martes 15 de junio de 2021
OPINIóN Tiempo libre
07-05-2021 12:51

El placer de leer, siempre (décimo primera entrega)

La compañía de un libro es enriquecedora, a nivel intelectual y emocional. Hoy hablaremos de Jean-Marie Gustave Le Clézio.

07-05-2021 12:51

Por recomendación de Marcelo, mi hijo menor, leí estos recuerdos de Jean-Marie Gustave Le Clézio y siempre se lo agradeceré.

Le Clézio nació en Niza, Francia, en 1940. Hijo de una francesa de buena posición económica y de un cirujano que trabajó en África a las órdenes de la armada británica.

El Nobel de Literatura 2008 lo ganó el francés Jean-Marie Le Clézio

A los 23 años recibió el Premio Renaudot. Publicó unas 50 obras de ficción, ensayos, relatos, cuentos, biografías; y realizó traducciones. En 1980 fue el primero en recibir el Premio Paul Morand, otorgado por la Academia Francesa, y en 2008 el Nobel por ser “un escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensibilidad extasiada: explorador de la humanidad, dentro y fuera de la civilización dominante”.

Sus últimos libros son novelas: “La música del hambre” (2009); “Revoluciones” (2011); “Azar” (2016); un ensayo: “El éxtasis material” (2010); y relatos: “Angoli mala” (2016);  “Arde corazón” (2017).

 

Jean-Marie Gustave Le Clézio 20210507
Jean-Marie Gustave Le Clézio.

 

Muchos de los lectores de Jean-Marie Gustave Le Clézio aplauden su denuncia del materialismo contemporáneo, su fascinación por los paraísos perdidos y su defensa de las civilizaciones amenazadas. Creen que el escritor a través de la novela se hace preguntas e intenta que los lectores también se las hagan.

Le Clézio nos relatará parte de su infancia, cuando a la edad de ocho años vivió en Nigeria, junto a su familia. El padre, con un autoritarismo que le venía de su rígida formación en una escuela militar inglesa aunque con muchas cualidades humanas, sentía un profundo rechazo a modales burgueses así como a la política colonialista de las grandes potencias.

El placer de leer, siempre

Pasajes de gran interés, la descripción del paisaje africano, las fotos sacadas por su padre en África que acompañan al texto, su siempre buscada síntesis entre lo individual y lo colectivo, la manera de recurrir a los recuerdos como un modo de hablar de sus padres, sobre todo de comprender a su padre, el que junto al autor, son los dos grandes protagonistas en un contexto atravesado por la segunda guerra mundial.

A continuación, unos fragmentos de “El africano”, traducido por Juana Bignozzi, editorial Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2008, que, al igual que mi hijo Marcelo, yo también recomiendo porque con base en su vida personal, Le Clézio produjo una obra que a mí me mantuvo durante varias horas pegado a la silla.

 

“A partir de 1932, mi padre y mi madre dejaron la residencia de Forestry House en Bamenda y se instalaron en la montaña, en Banso, donde debía crearse un hospital. Banso estaba al final del camino de laterita transitable en todas las estaciones. Era el umbral del país llamado “salvaje”, el último puesto donde se ejercía la autoridad británica. Mi padre será allí el único médico y el único europeo, lo que no le desagradaba (…) Durante más de quince años ese país será el suyo. Es probable que nadie lo haya sentido mejor que él, recorrido, explorado y sufrido a tal punto. Haber visto a cada habitante, puesto al mundo a muchos y acompañado a otros hacia la muerte. Amado, sobre todo, porque aunque no hablaba de eso, aunque nada contaba, hasta el final de su vida guardó la marca y la huella de esas colinas, de esas selvas y de esas hierbas, y de la gente que allí conoció (…)

 

Era un país de horizontes lejanos, con cielo más vasto y extensiones inabarcables. Mi padre y mi madre sintieron allí una libertad que nunca habían conocido en otra parte. (…) Iban de campamento en campamento a pueblos cuyos nombres mi padre anotaba en el mapa: Nikom, Babungo, Nji Niukom, Luakom Ndye, Ngi y Obukun. Los campamentos eran más que precarios: en Kwaja, en el país kaka, se alojaron en una choza sin ventanas en medio de una plantación de bananos. Era tan húmeda que cada mañana había que poner las sábanas y las mantas a secarse sobre el techo. Se quedaban una o dos noches, a veces una semana. (…)  Pero no era el África de Tartarín ni la de John Huston. Era más la del África faro, un África real, de gran densidad humana, doblegada por la enfermedad y las guerras tribales. Pero también fuerte e hilarante, con sus innumerables chicos, sus fiestas bailadas, el buen carácter y el humor de los pastores que encontraban por los caminos.

 

La época de Banso fue, para mi madre y mi padre, la época de la juventud y de la aventura. A lo largo de sus recorridos, el África que veían no era la de la colonización. La administración inglesa, según uno de sus principios, conservó la estructura política tradicional, con sus reyes, sus jefes religiosos, sus jueces, sus castas y sus privilegios.

 

Cuando llegaban a un pueblo eran recibidos por los emisarios del rey, los invitaban a conversar con el jefe y los fotografiaban con la corte. (…) Mi madre hablaba de fiestas que estallaban de pronto, en los pueblos (…) En la plaza se preparaba el teatro de máscaras (…) Las mujeres empezaban a bailar, estaban completamente desnudas salvo un hilo de perlas alrededor de la cintura. Avanzaban una detrás de otro, inclinadas hacia delante, con los pies golpeaban la tierra al mismo ritmo que los tambores. Los hombres estaban de pie. Algunos llevaban trajes de rafia y otros las máscaras de los dioses.

 

Empezaba a la caída del sol, hacia las seis, y duraba hasta el alba del día siguiente. Mi padre y mi madre estaban acostados en sus camas tijera, debajo del mosquitero, y escuchaban tocar los tambores, según un ritmo continuo que apenas se estremecía, como un corazón que se va acelerando. Estaban enamorados. El África a la vez salvaje y muy humana era su noche de bodas. Todo el día el sol les había quemado el cuerpo y estaban colmados de una fuerza eléctrica incomparable. Imagino que esa noche hicieron el amor al ritmo de los tambores que vibraban debajo de la tierra, apretujados en la oscuridad, con la piel empapada en sudor, en el interior de la choza de tierra y ramas que no era más grande que una jaula de gallinas. Luego se dormirían al alba, en el aire frío de la mañana que hacía ondular la cortina del mosquitero, abrazados, ya sin escuchar el ritmo fatigado de los últimos tam-tam.”