Viernes a la madrugada. Suena Pachelbel al lado del mate y el pucho. Comienza la ceremonia de leer la Biblia: pensar, sentir, discernir e internalizar con el cuerpo y el alma lo que sucede, para luego volcarlo en una carta que irá, como un mensaje en la botella de un náufrago, hacia Roma, y llegará justo cuando él despierte. Es una ceremonia de purificación del alma por aproximaciones sucesivas. Me sorprende, al releerla, notar que las palabras y los símbolos iban más allá de lo que mi cerebro podía conceptualizar; el Espíritu Santo me ayudaba a transmitirle mensajes de la singular universalidad del mundo y de la universal singularidad de los detalles cotidianos. Irme a dormir con el alma plena, sabiendo que puse el cuerpo en esas palabras y que me fui con el mensaje, para levantarme con la esperanza de que él la leería el sábado y me alegraría el domingo. Casi todos los domingos eran de sol cuando, en pocas líneas —a veces parábola, a veces papiro egipcio—, me interpelaba siempre a volar más alto de lo que yo pudiera imaginar.
Sabía que era mi hermano y mi amigo, pero también ese padre que faltó en mi vida: el que acompaña, aconseja, perdona, celebra tus éxitos y sufre con tu dolor. Sin importar jerarquía alguna, se ponía alma contra alma a transitar y aprender del camino de la vida. Un maestro de la sabiduría de la derrota. Él me enseñó que la victoria está plagada de fracasos y que solo llega si sabemos llorar y aprender de cada revés, en lugar de enojarnos por nuestras caídas. La sabiduría era perder, no ganar; en la pérdida están las semillas de la verdad más pura. Por eso los desposeídos, los descartados y los explotados no necesitan cursos de fraternidad humana: la llevan en el corazón, como el Buen Samaritano. Murieron y resucitaron mil veces. Su esperanza no es ilusión, es sabiduría regada por la vida.
Extraño el detalle de las pastas, los domingos, el ser de Atlanta “aunque gane”, los juegos con mis hijos, el TEG, el truco... Mi vieja, siempre sabia, sacando consejos de la galera; sus mates al atardecer y todo ese escenario iluminado por la alegría de las palabras de Jorge cada domingo por la mañana, que yo esperaba como un regalo de Reyes. Muchas veces desperté súbitamente a las cuatro de la madrugada y me encontraba con la carta recién salida del horno, llegada hacía minutos, como si me avisara que ahí estaba. Siempre está: fiel, incondicional, sabiendo corregir con ternura y misericordia, admitiendo sus propias dudas, compartiendo el dolor por las guerras y las incursiones venenosas del maligno. Siempre pidiendo rezar por mi madre, por mí, y que rezáramos por él. Y que Jesús y la Virgen Santa, a cuyos pies se fue a dormir, nos cuiden.
Los domingos comenzaban con las palabras de Jorge y terminaban con los consejos de mi vieja, pasando por el amor de mis hijos. Tantos años mimado y contenido, luego de tanto deambular sin rumbo, me acostumbraron a la felicidad de ese hogar. A la nochecita, me tocaba descifrar los jeroglíficos de sus enseñanzas para volcarlos a la acción en la semana entrante.
Cuando llegó el horror, coincidió con la partida al cielo de mi vieja a fines de febrero del 24. Luego, Jorge luchando por la paz y el bien común en silla de ruedas, soportando calumnias y operaciones internas y externas, recordando que se gobierna con la cabeza y no con los pies, y sin descuidar jamás a los amigos. Me mandó cinco cartas fulminantes para protegerme de la mafia que encubrió la desaparición de Loan y que luego pretendía detenerme para callarme. Loan estuvo presente hasta en su última homilía pública a mediados de enero. Lo mismo que el pueblo martirizado de Gaza, representado en aquel pesebre de la Navidad del 24 con el Niño Jesús envuelto en un pañuelo palestino. Mientras seguía el horror, la letra de Jorge se iba apagando, pero no su espíritu ni su corazón inmensamente samaritano, que ofreció hasta el suspiro final de aquel domingo de Pascuas.
Lo que lo extraño es inconmensurable. El domingo a la mañana sin él, y a la tarde sin mi vieja, ya no son ese templo sagrado de sabiduría. Queda la soledad del domingo a la tarde; las madrugadas despertando y mirando la casilla de correo a ver si llegó algún mensaje desde el cielo. Sé que me cuidan y me protegen. Sé que comprenden mi llanto. Sé que me abrazan de corazón y que, más temprano que tarde, volveremos a encontrarnos.
Gustavo Vera es fundador de ONG La Alameda y autor de La amistad no se negocia, sobre sus intercambios con el Papa Francisco, que se presentará el próximo 6 de mayo junto a Monseñor Ojea en la Feria del libro de Buenos Aires.