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OPINIóN / Feminismo
viernes 2 agosto, 2019

La existencia de las Bolten, o cómo convivir con otro fake engrietado que nos mantiene calentitos

Cómo una grieta o disidencia natural en el colectivo de mujeres hace replantear al periodismo las formas.

por Agustín Gallardo

Actrices Argentinas Foto: CEDOC

La aparición de la noticia de un grupo llamado Bolten, un supuesto nuevo colectivo que se desprendió de Actrices Argentinas, irrumpió el jueves como una de las tantas “último momento” que tanto nos atraen. A la grieta de los veganos y ganaderos, se le sumó esta división, a la que le pusieron nombre y apellido, la fórmula infalible para que la fisura se nos impregne bien en la sien. Generar contenido con la materia prima inconclusa y atrapante nos está llevando a adormecernos de forma preocupante. 

Bolten es solo un grupo de chat de actrices. Eligieron ese nombre en honor a Virginia Bolten, una argentina feminista, anarquista y sindicalista que nació en 1876 en Argentina y que se dedicó a la lucha por la emancipación y la igualdad de los derechos de la mujer. Quienes integran ese chat o grupo mantienen algunas disidencias dentro de Actrices Argentinas, pero esto ocurre desde hace ya un tiempo. 

Hablando con varias actrices pude saber que desde el año pasado, al menos diez mujeres de un total de 400 iniciales, decidió no responder más al grupo Actrices Argentinas, que nació en mayo del 2018, en torno a la discusión por la legalización del aborto. ¿Qué tenemos aquí entonces? Tenemos una cuestión natural: la disidencia. Todo grupo conformado, una vez que empieza a caminar, la propia dinámicas de los acontecimientos (sumado a la subjetividad de cada individuo), genera visiones y posturas, como así sentimientos y opiniones. El caso de Valeria Bertuccelli y Érica Rivas, quienes se mantienen en una vereda aparte desde que sostuvieron que Ricardo Darin había tenido destrato hacia ellas, es quizás uno de los extremos que mejor grafica este devenir natural de los hechos.

Pero, en tiempos de inmediatez y excitación grietal, el devenir natural de los hechos no calienta, no mide, no genera contenido ultra clickeable, ni la dosis necesaria de polémica para atrapar la atención del público. No quise entrar a Twitter, pero me pregunto cuantas personas estarán estofando úlceras bajo el comentario: “¿Ves?, ni un año llegaron a durar que ya tienen quilombos”. Mientras cierro la nota que saldrá sobre este tema mañana sábado en la edición papel de Diario Perfil, escribo estas lineas harto de que la polémica sobre hechos erróneos, poco consistentes y tergiversados, caliente nuestra pobre alma carente de imágenes deseadas. ¿Tan cómodos nos sentimos en estos ambientes? ¿Cuál es el riesgo de transitar nuestras vidas consumiendo este dulce todo el tiempo? ¿Hacia donde va el periodismo con este norte que es hijo del fake news y que respira a cuatro pulmones en tiempos de post verdad?

En pleno comienzo de cierre una editora me planteó sus dudas lógicas sobre la nota. Ella me planteó el mismo interrogante de varias de las actrices con las que hablé: el riesgo de sumarme (de sumarnos como medio) a una polémica incierta que indirectamente aumenta el caudal de puterío y desprestigia casi por decantación al colectivo. “No usen el feminismo para generar escándalos mediáticos”, me pidió Laura Novoa por Whatsapp. Y tiene razón. 

Trabajo afortunadamente en un medio donde hay lugar para las discusiones como en ningún otro, y en el cual se mira muy atento el cambio de paradigma que estamos presenciando. Si bien, en lo personal, no comparto las visiones fundamentalistas del feminismo, soy de los varones que están aprendiendo a deconstruirse, que mira atento lo que acontece y celebra el momento histórico y urgente que estamos viviendo en materia de diversidad e igualdad de derechos. Ahora bien, no quiero dejar de publicar por temor a que escribir algo demonice la cuestión y agrande la grieta del momento. Mi deseo es ver de qué van las diferencias, poder hablar de las mismas porque esas diferencias no dejan de ser parte del contenido.  Y que el lector que lea lo haga de forma inteligente y que si va quedar “atrapado” sea por saber cuál es la verdad de la cuestión en vez de buscar la repetición de la zona calentita. 

“No observo las dinámicas colectivas bajo una mirada enfocada en antagonismos reduccionistas, tristemente encarnada en nuestro ser argentino”, me dice atenta y sin pelos en la lengua Muriel Santa Ana. Ella es otra de las Actrices Argentinas que tiene sus razones para prologar con cierta bronca el testimonio que amablemente me brinda para la nota en papel. Sus palabras me confirman aún más el tipo de periodismo que quiero hacer. Y la idea que esta nota se tiene que publicar. Cierro estas lineas con una parte del testimonio de Laura Azcurra, el cual quedó fuera de lo que se va a leer en el papel, que por un tema de espacios, es más arbitrario en este sentido que la web. Sus palabras me identifican: “Todo lo que sirva y sume para pensarnos, en forma colectiva pero principalmente individual, para vivir mejor será bienvenido. El resto, seguirá siendo parte de un sistema que atrasa, confronta, se repite y no permite crecer. Estamos orgullosas de nuestra unión, camino y permanente aprendizaje. Hay mucho por hacer, si, y desde nuestro espacio, hacemos lo mejor que podemos. Con humildad y mucho amor”.


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