jueves 16 de septiembre de 2021
OPINIóN opinión
08-08-2021 01:40

Encuestas ante las nuevas identidades

Es habitual dentro de la disciplina que estudia la opinión pública la distinción entre quienes han centrado sus análisis en términos históricos, conceptuales y teóricos, y quienes han orientado sus estudios vinculados a su base empírica intentando producir datos principalmente en aspectos coyunturales de la vida pública. Sin embargo, los estudios empíricos, en particular los cuantitativos en base a encuestas de opinión, han pasado a ocupar un lugar preponderante entre los estudios académicos y profesionales.

En este punto han surgido una serie de críticas sobre la fiabilidad de las encuestas en general y las electorales en particular. Alain Garrigou ha puesto el foco en los aspectos metodológicos, como por ejemplo la forma de seleccionar a los encuestados, el escaso conocimiento sobre las personas que rechazan participar o las modalidades de formulación de las preguntas, todo en cuando a la capacidad (limitada) de los encuestados para expresar opiniones políticas (competencias) y desde allí la relevancia de las no-respuestas (o los “no sabe/no responde”). 

En forma paralela, se desarrollaron otras formas de acceder al mundo social incluso aplicados al campo de la opinión pública basados en las técnicas cualitativas de investigación. 

Las estrategias objetivistas también son cuestionadas por las posturas relativistas que consideran que no es posible plantear leyes generales y universales. El relativismo cultural parece emerger triunfante en el siglo XXI e incluso revolucionario en el respeto a la diversidad y a la diferencia, y efectivamente se verifican cambios en torno a una cantidad de categorías consideradas rígidas como raza, sexualidad, etnia o incluso nacionalidad. 

Aquellos inicios de la encuesta de opinión como herramienta principal para acceder a la opinión pública desde los años 40 del siglo XX, tenían sus bases técnicas en las estrategias de muestreo, pero el sustento del modelo se basaba en un mundo social que lograba una estabilidad social estructural. Sin embargo, la fragmentación del mercado laboral (trabajadores autonomizados, informales de baja calificación, terceristas de grandes corporaciones, la nueva elite de trabajadores de la industria de tecnologías avanzadas, etc.) también debería generar subjetividades diferenciadas. Pero no es solo un problema de cambio en las estructuras productivas. En las primeras décadas del siglo XXI comienzan a surgir identidades diferentes a las tradicionales que habían ocupado las preocupaciones de las ciencias sociales hasta el presente, como las identidades religiosas, las clases sociales, e incluso las nacionalidades. Otros elementos posidentitarios (como la multiplicidad que generan las autopercepciones como la sexual y la étnica) comienzan a jugar y se vuelven decisivos para interpretar a la opinión pública con la generación de nuevos colectivos que se agregan (y desagregan) empleando las mediatizaciones que ofrecen las redes sociales computarizadas. 

Si se sigue considerando que los procesos sociales, económicos y políticos continúan teniendo repercusiones en la vida de los individuos y sus núcleos vitales, ya sean en forma de conversaciones cara a cara o virtuales, y que generan acciones políticas en forma de la opinión política movilizada y en términos de “opinión expresada”, aunque sea en la forma más simple como el voto, se justifica la existencia de la opinión pública como una disciplina que se nutre de diversas tradiciones y que tiene como finalidad comprender las acciones políticas de la sociedad.

En este proceso de reunir viejas y nuevas tradiciones se propone aquí una breve introducción de tres ejes que se consideran vitales para el análisis social en general y de la sociología política y opinión pública en particular: la recuperación de las teorías de alcance medio; la escenificación de la generación de opiniones en torno a tramas y prácticas sociales y la dinámica del sistema social a través de la óptica de sus aceleraciones. Por otra parte, un indicador del impacto de la aceleración tecnológica en la vida cotidiana se puede observar en la cantidad de información disponible. La sobreinformación es síntoma de la época.

Nuevas realidades requieren la actualización de las perspectivas teóricas que deben guiar a los estudios de opinión pública, incorporando teorías de corto y mediano alcance como se planteó más arriba, la inclusión de nuevas herramientas tanto como la renovación de las viejas, para intentar no sólo describir los fenómenos sino para acercarse al viejo objetivo de la ciencia de explicar.

Aceleración y opinión Uno de los debates actuales, y que cierra el libro, es la aceleración de los procesos sociales que Catherine Coquio presenta como una “espiral autoalimentada” de tres procesos: “1) carrera tecnológica (internet, trenes de alta velocidad), 2) mutación social (movilidad profesional, recomposiciones familiares, obsolescencia de los objetos), 3) aceleración del ritmo de vida (multiplicación de tareas en tiempo reducido, hiperconexiones cronofágicas). 

Una de las consecuencias más evidentes para las personas durante por la pandemia de Covid-19, fue la conciencia de la vida acelerada y detenida de golpe por la cuarentena. Sin embargo, con la normalización de las actividades parece que “la vida veloz” retomará su ritmo. Uno de los elementos característico del aceleracionismo en la gestión social como dice Hartmut Rosa “es un aumento en las tasas de decadencia de la fiabilidad en las experiencias y en las expectativas, y por la contracción de los lapsos definibles como el presente”. El presente se vuelve más delgado cada día, y las opiniones se tornan más cambiantes que nunca.

*Extractos del capítulo 8 de Nueva opinión pública. Política y sociedad.