OPINIóN
Psicología

El temor a la soledad

La soledad no implica una falta, todo lo contrario, se trata de una presencia, de la relación que se establece con uno mismo, fundamento y punto de partida para luego sí poder estar en compañía.

Soledad
Soledad | Pexels en Pixabay

Suele definirse la soledad como la circunstancia del estar sin compañía. Es decir, desde la falta. Estar solo o sola es estar sin alguien. No tiene buena prensa porque existen imperativos sociales, fuertemente arraigados, que la articulan con la tristeza y con la culpa; por algo está solo, sola, suele decirse.

Sin embargo, la soledad no implica una falta, todo lo contrario, se trata de una presencia, de la relación que se establece con uno mismo, fundamento y punto de partida para luego sí poder estar en compañía.

Qué es la soledad

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¿Me siento solo? ¿Me siento sola? ¿O me rechazo? La soledad es una experiencia subjetiva. Si bien somos seres sociales, la tarea principal es habitarnos. Pero por el ajetreo de la vida cotidiana olvidamos la introyección, la existencia del hogar interior, negándonos a esa vivencia que solo sucede en nuestra interioridad; experiencia posible en la más absoluta soledad. En ese retorno al mundo interno, aparecerán las preguntas fundamentales: ¿Quién soy? ¿Cuáles son mis deseos? ¿Expreso mis emociones? Y finalmente: ¿Qué tipo de compañías quiero a mi lado?

Por el afán de no estar solos o solas, pueden construirse relaciones falsas, ficciones que intentan llenar el vacío existencial. Antes que habitarnos, dejamos que nos habiten los otros, como sea, a cualquier precio, con tal de evitar la soledad. Recuerdo una canción de Virus que dice: Puedo estar y no conectar. Puedo mirar y no registrar...Vamos controlando los sentimientos. Aprendemos a jugar. Y el estribillo es, justamente: Me puedo programar, sintonizando el dial. Lo estoy haciendo bien. Me siento funcional. Estar pero no sentirse parte. Estar sin estar.

 

Por qué vivimos en el siglo de la soledad 

Ser funcional al sistema implica controlar los sentimientos, sintonizar con lo establecido, ser como quieren que seamos, por lo tanto no ser. Parafraseando a Borges, se trata de comerse el imperativo de que “estar o no estar contigo sea la medida del tiempo”, y que la soledad signifique una temporalidad perdida. Podemos estar en pareja, o entre mucha gente, pero sintiéndonos en la más absoluta soledad porque estoy donde no soy, porque compro compañías para no estar solo, sola. Si busco caer bien, que me quieran, gustar, al modo de Zelig, el personaje de la película de Woody Allen, un hombre camaleón que se mimetizaba para conformara todo el mundo, finalmente resultará un desgaste subjetivo tremendo.

El trabajo de responder a los ideales y modelos impuestos, el esfuerzo por ser lo que suponemos que se espera que seamos, implicará un estado de tensión que elevará los niveles de estrese hasta enfermarnos. Tarde o temprano aparecerán algunos síntomas psicofísicos que, más allá del malestar padecido, significará una oportunidad: la puerta de retorno al hogar, a la soledad que nos constituye.

La soledad, ¿una buena compañía o un padecimiento? 

Hay que practicar el sano ejercicio de salir a los encuentros y experiencias que ofrece el mundo externo y regresar a la soledad. Estar con los demás, pero sin perder la identidad, sin perder el eje. Estar en presencia de la soledad, y estar presente entre las compañías. Que la pareja, la familia, la sociedad, no borren esa experiencia única y determinante de la conexión con lo más íntimo, con el mundo interior, con nuestra soledad.