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OPINIóN / Carta abierta
jueves 9 julio, 2020

Intelectuales contra la cultura de la cancelación

Firmada por 150 personajes tan disimiles como Noam Chomsky y J.K Rowling, la declaración pública busca frenar la avanzada del pensamiento único.

Noam Chomsky, preocupado con una tendencia cada vez más fuerte. Foto: Cedoc
jueves 9 julio, 2020

“La manera de derrotar malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la asunción de riesgos e incluso los errores. Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas” dice una carta abierta firmada por 150 intelectuales de distintas nacionalidades que se dio a conocer el martes a través de la icónica revista Harper´s Magazine, para ser luego replicada por varios medios del mundo.

Figuras tan diferentes como Margaret Atwood, Noam Chomsky, Salman Rushdie y J.K. Rowling, aparecen bajo el título “Una carta sobre justicia y debate abierto”, acordando en visibilizar los peligros que detona la avanzada cancelatoria del activismo progresista estadounidense contra los usos que no se ajusten a los parámetros impuestos por la corrección política de los últimos años.

“El libre intercambio de información e ideas, savia de una sociedad liberal, está volviéndose cada día más limitado. Era esperable de la derecha radical, pero la actitud censora está expandiéndose en nuestra cultura (...) Los responsables de instituciones, en una actitud de pánico y control de riesgos, están aplicando castigos raudos y desproporcionados en lugar de aplicar reformas razonadas. Hay editores despedidos por publicar piezas controvertidas; libros retirados por supuesta poca autenticidad; periodistas vetados para escribir sobre ciertos asuntos; profesores investigados por citar determinados trabajos”, detalla el documento para el que las distintas raigambres ideológicas de los escritores, activistas, académicos y editores que se cuentan entre sus adherentes no supusieron ningún obstáculo. 

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La Argentina no es ajena a la situación que denuncia este escrito. Basta con reconocer el fervor con el que algunos activismos de género cultivan diversas prácticas cancelatorias que oscilan entre la –algunas veces bizarra- intervención de clásicos de la cultura en clave feminista, al escrache en redes sociales sin pasar por ningún peritaje legal. Al mismo tiempo, la cultura de la diversidad (presunta) fue erigiéndose como un nuevo nicho de mercado disponible para el usufructo de artistas, periodistas, funcionarios, influencers y opinadores que muchas veces señalan a los demás como retrógrados, conservadoras, fascistas, machistas o racistas.

Aunque los postulados del progresismo bien pensante (al que, paradójicamente, Chomsky, uno de sus héroes, hoy critica) se copian al dedillo en nuestras universidades y medios de comunicación, es difícil imaginar que una carta como esta sea emulada a nivel local. Cuando, en 2018, un centenar de personajes fundamentales de la cultura francesa como Catherine Deneuve y Catherine Robbe-Grillet firmaron un manifiesto titulado “Por el derecho a importunar” en el que criticaban muy duramente a los nuevos feminismos punitivistas, la reacción de buena parte de nuestros feminismos fue adversa o nula. La escasez de voces que se animen a ideas disruptivas respecto del improvisado canon que cobró fuerza mediática e institucional en muy poco tiempo, no parece favorecer la formación de un plantel que promueva genuinamente la diversidad intelectual. La grieta, a su vez, talla al momento de formar pequeñas camarillas incapaces de suspender sus diferencias para encontrar acuerdos superadores. En las redes, proliferan los paladines de la uniformidad cultual, auto erigidos vigilantes de cualquier nota disonante, promotores del bullying virtual, poco capaces de gestar alguna pieza que tenga trascendencia.

“Necesitamos preservar la posibilidad de desacuerdos de buena fe sin consecuencias profesionales nefastas. Si no defendemos la misma esencia de la que depende nuestro trabajo, no deberíamos esperar que el público o el estado la defiendan.”, concluye la carta de Chomsky y sus secuaces. Ojalá sirviera para que los intelectuales argentinos que temen sacar los pies del plato entiendan, también, que la cancelación es un boomerang que siempre puede volverse en contra.


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