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OPINIóN / Columna de la USAL
miércoles 10 abril, 2019

Dólar que flota no se cambia

Puede notarse que el dilema del gobierno es: si quiere mantener el dólar relativamente estable, debe mantener una tasa de interés muy alta que impide reactivar la economía.

Juan Miguel Massot*

Dólar Foto: Cedoc
miércoles 10 abril, 2019

Parafrasear la frase icónica del fútbol “equipo que gana no se cambia” puede en ocasiones darnos tranquilidad porque creemos que es de sentido común, aunque, como muchas veces se dice, sea éste el menos común de los sentidos.

En las ciencias, apoyadas en hallazgos de las naturales, se forjó otra frase que puede ser mucho más interesante para nuestra vida: la especie que no cambia o no se adapta, muere.

Esta última se debe a que el medioambiente condiciona su supervivencia: cada especie es resiliente a ciertas condiciones, no a otras; si las condiciones cambian y no es capaz de soportarlo, se extingue. Las que sobreviven son las transmitirán su mejor genética a generaciones futuras. Siguiendo esta máxima, con la licencia del caso, en Economía tiende a pensarse que las políticas económicas y los instrumentos aplicados deben cambiar o ajustarse a medida que varían las situaciones o contextos, sean económicos, políticos, sociales o internacionales.

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Por ello cada política económica, cada instrumento, que use el gobierno, se lo hará en la medida que sea el más eficiente para alcanzar los objetivos buscados, y esto depende, en gran parte de la situación específica por la que atraviesa un determinado país.

Un ejemplo puede ser la convertibilidad de 1991, que dio excelentes resultados en materia inflacionaria, pero sostenerla más allá de cierto tiempo, fue uno de los factores que contribuyó a la crisis de 2001/2002.

Otro de los casos que suelen presentarse es la adopción de políticas económicas que han dado buenos resultados en otros países. Por ejemplo, el tipo de cambio flexible, acompañado por un régimen de metas de inflación y apertura financiera que aplican muchos países de América Latina y del mundo desarrollado.
Argentina trató de aplicarlo desde el 2016. Pero, como la situación del país no era consistente con ese régimen, entonces el resultado fue la estanflación y una crisis cambiaria.

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Luego del acuerdo firmado con el FMI, la Argentina adopta un régimen de bandas cambiarias (bandas de no intervención) deslizantes. Nuevamente, es un sistema que ha funcionado en el pasado para muchos países. Sin embargo, dada nuestras condiciones, hoy se observa que las autoridades se enfrentan a un serio problema.

Como la banda es muy ancha, se reduce la probabilidad de que el gobierno tenga que salir a vender dólares, y con ello se evita perder reservas; pero, si el dólar fluctúa demasiado para la percepción de los agentes y termina generando incertidumbre en la población, aumenta la demanda de dólares para cubrirse de un eventual desborde cambiario. Para evitar esto último, el banco central mantiene altas tasas de interés, y así atrae o retiene a los potenciales compradores de dólares en depósitos en peso. Ahora bien, esto tiene un costo: resulta muy negativo para la actividad económica, debido al alto costo financiero para la producción y el comercio. Puede notarse que el dilema del gobierno es: si quiere mantener el dólar relativamente estable, debe mantener una tasa de interés muy alta que impide reactivar la economía.

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De esta manera, la aplicación de las bandas cambiarias, que podrían ser una buena solución en algunas circunstancias, pueden tener efectos negativos en una economía bimonetaria como la argentina, cuyos agentes están pendientes tanto del dólar como de la reactivación o el desempleo. Lo expuesto muestra que no siempre las políticas que funcionan en algunos países estables y creíbles funcionan en otros que no lo son, o que las soluciones a algunas crisis cambiarias tienen que adecuarse al país en el que se van a aplicar; esto es, no hay recetas universalmente válidas, sino programas económicos consistentes con la realidad del país en que se pretende utilizar.

Por ello perseverar en la aplicación de ciertas políticas, no es siempre señal de prudencia ni de madurez, sino, más bien todo lo contrario. Si la política ha demostrado ser ineficaz, o si las condiciones en las que se venía aplicando cambian, es necesario evaluar si corresponde modificarla. Así como en la naturaleza lo más probable es que esa especie que persevera ante cambios en el medio ambiente se extinga, en la política esto tiende a reflejarse en una creciente desaprobación popular y, finalmente, en los resultados electorales.

En conclusión, el hombre, a través de miles de años, ha aprendido lecciones relevantes. Una de ellas es la adaptación al cambio medioambiental, al cambio en el contexto y en las expectativas. La cuestión es lograr percibirlo y actuar en consecuencia; de lo contrario la sociedad se dirigirá, quizás inexorablemente, a tiempos difíciles.

*Director del Instituto de Investigación en Ciencias Económicas y Empresariales – USAL


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