martes 29 de noviembre de 2022
OPINIóN Columna

Fin de año, tiempo de nostalgias y balances

Las fiestas, el brindis, son rituales, actos simbólicos que movilizan las emociones porque remiten a la vida que teníamos ayer, a los familiares que ya no están y que se hacen presentes por sus ausencias. No es extraño que aparezcan angustias o ansiedades desencadenadas por la añoranza de lo que pasó y que no volverá.

30-12-2021 07:10

Mi abuela Felisa, que era reacia a las celebraciones, sobre la fecha de las fiestas solía decir: “quisiera dormirme el 23 de diciembre y despertar el 2 de enero”.

Sin lugar a dudas el fin de año puede potenciar felicidades y tristezas. Quienes tuvieron un año difícil, con el telón de fondo de la pandemia y sus consecuencias, es probable que aumenten su malestar, sus dolencias, incluso que puedan llegar a deprimirse. Tener problemas económicos, haber perdido el trabajo, sufrido una enfermedad personal o la de un ser querido, o peor aún, una muerte, oscurece y se opone el sentido de celebración y de alegría que se le supone a las fiestas; nada más absurdo que el tránsito de un duelo en medio de las celebraciones. Pero también confrontarse con que no se concretaron los proyectos planeados al inicio del año, suele desencadenar vivencias de frustración y de fracaso.

Las emociones de las fiestas, un peligro para el corazón

Por el hecho mismo de ser seres simbólicos, inmersos en una cultura, las fiestas, el brindis, son rituales, actos simbólicos que movilizan las emociones porque remiten a otros años, al pasado, a la vida que teníamos ayer, a los familiares que ya no están y que se hacen presentes por sus ausencias. Navidad y Año Nuevo son metáforas de las fiestas vividas y se reactualiza todo lo vivido. Entonces no es extraño que aparezcan angustias o ansiedades desencadenadas por la añoranza de todo lo que pasó y que no volverá.

Por otro lado, todo lo asociado a dónde juntarse y con quién, puede generar estrés, discusiones en las parejas y conflictos familiares, y de este modo se trastoque el plano emocional y aumenten las tensiones. Lo no resuelto suele aflorar en fechas significativas, de algún modo lo latente se revela, incluso los conflictos infantiles reprimidos, ya que las fiestas conectan con la historia singular y familiar. Muchas peleas surgen por cuestiones triviales, pero remiten a situaciones del pasado no elaborado, odios, celos, antiguos rencores… Lo pendiente suele aprovechase de lo insignificante para irrumpir. 

El estrés de fin de año: cuentas pendientes y promesas a futuro

¿Qué hacer frente al malestar que desencadenan las fiestas de fin de año? En principio, aceptar que no son sin consecuencias emocionales y adentrarnos en esas sombras, no escapar de lo que sentimos. Luego, adoptar una posición crítica ante el imperativo de juntarse y celebrar. Una fiesta, y con quién quiero estar, debe ser decidido desde las ganas, desde el deseo, y no por obligación. No autoimponerse el plus de goce, la exigencia social de que hay que ser feliz a toda costa y disfrutar en todo momento, ideales que nos venden, que incluso se viralizan en las redes sociales con fotos y videos de infancias, parejas y familias sonrientes y “perfectas”. Lo que no se exhibe, pero se sabe, es que en cada hogar, en cada mesa, conviven los aciertos y los fracasos, las felicidades y las desdichas, es decir el claroscuro del vivir, las luces y las sombras que no se pueden tapar, o solo parcialmente con el ruido de las fiestas. No hay celebraciones ni vidas perfectas. Si nos sentimos mal, es probable que sobre el fin de año aumente ese malestar. Quizá nos ayude comprender que eso que nos sucede puede estar respondiendo a otra escena, y así calmarnos un poco, no tomar decisiones desde el arrebato emocional y elegir la buena soledad o buenas compañías.

Reflexiones sobre la ausencia

El mejor balance que podemos hacer es preguntarnos si vivimos acorde a nuestro deseo, si llevamos la vida que queremos o la que se nos impuso desde lo familiar y social. Podemos utilizar el calendario para ordenar objetivos, para planificar, pero no es obligatorio. Lo que urge es hallar nuestra mejor versión, encontrar una buena armonía psicofísica y espiritual. Proponernos que el fin de año sea el verdadero final de lo que nos hace mal, de lo que resta a nuestro bienestar, de lo que es tóxico para nuestro bienvivir. Y entonces sí tendremos la posibilidad de un feliz año nuevo.