miércoles 21 de abril de 2021
OPINIóN Democracias liberales
21-08-2020 16:07

La república dormida

Los republicanos en este tiempo no han podido o sabido construir alternativas que den soluciones los desafíos sociales, económicos y culturales de estas décadas.

Mauricio Devoto*
21-08-2020 16:07

Denomino República dormida a un fenómeno complejo que afecta a las democracias liberales republicanas del siglo XXI. Frente a los regímenes populistas, los republicanos de esta época y latitudes no hemos podido o sabido construir alternativas consistentes que brinden soluciones a los desafíos sociales, económicos y culturales que vienen dándose en las últimas décadas.

Frente a un “movimiento” que en las calles y escuelas adoctrina cotidianamente con las ideas de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, hacia la lucha y la confrontación permanente en pos de ideales predeterminados, el liberalismo social, democrático y republicano duerme. Descansa, para luego salir en una desesperada defensa de instituciones oxidadas y valores que estarían grabados a fuego en algún lado que hoy cuesta encontrar. Parece decidida a hacerse oír y reclamar en la calle, paso importante, pero reniega de lo político. Mientras el populismo, citando a Aristóteles, dice dar “la palabra” a quienes nunca la tuvieron, y, citando a Ranciere, los hace ser parte de una “cuenta” de la que nunca formaron parte, los republicanos posmodernos decimos que la ideología y el relato son algo de otra época. Dejándonos seducir por lo cool de la tecnología y las redes sociales, confundimos esencia, valores republicanos y contenido con forma de comunicar.

Denomino República dormida a un fenómeno complejo que afecta a las democracias liberales republicanas del siglo XXI

La “democracia inmediata” populista, como la llama Pierre Rosanvallon en su último libro El siglo del populismo, no requiere la estructuración de organizaciones políticas ni instituciones que funcionen sobre la base de la democracia interna tradicional; por el contrario, invita a una actitud de adhesión a cierta oferta ya establecida que proviene del líder. Fruto de una dialéctica enrevesada, la voz del líder no es otra cosa que la oferta del pueblo. “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”, decía el colombiano Jorge Eliécer Gaitán en 1940; “Chávez, ya tú no eres Chávez, tú eres un pueblo… somos millones de Chávez”, se oía en la Venezuela del 2012. En la Argentina de hoy, Alberto Fernández nos dice: “Yo no le estoy prohibiendo a nadie ver a su hijo, simplemente quiero evitar que se enfermen. Acá no está en juego la libertad de las personas; para ser libre hay que estar vivo. Cuidemos la vida. Es lo que debemos hacer ahora”. Asumiendo en primera persona la representación del pueblo, nos quiere enseñar no solo el valor que debemos priorizar, sino la concepción de libertad que sustenta esta elección. Muy peligroso.

La imagen de Alberto Fernández es negativa por primera vez desde el inicio de la pandemia

Mientras esto sucede, muchos republicanos latinoamericanos seguimos creyendo que vamos a estar mejor cuando el Estado, gestor y administrador de las necesidades básicas de “la gente”, sea más eficiente. Cuando jueces independientes hagan y den a cada uno lo que corresponde, mientras nosotros, individuos no educados para ser ciudadanos, descuidamos la cuota de justicia que constitucionalmente nos corresponde actuar en la vida cotidiana. Catalogados de neoliberales, preferimos no contestar. No hace falta. Nuestras “superficiales” obras, puentes, escuelas, rutas, autopistas físicas y virtuales, gobierno electrónico, parecen resultarnos suficientes para argumentar y defender el republicanismo. Pero no es suficiente. Estas obras, la gestión eficiente del Estado y la inversión son indispensables para el desarrollo, pero igual de necesario es el trabajo sobre aquello que está debajo de lo que se ve: el espacio público común que aloja las instituciones públicas, los valores republicanos y la forma de ejercerlos, y una narrativa dirigida a llegar a las emociones.

Millones de personas, republicanos, en todos los ámbitos y niveles, dedicamos tiempo y esfuerzo a ayudar a otros, a generar recursos y dar trabajo, a implementar políticas públicas y soluciones para mejorar la calidad de vida de nuestras sociedades. Pero nos falta cultura política y ciudadana: herramientas que permitan conocer y ejercer los derechos y, fundamentalmente, los deberes que corresponden al rol de ciudadano. La cultura republicana no se adquiere por ósmosis, debemos formarnos y educar para ello. Así podremos hacer mejores diagnósticos, argumentar y defender mejor nuestras posiciones. Argentina, al igual que muchos países de la región, necesita construir una alternativa social, económica y política integral y coherente, que se sustente en una ética cívica de mínimos comunes republicanos que considero podemos compartir en Latinoamérica. Las constituciones brindan hoy este sustrato. Despertemos para construir la República.

*Director de Cives – Centro de estudios en ciudadanía. Universidad de Palermo (UP).

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