La foto de Jorge Bergoglio viajando en subte, hoy convertida en símbolo de su estilo, tuvo un origen inesperado: “la hizo un estudiante en aquel momento de fotoperiodismo”, relató Federico Wals en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), quien precisó que el joven “empezó buscando fotos para vender” pero “jamás pudo vender esta foto”, pese a haber captado toda la secuencia.
Federico Wals fue secretario de prensa y colaborador estrecho de Jorge Bergoglio en el Arzobispado de Buenos Aires antes de que este fuera elegido como Papa. Trabajó junto a Bergoglio desde marzo de 2007 hasta su elección papal en 2013. Ha compartido numerosos testimonios sobre la humildad de Francisco, describiéndolo como una figura paternal que prefería ser tratado como un cura de parroquia antes que como cardenal.
¿Es usted quien estaba ahí en la foto famosa del subte, o recuerdo mal?
Exactamente. Siempre lo traté como padre, siempre le dije padre, aun siendo papa. Y bueno, ese era él. Ese era el hombre que caminaba Buenos Aires, que se encontraba con la gente. De hecho, me pregunté todos estos años sobre esa foto: qué estará pensando el hombre que está a la derecha, porque cuando nosotros subimos al vagón, el hombre ya estaba sentado.

¿Quién hizo la foto?
La foto la hizo un estudiante en aquel momento de fotoperiodismo. Lo conocí recién el año pasado. Nos cruzaron en una entrevista y él me contaba que, como todo estudiante que viene a vivir a Buenos Aires, empezó buscando fotos para vender, y jamás pudo vender esta foto. Fue la foto más icónica, pero él la hizo sabiendo que era un cura más, que estábamos en Corpus Christi y nada más, y sacando fotos. E hizo toda esa serie, entrando a la estación, saliendo de la estación. O sea, vio un cura y dijo: “Voy a hacer una foto en Corpus Christi”
O sea, no es que lo había programado con usted previamente.
Absolutamente no. Esto era saliendo de Plaza Miserere, estábamos yendo a Catedral para la misa de Corpus y estábamos saliendo en la estación Perú, porque él no salía en Plaza de Mayo, le gustaba salir en Perú y cruzar en diagonal, caminar. Porque ese caminar a él le daba ese sentido de cómo estaba la gente, cómo miraba, qué le pasaba, ese sentido de la realidad que él tenía. Porque él conocía perfectamente lo que se vivía en la ciudad. Cómo estaba el trabajador, la mujer, el estudiante.
¿Él tenía su dormitorio en la catedral?
Exactamente, en el edificio de al lado, en la curia.
Y en este caso, ¿venía de dónde?
Venían de Plaza Miserere, a donde él había ido a recibir a los jóvenes que desde Plaza Miserere se juntaban para ir caminando hasta la Plaza de Mayo. Originalmente tomó el subte de ida a la Plaza Miserere, subte de ida, y después el de vuelta, y volvimos cuando en aquel momento se usaba el cartoncito, el subtepass, él tenía su subtepass también. Y en las grabaciones de aquel momento, cuando él le habla a los jóvenes, lo que me di cuenta tiempo después es que era la arenga de Francisco. Le cambiaba el rostro, se volvía luminoso, alegre, con fuerza. Era otro Jorge cuando se encontraba con los jóvenes. Y esa arenga a no dejarse robar la esperanza, a no balconear la vida, a ser actores del cambio. Lo que después vimos cuando él fue a Brasil y frente a esos cientos de miles de jóvenes, que les dijo: “Hagan lío”.
Esa expresión que veo ahí, en el subte, ¿es la misma que solía percibirse en Jorge Bergoglio a través de los medios, distinta de la imagen de Papa Francisco sonriente casi de forma permanente? Recién hablábamos con Alicia Barrios, amiga suya desde hace muchos años, quien contaba que en la intimidad era muy divertido, pero que en el día a día mostraba un gesto adusto, algo que ella atribuía a su sufrimiento. Usted mencionaba que, cuando debía dirigirse a los jóvenes, surgía el Papa Francisco con un rostro más luminoso y alegre, o sea, en ese momento le aparecía el rostro alegre. El resto del día, esa cara adusta, ¿a qué lo atribuye?
Creo que hay dos factores. El primero se lo atribuyo al Espíritu Santo. Ese cambio de él, ese 13 de marzo, yo creo que fue la presencia del Espíritu Santo que a él lo rejuveneció, le dio esa fuerza, lo iluminó. Además que él ya era un hombre de Dios. No me imagino que vengan y nos digan: “Federico, Jorge, a partir de este momento sos la cabeza de 100 millones de personas”. O sea, te olvidás de tu vida anterior, debe ser muy fuerte. Porque hay un ser humano atrás de eso. A veces nos olvidamos de que atrás del cardenal había un hombre, un ser humano, y atrás del papa había un Jorge Mario Bergoglio que también sufría, se alegraba, lloraba. Entonces, el Espíritu Santo creo que le dio esa fuerza y lo vimos reflejado en ese rostro, que era otro Bergoglio el que salió al balcón. Yo estaba con un cura que muy divertidamente, cuando lo vio salir, dijo: “Pero Jorge tiene dientes”. Claro, se ríe, tiene dientes.
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Y después creo que esa fuerza que vimos en él y esa alegría está también dada por el hecho, diría más así político, eclesial político, de que él estaba al frente de esa posibilidad de llevar al resto del mundo el modelo de Iglesia que había predicado en Buenos Aires. Y que yo particularmente creo que había sido un gran modelo, pero que la Iglesia Argentina no lo había adoptado. Y creo que él ya estaba jubilado, había presentado su renuncia al apa Benedicto, y llegó el momento en que le dijeron Dios otra vez, porque yo creo que él, más que un elegido, fue un ungido por Dios. Dios lo preparó a lo largo de la historia para este momento. Y ahí vemos esa alegría de vuelta, de poder llevar adelante ese proyecto que tanto había soñado durante toda su vida. Así que yo lo atribuyo a esos dos factores.
¿Cómo fue su relación después con el papa?
Y la verdad que él fue muy generoso conmigo siempre. Nunca dejó de recibirme, nunca dejó de estar al pendiente, no solo conmigo, sino con mi familia. La verdad que nos seguimos tratando como en Buenos Aires, eso no cambió. De hecho, en el primer viaje que hago en el 2014, cuando lo voy a visitar, y yo lo estaba esperando en la puerta de Santa Marta porque iba con una comitiva, y ya nos había explicado la Guardia Vaticana: no se lo trata de Santo Padre, no se grita, se espera que él entre. Por supuesto, no hice nada de todo lo que me habían recomendado.
Y él estaba pasando, saludó, pero no me llegó a ver. Entonces, en ese momento le grito: “Padre”, y abro los brazos, y automáticamente se da vuelta, viene y me da un abrazo. “¿Cómo estás? Que sí, no, disculpa que no te había visto antes, que esto… Bueno, ahora pasá conmigo. Esperá, entro yo, porque acá nos van a retar”. Tenía esas cosas. Esos gestos de seguir siendo él. Siempre me trató como yo lo traté, como un padre, y él me siguió tratando como a un hijo.
¿Y cómo llegó a él en 2007? ¿Cómo pasó a ocupar esa posición con él?
De vuelta, la providencia. Y te lo dice alguien que no venía de la Iglesia. Yo era un bautizado, iba a misa regularmente pero no venía de ninguno de los cuadros de la Iglesia. Y, bueno, me encontraba sin trabajo, próximo a ser padre. Y a raíz de una situación providencial, que un nene me da una estampa de San Cayetano en un tren… para mí San Cayetano era un santo, no sabía ni quién era, y mi mujer me dice: “Vamos a rezar una novena y te va a dar trabajo”.
Yo, con mi escepticismo, le dije: “Necesito trabajo, no rezar”. Pero bueno, San Cayetano me dijo: “Ahora vas a ver”. Y terminó la novena y a los pocos días un sacerdote amigo me llamó para cubrir un puesto ahí en la oficina de prensa del arzobispado, para empezar a trabajar. Así que no venía de la comunicación, yo no venía de la Iglesia en un sentido militante.
¿Y por qué cree usted que su amigo lo recomendó? ¿Y por qué cree que le aceptó, habiendo tanta gente preparada en comunicación cercana a la Iglesia?
Yo creo que porque mi amigo necesitaba alguien de confianza y, de hecho, era por un tiempo, era por seis meses. Y, no tenía trabajo, así que me venía muy bien esos seis meses, así que fue por confianza. Y después, cuando al término de los seis meses, que tuve muy pocas interacciones con el padre, porque él dejaba ser y confiaba en el otro. Cuando le voy a llevar mi reporte de fin de ciclo, me dice: “Pero vos me estás entregando casi tu renuncia, te estás quedando sin trabajo”.
Le digo: “Sí, padre, pero era lo que habíamos convenido por seis meses”. Entonces dice: “Pero sos muy malo negociando, te vas a quedar sin trabajo”. Digo, la providencia. Entonces me mira y me dice: “Bueno, dale para adelante”. Y así seguí.
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