas jóvenes; en las huelgas que se organizaban en medio de la interna sindical, dividida entre sindicatos cercanos al gobierno de facto, los vandoristas y los de ideología clasista/marxista o cristiana. En la Iglesia Católica, el sector del clero inclinado a “la opción preferencial por los pobres” apoyó la protesta.

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El descontento que reflejó el Cordobazo no era una excepción en las sociedades capitalistas y socialistas del resto del mundo. La más conocida de las rebeliones, la del “Mayo francés”, iniciada por los estudiantes de la Universidad de París y que derivó en huelgas obreras, no fue un caso aislado. En 1969 las huelgas que castigaban la economía italiana tenían su epicentro en las fábricas del norte, la región más moderna y más rica del país. En Alemania Federal, los jóvenes descontentos denunciaban la “hipocresía” del gobierno de Bonn y amenazaban la estabilidad de la joven democracia germana. En Estados Unidos la disconformidad apuntaba a la guerra de Vietnam. En general podía decirse que esas juventudes enardecidas tenían como modelos la China de Mao, la Cuba de Fidel y el Che Guevara y los movimientos de liberación africanos y asiáticos.

Sin embargo puede decirse que los gobiernos democráticos salieron airosos del desafío, que el sistema resistió y se modernizó en algunas áreas. Según advirtió Raymond Aron: “expulsar a un presidente elegido por sufragio universal no es lo mismo que expulsar a un rey”.

En los países socialistas, el objetivo de las rebeliones - como la “primavera de Praga”, consistía en liberarse del Imperio Soviético y alcanzar un sistema de gobierno democrático y pluralista. Moscú no vaciló en aplastarlos y así prolongó su dominación hasta 1989. En México, la protesta juvenil que intentó jaquear el monopolio político del PRI, concluyó en la masacre de la plaza de Tlatelolco: el presidente Díaz Ordaz tuvo la habilidad suficiente para asegurar la continuidad del régimen. En Brasil, el gobierno militar sorteó sin mayores dificultades la protesta juvenil.

La llamada Revolución Argentina carecía de la convicción suficiente para seguir alguno de estos caminos. Los militares y sus aliados civiles que derrocaron al presidente Illia, suprimieron las elecciones y los partidos políticos, en la convicción de que la sociedad trabajaría en paz, disminuiría la inflación, habría inversiones y el país se modernizaría sin correr el riesgo de la radicalización. Pero sucedió todo lo contrario.

Sin canales de participación abiertos, el malestar se volvió incontenible: rebeliones urbanas (Rosario Cipolletti), asesinatos (Vandor, Alonso, Aramburu) y los primeros brotes de la guerrilla urbana, fueron parte de un proceso de radicalización imparable. Al mismo tiempo, cesaba la inversión de capital externo y los capitales internos salían del país. En el intento de ganarse aliados, el general Onganía aprobó la ley 18.610 que entregó las obras sociales a los sindicatos. Estas y otras iniciativas avivaron la interna militar y la discusión respecto al futuro, que concluyó en la reapertura de la política y el regreso de Perón.

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Todo esto dio a los sucesos de Córdoba un carácter mítico: el de punto de arranque de un proceso violento que conduciría a la 'Liberación' (término vago que revestía diversos sentidos según la expectativa de sus diversos actores). Así fue visto el Cordobazo en los primeros tiempos por los intelectuales que la analizaron y en muchos casos fueron sus protagonistas en las jornadas de lucha. Luego ellos mismos admitieron que se trató de un hecho único, producto del momento histórico. Los tiempos mudaron y la sociedad luego del drama de la dictadura del Proceso, se inclinó hacia la democracia republicana y rezó el Preámbulo de la Constitución, de la mano de Alfonsín.

El paro general del 29 de mayo de 2019, constituye sin duda un clásico ejercicio de poderío de la central obrera, pero la verdadera lucha por el poder se librará en la urnas, en octubre. Entre tanto sigue pendiente la cuestión de cómo recuperar el crecimiento, tema que por el momento no forma parte de la preocupación de los armadores políticos ni de las exigencias de la ciudadanía.

*Historiadora.


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