lunes 02 de agosto de 2021
OPINIóN
04-05-2020 14:25

Un Foucault que no se le niega a nadie

Cómo las lecturas de filósofos son usadas e interpretadas según lo que uno quiere decir

04-05-2020 14:25

Por un día el nombre Michel Foucault fue trending topic en Twitter. Tan extraño suceso obedeció a que la actriz Eugenia “la China” Suárez (que tiene casi 4 millones de seguidores), emitió un tuit en el que señalaba que los femicidas, violadores y homicidas que ahora sostienen que la salud es un derecho no habían tenido ninguna compasión con la salud de sus víctimas, ante lo cual la forista Catalina Manresa replicó: “Sos una ignorante. Lee a Foucault antes de tuitear gansadas”.

Foucault es un autor tan meneado como poco leído por quienes lo invocan. En su libro "Vigilar y castigar" arguye efectivamente que las cárceles son una institución inservible y que está probado que no disminuyen la tasa de criminalidad. Lo hace en el contexto de una crítica más amplia a una serie de instituciones en las que descreía, tales como los manicomios o los hospitales. Cuando Foucault contrajo el SIDA (enfermedad de la que también descreía), voló primero a California, donde su desenfrenada actividad sexual provocó numerosos contagios, pero después terminó internado en un hospital (¡tan luego él!), donde murió a los 57 años: raro caso de justicia poética.  Pero nada permite decir que Foucault prohijara la idea de que, mientras se buscaba una alternativa mejor a las prisiones, había que liberar a los presos. No lo dijo. En este sentido, en la Argentina hay kirchneristas más foucaultianos que Foucault. Pasa como con Marx, lo interpretan a su antojo para llevar agua para su molino, lo que no es difícil de pensar en quienes han adherido a una secta.

¿Por qué leemos a Michel Foucault?

En su libro Yo, Pierre Riviére, de 1973, Foucault analiza el caso de un parricida del siglo XIX que degolló a su madre, a la hermana y al hermanito de siete años. Era una familia en la cual los padres estaban separados porque la madre maltrataba al padre. Pierre, junto a dos hermanos, vivía con el padre, mientras la madre vivía con las otras dos víctimas. Y Pierre los mató y reivindicó su crimen: “Acabo de liberar a mi padre de todas sus desgracias”, alegó ante el Juez. Y Foucault, como buen escéptico, mantiene un silencio valorativo frente a los hechos. En el libro deja fluir la voz de Riviére: habría algo heroico en esos asesinatos. Una vez el filósofo Tomás Abraham, que estudió en Francia con Foucault, dictó un curso sobre este famoso caso y, para ilustrar a su audiencia, llevó a la clase a un parricida a quien había conocido dando cursillos en la cárcel: Sergio Schoklender. Por esa época, en el programa de televisión que conducían Hadad y Longobardi, Juan José Sebreli terció en la polémica y argumentó que Abraham se equivocaba al equiparar a Schoklender con Riviére: “Si fuera un verdadero asesino en el sentido foucaultiano”, dijo, “debería sentirse orgulloso de ser asesino y Shocklender, en cambio, niega la autoría”.

El delirio de convertir al victimario en víctima y viceversa es uno de los logros más extravagantes de la cultura de la segunda mitad del siglo XX

Lo interesante es que algunos kirchneristas de paladar negro adjudican a Foucault la idolatría de la criminalidad. Donde Foucault calla ellos de vuelta operan como ventrílocuos. Caen en la parodia. Y en esta línea es donde parece inscribirse la estrafalaria idea de Zaffaroni y otros referentes del kirchnerismo duro de liberar a todos los presos bajo el pretexto de la pandemia y el hacinamiento. Lo que anida detrás de este criterio no es la salud sino la reivindicación del héroe, del chivo expiatorio que, en su anorexia axiológica, creen ver en el delincuente. Para ellos Dios está en los violadores, en los parricidas y en los ladrones mucho más que en las víctimas, porque los criminales son los condenados de la sociedad, los que la sociedad arrojó al basural de los desposeídos, al osario de los reventados. Más aún: estos kirchneristas áulicos, cuando oyen el ruido de las cacerolas punitivistas en los balcones, sienten repugnancia. Creen que los estentóreos manifestantes son unos burgueses que, al convertir a los presos en el mal absoluto, buscan desmarcarse de toda culpa y tatuarse un inmerecido salvoconducto de decencia. En la cacerola ven una coartada moral.

En nombre de Foucault

El delirio de convertir al victimario en víctima y viceversa es uno de los logros más extravagantes de la cultura de la segunda mitad del siglo XX. Lástima que es un logro perverso.

  *Escritor y periodista.