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El valor del campo simbólico

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Intelectuales. Se convocó a Ernesto Laclau y Chantal Mouffe para construir un relato. | cedoc

El 25 de Mayo del año 2003 asumió la Presidencia Néstor Kirchner con uno de los  menores porcentajes de votos de la historia argentina, luego de un proceso electoral que mostró la fragmentación de todas las fuerzas políticas. Su asunción  también se caracterizó por omitir una etapa necesaria, según la Constitución Nacional: la doble vuelta electoral consagrada en la reforma de 1994 por una Asamblea Constituyente con mayoría peronista. El retiro de la fórmula encabezada por Carlos Menem, que fue el más votado en la elección, produjo esa decisión que puede considerarse razonable para la realidad política del momento, pero que no está prevista en la Constitución e incumple con los porcentajes de votos requeridos para ser consagrado presidente (más del 45% de los votos válidos emitidos o más del 40%, si la diferencia con la segunda fórmula fuera mayor de 10 puntos porcentuales).

Esa endeble legitimidad más la situación social y económica  desesperante que obligó al poderoso Eduardo Duhalde a adelantar las elecciones y culminar su mandato siete meses antes  del término constitucional previsto, auguraban una difícil situación a enfrentar por el nuevo mandatario cuyo candidatura se consagró luego de la renuncia de otros dirigentes que  gozaban de mayor conocimiento público.

Esas circunstancias desfavorables en los diversos terrenos de la vida de una sociedad, paradojalmente, coincidían con el hastío de un segmento de la población de procedencias políticas diversas ante el  fracaso de las diferentes propuestas que habían acompañado en el pasado reciente. A ese grupo de desencantados por el fracaso del tercer gobierno peronista, la terminación antes de tiempo del gobierno de Raúl Alfonsín, y la ruptura de la Alianza se le sumaba también la de reunificar el peronismo, que había concurrido con tres fórmulas a la contienda electoral.

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Este aniversario nos indica que el gran desafío argentino es cultural

El nuevo presidente percibió esa aspiración de un segmento de base social amplia y transversal de enamorarse de un nuevo discurso, encarnado por un liderazgo fuerte, al que pronto sumó a su esposa y jugó cartas muy audaces para avanzar sobre el terreno simbólico, crear una épica que le asegurara el aumento del apoyo social a su poder. No dudó en convocar a su proyecto a intelectuales de variado origen, de los que Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, tal vez, sean las figuras centrales de esta decisión de construir un relato que enamorara a la población más por su retórica, que por el logro concreto de objetivos beneficiosos para el bienestar general.

La destitución de los miembros de la Corte Suprema de Justicia de la Nación nombrados por su propio partido en la etapa menemista, el gesto de descolgar el cuadro de Videla, a pesar de no haberse opuesto a su indulto en 1990, la toma de medidas como la asignación por hijo elaboradas por dirigentes políticos de oposición, son algunos de los gestos tendientes a seducir a un segmento mayoritario de una sociedad desencantada.

Como lo advirtió Perón en la etapa fundacional de su movimiento, un discurso encendido, la creación de un enemigo siempre acechante, la liturgia política que apelara a la emoción más que a la convicción racional, fueron instrumentos para consolidar un movimiento político  que se designa con su nombre, kirchnerismo, y que desde hace veinte años ejerció el Poder Ejecutivo Nacional durante dieciséis años y cuatro mandatos, pero que aún en el gobierno en el que no ocupó la Presidencia, gozó de amplia representación parlamentaria y gobernaciones provinciales.

Derecho a la memoria, derecho al olvido

El resurgimiento de la grieta que implica la división en dos mitades de la población (los nuestros y los contreras), disminuye la calidad democrática de una sociedad, porque vuelve al ethos heroico más propio del lenguaje de los ejércitos, que de una vida institucional ordenada bajo el mandato de una Constitución que impone que las mayorías y minorías siempre circunstanciales, puedan convivir en la tolerancia.

Ante esta situación las fuerzas sociales que no adhieren a este movimiento no han sido capaces, hasta la actualidad, de revalorizar un campo simbólico inclusivo que contenga las visiones diversas  y contradictorias que caracterizan a un Estado democrático. La diatriba encendida, el uso de la descalificación, la profundización de la división, no son los medios indicados para elaborar un modelo de alternancia que nos conduzca a una convivencia más acorde a los fundamentos de nuestra Constitución.

Este aniversario nos indica que el gran desafío argentino es cultural. Sólo si podemos lograr un nuevo pacto social basado en la aceptación de la diferencia, en la integración de las diversas interpretaciones de nuestro pasado y en el respeto de un orden jurídico, podremos transformar una situación que  nos ha alejado de la prosperidad igualitaria que es objetivo esencial de nuestra Constitución.

*Profesor de Derecho Constitucional.