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OPINIóN / Columna de la USAL
miércoles 27 noviembre, 2019

El buen uso del lenguaje

Actualmente se asocia a la identidad del género, pero el lenguaje inclusivo también comprende otras cuestiones, como la claridad de la expresión.

Nuria Gómez Belart*

Comunicación Foto: Pixabay
miércoles 27 noviembre, 2019

Uno de los temas que más preocupan sobre el lenguaje es el principio de inclusión. Por lo general, actualmente, se asocia a la identidad del género, pero el lenguaje inclusivo también comprende otras cuestiones, como la claridad de la expresión en favor de una comunicación efectiva.

En nuestro país, es muy reciente la intención de escribir de manera clara los documentos que atraviesan la vida cotidiana de las personas. Hace diez o quince años, era impensado redactar una ley sobre los derechos de la infancia, por ejemplo, que pudiera ser entendida por quienes gozaban de esos derechos.

Acerca del lenguaje inclusivo

Si bien el movimiento del lenguaje claro surgió durante los años sesenta en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, el movimiento se desarrolló en la Argentina con mayor énfasis a partir de principios del siglo XXI, sobre todo, cuando se ratificó la voluntad de asumir una actitud más respetuosa con el ciudadano, y, progresivamente, se contemplaron otras estrategias discursivas, como el «lenguaje sencillo», una forma de comunicación que trata de lograr una lectura accesible para cualquier persona sin importar su nivel de educación. También el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos publicó el año pasado un Manual SAIJ de lenguaje claro. Pautas para redactar información jurídica sencilla, una guía para redactar información jurídica sin expresiones técnicas y con estilo directo, para facilitar la lectura y la comprensión.

Como el lenguaje claro tiene distintos niveles de adaptación, se buscó con este manual simplificar el contenido cuando el texto está destinado a personas con dificultades para comprender, y redactar sin giros complejos ni tecnicismos para que los escritos sean accesibles.

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Ahora bien, más allá de las políticas lingüísticas que se desarrollan en nuestro país, cabe preguntarse por la actitud con que se escribe cualquier texto, no solo aquellos que se publican por los organismos nacionales. Lamentablemente, en ciertos ámbitos de especialidad, todavía existe la creencia de que escribir con una sintaxis enrevesada o plagar de metáforas un texto es sinónimo de escribir bien. Entonces, al lector se le asigna la tarea de desenmarañar la escritura para adivinar -no siempre se acierta- cuál era el mensaje oculto en un texto determinado.

De esta actitud en la escritura, surgen algunas preguntas que invitan a una reflexión sobre el buen uso del lenguaje. Si alguien quiere compartir un pensamiento o una reflexión con el público, ¿cuál es el objetivo de ocultar el mensaje tras esa coraza de expresiones inentendibles?, ¿qué clase de vínculo se pretende alcanzar entre el lector y el autor de un texto? La belleza de las expresiones no se alcanza superpoblando un texto de palabras; al contrario, un texto difícil de leer acentúa la distancia entre quien escribe y quien lee, y, en consecuencia, puede provocar rechazo.

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En un mundo en el que casi todo se comunica a través de la escritura, ya sea en las redes sociales, en una publicación periódica, en un boletín de algún organismo, etcétera, es imperioso recordar que escribir implica un diálogo, y, por lo tanto, la relación debe construirse sobre la base del respeto. El buen uso del lenguaje supone una actitud inclusiva, que excede las cuestiones del género y que prioriza la efectividad de la comunicación.

Para escribir bien, no se necesita demasiado. La clave es no olvidar cómo es la persona que leerá el texto, con sus dificultades y sus saberes, con una determinada capacidad para entender el contenido del escrito y, sobre todo, con sentimientos a partir de los cuales se construye el vínculo con el autor. En otras palabras, el buen uso del lenguaje no se reduce a una ortografía correcta o a una sintaxis depurada, sino que implica poner al otro en primer lugar, y, de esa manera, crear un espacio más productivo para el diálogo entre ambos.

 

* Doctora en Letras. Docente de las cátedras de Lingüística, y Taller de Normativa y Corrección de la Facultad de Filosofía, Letras y Estudios Orientales de la Universidad del Salvador.


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