La periodista Alicia Barrios, fue amiga personal de Jorge Bergoglio durante más de dos décadas, lo definió como “un incondicional”, “un amigo que estaba pendiente” y con “un don para ser amigo extraordinario”. Aunque hacia afuera podía parecer “más adusto”, en la cercanía “tenía un sentido del humor terrible” y “era muy divertido”. Sin embargo, en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), también revela el costado más duro de su historia: “sufría mucho”, atravesado por tensiones internas y su decisión de “dar batalla” para “cambiar la Iglesia”.
Alicia Barrios es periodista y escritora reconocida por ser corresponsal en la sala estampa del Vaticano. A lo largo de su carrera ha construido una relación de amistad personal con el Papa Francisco, que se extendió por más de 25 años, desde la época en que Jorge Bergoglio era arzobispo de Buenos Aires. Ha escrito el libro Mi amigo, el padre Jorge, obra que consta de 29 capítulos que narran la amistad con Jorge Bergoglio, iniciada en Nochebuena de 1999 en la Catedral de Buenos Aires. Conduce, ¿qué más se puede decir?, en Radio Perfil AM 1190, de lunes a viernes de 17 a 19.
¿Cómo era ese amigo Jorge de 1989 y si en algo fue distinto a ese que fue luego Papa?
No cambió nada. Bergoglio tenía un don para ser amigo extraordinario. Era un incondicional. Te llamaba por teléfono. Era un amigo que estaba pendiente. Por ejemplo, cuando estábamos en Brasil, yo a veces entrecerraba los ojos y pensaba: “Va a decir esto, aquello”. Cuando dijo “lío”, porque en diciembre, antes de ser Papa, en un evento de chicos jóvenes en La Boca, les dice: “Bueno, ¿Cuántos leen el Evangelio?”. Unos poquitos. Estaba lleno de obispos.
¿Sabés lo que es decirle a una cancha entera de chicos "haganle lío a los obispos. No se olviden de hacerle lío a los obispos porque no les hacen leer el Evangelio”. Imaginate, los chicos estaban enloquecidos. Y cuando se fue, les gritaba desde afuera: “No se olviden”. Los obispos lo querían matar a Bergoglio porque los chicos estaban ingobernables. Con lo cual, él decía siempre lo mismo, o sea, siempre era profético.
Hoy yo me acordaba de una portada de una revista que le habían hecho, que siempre lo maltrataban por una decisión política de maltratarlo. Una tapa argentina, de Siete Días. Entonces me llama por teléfono y me la pide, y yo se la consigo. Yo hacía todo lo que podía por complacerlo, por alegrarlo, porque era una persona que sufría mucho. Entonces conseguí la tapa. La tapa era la cara de Bergoglio. Adentro lo mataban, pero era una foto con los anteojos y toda la gente reflejada en los anteojos. Yo en ese momento empecé a dudar de que él no sabía que iba a ser Papa.
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El Bergoglio que yo recuerdo en Argentina tenía el seño más adusto, mientras que el Papa Francisco sonreía todo el tiempo. Los creyentes hablan del Espíritu Santo. Un amigo común, Rodolfo Terragno, él me decía: “No, es la manija”, pero ¿es correcto eso de que él sonreía más en la intimidad?
En la intimidad era muy divertido. Tenía un sentido del humor terrible, era muy divertido. En general era adusto porque sufría mucho. Tenía mucho sufrimiento y, por otro lado, era un animal político. Sufría mucho porque tenía enemigos poderosos. Lo que pasa es que él era jesuita, no se iba a vengar. Con lo cual, él estaba permanentemente dando batalla. Y sufría mucho. Sufría mucho porque él amaba la Iglesia, él quería cambiar la Iglesia. Imaginate lo que ha sufrido este hombre, que tenía vocación de cura y, aparte de tener una vocación tremenda de cura, tenía vocación de cambio de la Iglesia. La quería cambiar.
Imaginate lo que es querer cambiar la Iglesia cuando es oscura. Es como querer cambiar el periodismo cuando empezás de cronista. Sufrió muchísimo. Me acuerdo uno de los momentos muy dolorosos, que fue cuando cumplió 75 años, que presentó su renuncia a Ratzinger. A este hombre de Dios fue como si no le importara, pero la gente alrededor, algunos obispos, ya se estaban probando el solideo de cardenal y algunos de ellos habían sido de su confianza.
En el mes de febrero siempre estábamos mucho juntos porque es el mes de mi cumpleaños, entonces siempre se iba a Roma y nos veíamos antes. Rezábamos juntos, me regalaba un San José. Ese año, el 8 de febrero, yo voy a la catedral y me dice: “¿Qué vas a hacer el lunes?”. Le digo: “Nada, porque todavía estoy de vacaciones”, era carnaval. Entonces dice: “Vamos a Lourdes”. Y yo dije entre mí: “Este no va a Roma”, porque iba todos los años a Roma. Bueno, vamos. Lo llamó a Cura de Roma: “Vamos a ir con Crónica a Lourdes”, qué sé yo. Cuando me despierto el lunes, había renunciado Benedicto.
Estaba con una alegría. Lourdes reventaba de gente. Los únicos periodistas éramos nosotros. Cuando está terminando la misa, una mujer le grita: “Que Dios y la Virgen te hagan Papa”. Y yo me levanto, subo al tablado y le digo: “Que Dios y la Virgen te hagan Papa”. A partir de ese momento, yo hablo con Crónica y digo: “Miren, hagamos un esfuerzo porque yo creo que en Roma algo va a pasar”. Porque iba percibiendo.
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Para poner en contexto, ¿él acababa de presentar su renuncia porque cumplía los 75 años?
Sí, no le aceptaron la renuncia y al año siguiente tampoco, seguíamos igual. Tenía 76. Pero no hablaba de su retiro. Todo esto era consensuado en silencio
Entonces, iban a ir a Lourdes, el Papa Benedicto renuncia sorpresivamente. Entonces, por lo tanto, se genera un cónclave que no estaba esperado.
Estábamos en Buenos Aires. Entonces ahí me dijo: “Nos vamos a Roma”, cuando le dije que Dios y la Virgen te hagan Papa. Y fue cuando voy a Crónica y le digo: “Mire, hagamos un esfuerzo de hacer este viaje porque acá algo va a pasar. No sé qué, pero algo va a pasar”. Entonces me dieron los pasajes para ir a Roma.
Y ahí estuviste acompañándolo.
Ahí me quedé ahí, claro. Voy al cónclave. No lo conocía nadie. Jorge andaba con su traje de cardenal, pero tenía un sobretodo. Pero un día sale y yo tenía una clave: gritarle “padre Jorge”. Sale para allá, yendo para la Sixtina, donde se iba para el cónclave, y yo empiezo a gritar: “Padre Jorge”. Y es la foto famosa que él está saludando, que nos está saludando a nosotros. Ahí me bajo, me pongo al lado de él y cruzo toda la Plaza San Pedro con él hasta la Sixtina, y no se dio cuenta nadie de que era Bergoglio. Ahí nos despedimos y ya lo volví a ver con la sotana blanca.
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¿Cómo fue el inicio de la relación?
Lo conocí porque yo tenía un programa en Radio 10 de solos y solas. Era un confesionario, un programa que se escuchaba terriblemente. Mi marido estaba en un momento difícil. Hernán estuvo muy acosado por el narcotráfico en algún momento de su vida, Estaba por ser Nochebuena. “No, yo no sé qué hacer, la verdad que me siento sola porque no vine a la casa de mi cuñada a verle la cara a mi suegra”, y otra me llamaba: “Que el vitel toné, que siempre me hacen hacer esto”. Me tenían podrida, yo ya no aguantaba más. De golpe tenía el diario La Nación abierto y vi un avisito así chiquito que decía que Bergoglio te invitaba a la catedral. Yo no lo conocía a Bergoglio. Entonces le digo a la gente: “Bueno, acá tenemos una invitación. Vamos a preparar una Navidad del espíritu y no del estómago. Vamos todos juntos a la catedral a saludarlo a Jesús, que es su cumpleaños. Pobre chico, no lo saluda nadie”.
La gente se colgó con esa idea. De la puerta de la radio salían combis, todo para la catedral. Yo, llena de rosarios, parecía la Virgen de San Nicolás. Llegamos a la catedral, pasa un cura, le digo: “Por favor, padre, ¿puede bendecir estos rosarios?”. Todos los oyentes encantados. Cuando miro en el altar, el padre que me había bendecido los rosarios era Bergoglio. Yo no lo conocía. Fue una fiesta, una cosa muy emocionante. Cuando termina la misa me dicen que me quería saludar el cardenal. Voy, lo saludo. Quedamos en vernos en esa semana. A partir de esa semana nos hicimos amigos. Hicimos un pacto de decirnos siempre la verdad, porque yo me enteré una cosa y me dijeron que no se lo diga. Se lo conté. Dice: “Bueno, a partir de este momento vamos a hacer un pacto de contarnos la verdad”.