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OPINIóN / Pandemia
jueves 2 abril, 2020

Retorno a la Unidad, la era de la integración (tercera parte)

La integración es una bella, noble y valiente manera de retornar a la Unidad. De reconocer que no solo no somos nada sin el otro, sino que Somos el Otro.

Naturaleza Foto: RUSTS BOZKUS / Pixabay
jueves 2 abril, 2020

¡Seguimos!

Dice Platón en boca de su glorioso Timeo:

"Por lo cual, el dios, cuando comenzó a construir el cuerpo de este mundo lo hizo a partir del fuego y de la tierra. Pero no es posible unir bien dos elementos aislados sin un tercero, ya que es necesario un vínculo en el medio que los una. El vínculo (relación) más bello es aquél que puede lograr que él mismo y los elementos por él vinculados alcancen el mayor grado posible de unidad. La proporción (también entendida como analogía) es la que por naturaleza realiza esto de la manera más perfecta."

 

¡Y así del 3 vamos directo al 4!

Continúa Timeo: "Así, el dios colocó agua y aire en el medio del fuego y la tierra y los puso, en la medida de lo posible, en la misma relación proporcional mutua -la relación que tenía el fuego con el aire, la tenía el aire con el agua y la que tenía el aire con el agua, la tenía el agua con la tierra-, después ató y compuso el universo visible y tangible."

El 4 es el número de la trinidad materializada en el cuerpo. Es tierra, es base. Si nos figuramos un 4, podemos fácilmente imaginar una cruz. Esa forma nos da un centro (el centro aparece antes en la circunferencia del triángulo equilátero, pero este centro es más estable aún, y tiene más punch). Revela la igualdad de las cuatro partes. La X y la Y. Los puntos cardinales. La Rosa de los Vientos. Los cuatro jinetes del apocalipsis. Los 4 fantásticos. Las 4 Spice Girls. Bueno, ya.

El águila y el cóndor, la era de la integración

Y hablando de centros, esta cita maravillosa de Hermes Trimegisto: “Dios es un círculo cuyo centro está en todos lados, y su circunferencia en ninguno”. Alguno que sea tan amable de  recordarme quién lo dijo...

Desde los gimnosofistas hasta los griegos, pasando por Egipto y viniendo de la India, Dios era la Unidad, el Orden, el Cosmos, el Círculo. Para ellos decir Cosmos era decir Dios. Y fíjense: el círculo es un ordenamiento de infinitos puntos equidistantes de un punto que es a su vez infinitamente elusivo, misterioso, ínfimo en la imagen visual. Si al círculo lo achicamos, termina siendo un punto. Ya lo hemos dicho más arriba: las partes ordenadas (Cosmos) son la manifestación del Caos. Y entonces el Cosmos, el 1, es también el Caos, manifestado. Y todos nosotros somos el reflejo, la expresión, la posibilidad de ese Caos, y de ese Cosmos… ¡Es que da para romperse la cabeza contra una pared! Y luego experimentar La Revelación. El conocimiento “que te es dado”.

Para los miembros de la Hermandad Pitagórica, y los sabios geómetras egipcios (mérito de los gimnosofistas), los Dioses eran los números.

 

La integración como retorno a la Unidad

Ahora, ustedes me dirán: ¡Pero que tiene todo esto que ver con la integración y lo que hablabas en el primer artículo! Vamos a ello.

La integración es una bella, noble y valiente manera de retornar a la Unidad. De reconocer que no solo no somos nada sin el otro, sino que Somos el Otro. Así como la geometría “es la ciencia de la integración”, como dice Jaime en sus conferencias, nosotros supimos ser, y podemos volver a ser, una de sus más maravillosas manifestaciones.

En el hombre, cuerpo y espíritu se integran. El 4, el cuadrado, lo concreto, la materia, y el 1, el círculo, la unidad primigenia, el Alma, cohabitan en el hombre a través del logos, es decir, de la relación entre ambas figuras que podemos encontrar en la morfología humana. Ese logos, esa relación, es la proporción áurea, que aparece en toda la Naturaleza. ¡Es que es fascinante!

Ama tu ritmo, la era de la integración (segunda parte)

Trataré de explicar la proporción Áurea en pocas y simples palabras: cuando dos elementos están, tienen una relación. Cuando aparece un tercer elemento que mantiene esa relación (entre la suma de los dos elementos originales y el elemento mayor, más largo, como se quiera), se produce una analogía, una proporción. La proporción Áurea es la analogía más sencilla del Universo. Y por lo tanto, más perfecta, ordenada, “bella”, la que se acerca más a la Unidad.

El tema da para otro artículo entero. ¡Qué digo! Para un tratado entero de esos gordos e intimidantes. Pero básicamente el cuerpo humano está lleno de proporciones áureas y, como dijimos más arriba, en el hombre “cuerpo y alma” se integran. Con solo dos simples posturas -inmortalizadas por la pluma de Vitrubio y el lápiz de Leonardo- expresan la materia y el alma, las cuales se integran convirtiendo al cuerpo humano (a su canon) en la “medida áurea” de la Naturaleza. El centro de la materia, los genitales; el centro del alma, el ombligo, el “Ónfalo” de Zeus.

 

El Misterio más grande es el Otro

“Conocerás tanto como le es permitido a un mortal. Que la naturaleza es semejante siempre a sí misma, y siempre desde todos los puntos de vista”. (Pitágoras)

Para terminar de entender todo este embrollo maravilloso y revelador (algunos dirían disruptivo o innovador, pero ya ven que son conceptos y verdades eternas, descubiertas y celebradas por los hombres y mujeres de la antigüedad más profunda), tenemos que volver al presente y reflexionar sobre nuestra más rotunda realidad.

Y es que vivimos en una realidad demasiado fragmentada, compartimentada, especializada, donde el retorno ya no se percibe Eterno. Donde la línea, el 2, la dualidad, los opuestos, el conflicto con el Otro reina entre los hombres. Y las mujeres.

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Ya lo decía Antonio Machado: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas. Es ojo porque te ve.”

El Otro será siempre un misterio porque el Otro no somos nosotros. Y al mismo tiempo, si miro al Otro, si realmente lo veo, no puedo más que reconocer que somos Uno. El misterio más grande es el Otro y está bueno que lo siga siendo. La gracia de intentar encontrar respuesta a los misterios, no radica en la respuesta misma, en el destino, el final, la muerte… Sino en el hecho mismo de estar buscando esa respuesta, en el viaje, el proceso, la sorpresa, el camino por el cual nos embarcamos hacia lo desconocido, lo incierto, lo maravilloso, aquello que desconocemos. Y aquello que desconocemos por excelencia es el Otro. Esto remite al número 3, el cual retorna a la Unidad luego de haber recorrido ese camino. Por eso el arte como la ciencia, la religión, la filosofía, todos son caminos que parten de lo Mismo, y que uno puede recorrer en la búsqueda del retorno a la unidad. No a dios, sino al encuentro con el Otro.

El camino para encontrar la respuesta en el Otro, es el camino para encontrar la respuesta en nuestro interior, ¡en nuestro Ritmo!, en nosotros mismos, que somos el Otro. Que somos Uno.

Por eso ama tu ritmo, y retornarás a la Unidad.


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